PREPARANDO LA NAVIDAD

Esperar es muy propio del ser humano. Desde niños nos movemos impulsados por algo que anhelamos. Algo nos ilusiona y creemos que, cuando
llegue el día en que lo consigamos, todo cambiará.

Esperar es, pues, una constante actitud de nuestra vida. Y cada vez que llega aquello que aguardamos, sufrimos una desilusión, pues nos convencemos de que no era lo que podía llenarnos, y tenemos que seguir esperando por otra cosa.

Dicen que el "que espera, desespera", sobre todo cuando nos vemos impotentes, sin nada que hacer para vencer el aburrimiento. Así hay muchos en este mundo. Han llegado a la conclusión de que no pueden esperar nada, como no sea la muerte, y se sienten totalmente frustrados.

Estos, muchas veces, buscan escapar de la situación, tratando, equivocadamente, de encontrar en los vicios una puerta de salida que les permita olvidarse de que están esperando. Cuando la frustración se vuelve mayor, su puerta de escape será el suicidio.

ADVIENTO ES ESPERA

El tiempo de Adviento es como una escuela donde aprendemos a esperar. Cierto que también es una preparación inmediata a la solemne y bella fiesta de Navidad, pero dando énfasis a la idea de que el Salvador, cuyo nacimiento recordamos, volverá para darnos participación en la gloria que conquistara con su Muerte y Resurrección.

En Adviento retomamos la actitud del pueblo de Israel, esclavo en Egipto, que consciente de su desgracia, clamaba a Dios que enviara a alguien a redimirlo.

Volvemos a sentir la angustia de ese mismo pueblo, exiliado posteriormente en Babilonia, y que sólo encuentra consuelo en las palabras de los profetas que lo alientan con la esperanza de un Mesías que ha de venir.

Nos unimos a la espera de un pequeño grupo de verdaderos creyentes, el "resto" de Israel, que nunca dejó de aguardar el día en que las promesas del Señor se cumpliesen.

Y adoptamos la postura humilde de María que, sorprendida por el anuncio del ángel, se dedica a esperar, llena de gozo, la llegada del que iba a ser Redentor del mundo.

ESPERANDO AL SALVADOR

Hace ya muchos siglos que Dios hizo ver al hombre que no lo había creado para que luego terminara en una fosa. Y sembró en la mente del pueblo de Israel el sentido de una sana espera, la del que sabe que después de la dura faena vendrá una abundante cosecha.

Siglos duró la espera, es cierto, pero, al final, apareció el Salvador. Es verdad que muchos de los que lo aguardaban también quedaron frustrados, desilusionados, pues habían desviado los objetivos y pensaban sólo en una salvación pasajera y circunstancial, circunscrita a los ámbitos de esta tierra.

Pero el mundo entero pudo, al fin, conocer el plan de Dios, y una brisa celestial se esparció a lo largo y ancho del planeta.

No, no somos unos condenados a muerte que vagamos sin sentido de un lado para otro, esperando sólo el día de volver a la nada. Somos los hijos de Dios que aguardamos la aparición gloriosa de nuestro Salvador.

Cristo ya ha dado respuesta a todos nuestros interrogantes. Ese vacío interior que desde niños hemos experimentado se debe a que fuimos creados para llenar nuestro corazón totalmente, y en la tierra nada ni nadie nos ayudará a conseguirlo.

SOMOS PEREGRINOS

Pero la espera cristiana nada tiene de estática. No es un sentarse, con los brazos cruzados, a aguardar a que alguien venga a resolvernos los problemas.

Por el contrario, se trata de una peregrinación, como la de los israelitas por el desierto, animados siempre con la esperanza de la Tierra Prometida.

Esta peregrinación supone que no tenemos lugar fijo en la tierra. No nos instalamos, pues estamos conscientes de que no pertenecemos a este mundo, ya que nuestra meta final es esa Patria Prometida que nos aguarda.

Un peregrino no es un simple caminante que marcha sin rumbos ni objetivos. Es alguien que camina ilusionado, siempre alegre aunque esté pasando por las peores circunstancias, pues lo anima la meta a la que cada día se acerca.

Su tarea concreta es luchar porque la tierra se parezca al cielo, logrando que los seres humanos lo sean a plenitud, hijos de Dios que se saben hermanos y como tales se aman los unos a los otros.

Así hemos de vivir el Adviento. Aprendiendo a esperar. Aprendiendo a vivir con la mirada en la tierra, pero con el corazón en el cielo.

TIEMPO DE PREPARACIÓN

Cada año la llegada del Adviento plantea un problema a los cristianos: cómo superar la irrealidad de una fiesta que hay que preparar en medio de un ambiente que parece ya adelantar la fiesta misma.

Hasta en muchas iglesias se oyen cantos propios del tiempo de Navidad durante el Adviento, lo que en realidad ayuda poco a dar el verdadero sentido a lo que se celebra.

Adviento, hay que decirlo, no es la Navidad anticipada, sino un tiempo de preparación para esta fiesta especial en que recordamos el nacimiento del Hijo de Dios.

CARACTERÍSTICAS DEL ADVIENTO

Desde las primeras fechas de su introducción como tiempo litúrgico, allá por el siglo V, se consideró el Adviento como una segunda Cuaresma, lo que significa que se lo tenía como un período de penitencia para preparar la Navidad.

De ahí que se incluyese la práctica del ayuno, que en algunos momentos fue obligatoria durante las cuatro semanas anteriores a la fiesta, con excepción de los domingos. Esto, poco a poco, se fue mitigando, lo mismo que ocurrió con la Cuaresma.

Aunque en los comienzos del Adviento se enfatizaba el deseo de la venida del Salvador y la necesidad de la purificación para bien celebrar la Navidad, luego se marcó con un carácter más triste y penitencial, imponiéndose los ornamen-tos de color morado, al estilo cuaresmal, suprimiéndose el canto del Gloria y hasta el uso del órgano.

Esto de la tristeza, por suerte, ya no tiene vigencia hoy, aunque se conserve el color litúrgico y se siga dando a este tiempo un sello especial, que tampoco consiste en una explosión de alegría sino más bien de recogimiento y preparacion, pues esto permitará luego disfrutar más apropiadamente de todo el gozo que nos produce el recordar que nos nació un Salvador.

LA SEGUNDA VENIDA

Otra de las características propias del Adviento, y que formó parte de este período litúrgico desde su introducción, es la de servir de preparación remota a la segunda venida del Señor.

Se trata de hacer crecer la conciencia de los cristianos en torno a esta realidad de la vida, recordando que estamos aquí sólo de paso, y que debemos estar preparados para cuando el Señor vuelva.

Este pensamiento estaba bastante despierto entre los cristianos de los primeros tiempos, quizás porque, teniendo que enfrentar crueles persecuciones, pudieron creer que el fin del mundo era inminente.

A esto ayudaban, indiscutiblemente, algunos pasajes de las cartas del apóstol Pablo, que daban a entender que la segunda venida o "parusía", como se le llamaba también, no tardaría en llegar.

Veamos, por ejemplo, este párrafo de la primera carta a los Corintios: Lo que afirmo es que el plazo se ha acortado; en adelante, los que tienen mujer pórtense como si no la tuvieran; los que sufren como si no sufrieran; los que gozan, como si no gozaran; los que adquieren, como si no poseyeran; los que sacan partido de este mundo, como si no disfrutaran, porque el papel de este mundo está para terminar (7,29-31).

Con semejante consejo, que se repite en algunas otras cartas, no hay que dudar que los fieles sintieron que la segunda venida de Cristo estaba a las puertas. Y no fue sólo Pablo. También Pedro, en su primera carta, dice: Además, el final de todo está cerca; por tanto, calma y sobriedad para poder orar (4,7).

Ambos apóstoles dieron luego marcha atrás, precisamente porque sus palabras fueron malinterpretadas, creándose confusiones en torno a un acontecimiento del que el propio Jesús afirmó que sólo el Padre sabía el día y la hora (Ver Mateo 24,36).

Así san Pablo, en su 2ª Carta a los Tesalonicenses dice: A propósito de la venida de nuestro Señor, Jesús Mesías, y de nuestra reunión con El, les rogamos, hermanos, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmáramos que el día del Señor está encima. Que nadie en modo alguno los desoriente (2, 1-3).

Y san Pedro, en su segunda carta, aclara: Pero no olviden una cosa, amigos, que para el Señor un día es como mil años y mil años es como un día. No retrasa el Señor lo que prometió, aunque algunos lo estimen retraso: es que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, quiere que todos tengan tiempo para enmendarse (3,8-9).

ESPERAR LA SALVACIÓN

Es innegable que la intención de la Iglesia al instituir el Adviento fue la de recordar a todos que, no importa el tiempo que falte, el Señor vendrá y nosotros debemos estar preparados, como El nos enseñó, para que su venida no nos sorprenda como un ladrón.

En realidad, el fin del mundo está cerca para cada uno de nosotros, pues llegará con nuestra muerte. Lo importante es que estemos preparados para que, cuando llegue, podamos salir al encuentro del Señor, con nuestras lámparas encendidas, y entremos con El a la fiesta eterna del Cielo.

Adviento es un tiempo para limpiar la casa, arreglar nuestra vida espiritual, examinar nuestras conciencias, poner en orden nuestras cosas. Así podremos estar mejor preparados para hacer de la Navidad una fiesta de primer orden, en la que sobresalgan los aspectos espirituales sobre los materiales, y el anhelo de amor, paz y unión sea una realidad en todos nosotros.

Arnaldo Bazán

Volver al Indice