LA ASTROLOGÍA

Desde los tiempos más remotos el hombre ha sentido la necesidad de explicar los fenómenos que se desarrollan a su alrededor, especialmente aquellos que no logra comprender.

Eso lo ha llevado a mirar hacia arriba y pensar que esos puntos brillantes, de cuya exacta naturaleza apenas llegó a saber nada hasta épocas recientes, encerraban el secreto de la vida y de la muerte, de la felicidad o la desgracia.

En casi todos los pueblos antiguos encontramos un grupo de personas dedicadas al estudio de los astros, a los que se llegaron a atribuir una intervención más o menos directa en la vida de los seres humanos.

Así entre los caldeos, asirios, egipcios, indios, griegos y romanos se desarrolló esta creencia que, con el tiempo, recibió el nombre de astrología.

En realidad la palabra se presta a confusión, pues parece referirse a una ciencia, cuando la verdad es que se trata de pura especulación. Hoy al estudio científico de los astros se le llama astronomía.

Es innegable que cuando el ser humano no ha recibido la luz de la divina Revelación, acepta cualquier explicación que le dé una respuesta a su inquietud frente al misterio. Donde no florece la fe en un Dios Salvador tiene, casi por necesidad, que brotar la superstición y la superchería.

Esa es la principal razón por la que, pese a los apreciables adelantos científicos, el mundo moderno siga hoy tan atrasado como en los tiempos antiguos en algunos aspectos, ya que, hoy como ayer, encontramos a muchos que ponen su confianza en los horóscopos.

O hacemos caso a las verdades enseñadas por Jesús o creemos en las mentiras que cualquiera nos presente disfrazadas de luz.

Ya en el Antiguo Testamento vemos un rechazo a las creencias astrológicas. Voy a poner algunos ejemplos:

Levítico 19,31:

No acudan ustedes a nigromantes ni consulten adivinos.

(Los nigromantes eran los que se suponía que hablaban con los espíritus de los muertos).

Isaías 47,12-14:

Insiste en tus sortilegios, en tus muchas brujerías, que han sido tu tarea desde joven; quizás te aprovechen, quizás lo espantes. Te has cansado con tus muchos consejeros: que se levanten y te salven los que conjuran al cielo, los que observan las estrellas, los que pronostican cada mes lo que va a suceder. Mira, se han convertido en paja, que el fuego consume, no pueden librarse del poder de las llamas.

Jeremías 10,2:

Dice el Señor: No imiten ustedes la conducta de los paganos, no les asusten los signos celestes que asustan a los paganos.

A pesar de estas claras palabras de la Ley y los Profetas, hemos de reconocer que muchos israelitas cayeron en la tentación de creer en las supercherías paganas, entre las que se destacaba la astrología. Posteriormente, los cristianos también tuvieron que enfrentarse a la pretensión de los astrólogos de hacer depender la conducta humana de la posición de los cuerpos celestes, y las diversas aptitudes e inclinaciones de los seres humanos del signo del Zodíaco bajo el que habían nacido.

Así San Agustín (siglos IV y V) en sus Confesiones dice: "Los astrólogos pretenden que está en el cielo la causa inevitable del pecado: son Venus, o Saturno, o Marte los que han obligado a ejecutar esta o aquella acción; queriendo así que el hombre quede sin culpa, y ésta recaiga sobre Aquel que ha creado y gobierna el cielo y las estrellas" (4,3; PL 32,694).

Luchar contra la excesiva credulidad de la gente es cosa bien difícil, pues tal parece como si la mentira fuese más digerible que la verdad. Así, pese a una diáfana enseñanza de la Iglesia a este respecto, la astrología logró abrirse camino entre los cristianos, de tal manera que en el siglo XVI era raro encontrar un monarca que no tuviese su astrólogo, al que periódicamente consultaba.

Podemos admitir, con santo Tomás de Aquino, que los cuerpos astrales tengan algún tipo de influencia en los seres humanos, pero nunca de tal forma que influyan decisivamente en las maneras de ser y de pensar y menos que inhiban la voluntad haciéndola irresponsable de sus actos.

Los cristianos, categóricamente, negamos que los astros dominen la vida de los hombres. Podemos admitir que existan fenómenos que hoy, científicamente, llamamos parasicológicos, pero rechazamos que haya personas que puedan definir, por la posición de los astros, lo que ha de suceder. Eso sería querer dar una explicación fraudulenta a lo que la ciencia puede explicar por otros motivos.

Las predicciones que cada año hacen los astrólogos suman miles, por lo que no es raro que algunas de ellas se cumplan. Los horóscopos, leídos, cada día, por muchedumbres de crédulos ávidos de vivir con ventaja sobre el tiempo, son escritos por montones y en un lenguaje tan ambiguo, que siempre dejan una puerta abierta a la interpretación más favorable.

¿Qué gana el mundo con todas esas predicciones? ¿Qué beneficio ha reportado uno solo de los horóscopos?

Creo, por el contrario, que muchas de estas cosas sólo sirven para que personas débiles de mente acaten los falsos designios que aparentemente rigen sus vidas, inutilizándolas por completo. La verdad nos hará libres, ha prometido el Señor, mientras que la mentira nos esclaviza por el terror. No son pocos los que, llenos de temor ante la predicción de una gran catástrofe, han preferido suicidarse o, sencillamente, han muerto de un síncope.

Me apena que haya cristianos que crean más en los astrólogos que en el Evangelio de Jesús. Ambas cosas son incompatibles. No importa para nada haber nacido Aries, Virgo o Escorpión, sino ser hijos de Dios y vivir en las esperanza de sus promesas.

Para los que tengan miedo, aquí va este versito de Santa Teresa de Ávila: "Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta".

Arnaldo Bazán

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