EL CULTO A MARÍA

La devoción a María se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia, aun cuando no aparezca en el Nuevo Testamento.

Un testimonio importante de ello lo tenemos en los numerosos escritos que hoy conocemos como “apócrifos”, en los que se habla ampliamente de María.

Aunque la Iglesia no los aceptó como inspirados por Dios, es innegable que aportan datos estimables, aunque contengan también lamentables exageraciones.

Son, pues eso: un testimonio de algo que se sentía entre los cristianos, una gran admiración, un cariño especial, eso que llamamos devoción, por la Madre de Jesús.

MADRE DE DIOS

Con todo, pasaría algún tiempo hasta que a la Virgen se le rinda un culto público y oficial, pues devociones paganas hubo, muy extendidas, a diosas-madres, por lo que podría prestarse a confusión y a distorsionar el legítimo respeto y amor que los discípulos de Cristo sentían por su madre.

Pronto, sin embargo, se entablaron discusiones sobre el papel de María y el lugar que le correspondía dentro del plan salvífico de Dios.

Nestorio, patriarca de Constantinopla, negaba que María fuese la Madre de Dios, título que popularmente se le daba, alegando que en Jesús había dos personas, una divina y otra humana, lo que iba en contra de la enseñanza de la Iglesia, que admitía en Cristo dos naturalezas pero una sola persona: la divina.

La doctrina de Nestorio fue condenada en el Concilio de Efeso, el año 431. Allí la Iglesia, en la persona de la mayoría de los obispos presentes, defendió la legitimidad del título “Madre de Dios” dado a María, por ser la Madre de Cristo, Dios hecho hombre.

CULTO PÚBLICO Y OFICIAL

Esto, entre otras cosas, ayudó a que se fuese abriendo camino un culto oficial a María. Se comenzaron a usar en los templos imágenes de la Virgen y muchas iglesias fueron dedicadas a su nombre, mientras que, poco a poco, comenzaron a aparecer fiestas destinadas a resaltar los atributos o dones que ella había recibido de Dios.

Es importante resaltar que esto no significó, en ningún momento ni lugar, que se diera a María un culto idolátrico, ni siquiera que las iglesias dedicadas a su nombre fueran para realizar un culto exclusivo a su persona, como solía ocurrir en los templos paganos.

María siempre ha sido vista por la Iglesia como lo que es, la humilde muchacha de Nazareth, a la que Dios escogió, sin mérito alguno de su parte, para ser la Madre de su Hijo.

Fue el propio Dios quien la adornó y la llenó de gracias, y eso es lo que reconocemos en María, colocándola en el lugar que el Altísimo preparó para ella.

Aunque muchas fiestas le fueron dedicadas, comenzando probable-mente hacia los finales del siglo IV, con la Anunciación, el Natalicio y la Asunción, los textos litúrgicos nunca se dirigen a María, sino a Dios, a quien se honra por los grandes favores que se dignó concederle.

Hoy en día la Liturgia de la Iglesia sigue destacando el lugar excepcional que María ocupa en la Historia de la Salvación, junto a su Divino Hijo.

Con ello no se hace otra cosa sino seguir la larga tradición de aquellos que nos precedieron, desde los tiempos apostólicos.

CULTO DE HIPERDULÍA

Los teólogos llaman hiperdulía al culto que la Iglesia dedica a María, para destacar que se trata de algo diferente a aquel con el que se honra a los santos y al que llaman dulía.

Ambos están muy lejos, desde luego, del culto de latría o adoración que sólo es ofrecido a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Dulía e hiperdulía son palabras que expresan el cariño y la veneración que debemos, en justicia, a María y a los santos, por su entrega tan especial, su total consagración a hacer la voluntad de Dios y su forma heróica de ejercitar las virtudes cristianas.

Por eso la liturgia recuerda, en las fiestas a ella dedicadas, los dones que Dios otorgó a María. No olvidemos, sin embargo, que todas las festividades de la Iglesia son un himno de alabanza a Dios, que ha hecho maravillas en los que ama.

LA VERDADERA DEVOCIÓN A MARÍA

Podemos decir, con toda exactitud, que la verdadera devoción a Maria y a los santos nos lleva necesariamente a Dios, pues ellos no son más que un reflejo de su grandeza y de lo que podemos llegar a ser nosotros tam-bién si, como ellos, estamos dispues-tos a consagrar nuestras vidas a la gloria de Dios y bien de nuestros hermanos.

Una devoción a María que se quede en velas, flores y promesas, dejaría mucho que desear. En modo alguno sería auténtica. Si acudimos a María como si ella fuese el objeto final de nuestra fe y nuestro amor, de tal manera que lo esperáramos todo de ella, estaríamos subvertiendo los valores y convirtiéndola en una diosa pagana. Entonces sí estaríamos cometiendo el pecado de idolatría.

María sólo puede ser vista como un instrumento de misericordia divina. Mientras estuvo en la tierra cumplió admirablemente con lo que Dios pidió de ella, siendo, además, un ejemplo constante de esas virtudes domésticas y ordinarias que tanta falta nos hacen.

Allí, en Nazaret, podemos imaginarla como la mejor de las madres, de las esposas, amigas y vecinas. Siempre atenta a las necesidades de los demás, dispuesta a sacrificarse por el bien de los otros.

Ahora, desde el cielo, María vela por sus hijos, intercediendo por ellos y sirviendo de instrumento del Señor para atraer, con su amor maternal, a aquellos que se alejan de El. Por eso es muy comprensible que Dios permita que se aparezca a personas humildes, recordándonos a todos, a través de Ella, cuál es el verdadero camino de salvación.

Amar y reverenciar a María, por tanto, es vivir con ella el camino de peregrinación que es esta vida. Tratar de imitarla es la mejor manera de demostrarle que la amamos.

Arnaldo Bazán

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