LA DEVOCIÓN A MARÍA

Sobre la devoción a María, la Madre de Jesús, hay lógicamente una doctrina aprobada por la Iglesia. Ahora bien, sin ir contra ella, puede haber una gran variedad de opiniones que van del uno al otro extremo de la ortodoxia.

Se puede ser católico y estar en desacuerdo con las formas de interpretar y vivir aquellas cosas en las que no hay ninguna definición dogmática.

Así, la manera de vivir la devoción a María es muy diferente en unos católicos y otros, sin que pueda decirse que unos quieran a la Santísima Virgen más que los otros. En esta devoción hay unos que pueden hasta rozar el fanatismo, mientras que otros tratan de amoldar su cariño a María con las formas más en concordancia con la más sana Tradición de la Iglesia.

EL MENSAJE DE LA ESCRITURA

Si nos atenemos a lo que dice la Escritura tenemos que aceptar que la devoción a María es algo natural en los seguidores de Jesús. ¿Cómo no amar a aquella que no sólo dio a luz al Salvador, sino que también fue su más fiel seguidora?

María se presenta en los evangelios como la “sierva del Señor”, obediente a su Palabra y siempre dispuesta a cumplir la voluntad divina. La vemos humilde y entregada, sin buscar reconocimiento de los privilegios que Dios le otorgara y que quedaron plasmados en las palabras del ángel y de Isabel, la madre de Juan el Bautista.

Nadie que lea desapasionadamente los relatos de Lucas podría pasar por alto que tanto Gabriel como Isabel hablaban en nombre de Dios y decían a María lo que Dios mismo quería transmitirle. Veamos, por ejemplo, éstas: Alégrate, favorecida, el Señor está contigo (1,30). O estas otras que el Espíritu Santo puso en boca de Isabel: ¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? (1,42).

Aquí se trastocan los términos. Se suponía que Isabel, por ser mayor, merecía el respeto y las felicitaciones de María. Sin embargo sucede lo contrario, pues Dios mismo hace que Isabel diga lo que nunca se le hubiera ocurrido de no ser por la inspiración divina.

De estas palabras, entrelazadas, resultó luego una de las más conocidas antífonas dedicadas a María, que después, con otras que se agregaron, se convirtieron en la oración por excelencia a la Madre de Dios.

MARÍA EN LA LITURGIA

La Liturgia, con todo, ha sido muy parca a la hora de exaltar a María, pues, como sabemos, toda ella se dirige al Padre, por medio de Jesús en el Espíritu Santo, de modo que, aunque se le han dedicado muchas fiestas y existen muchos textos litúrgicos que la mencionan, ni en una sola ocasión se dirige la Iglesia oficialmente a Maria en forma directa.

Esto nos demuestra el sumo cuidado que la Iglesia siempre ha puesto en su oración oficial, dándonos con ello una pauta clara de lo que debe ser la verdadera devoción a nuestra Madre Santísima.

Si seguimos estos lineamientos no hay por qué caer en exageraciones ni poner ni quitar nada de lo que corresponde a María.

A ella la vemos adornada con todas las gracias y regalos que Dios ha querido otorgarle, al escogerla para ser la Madre de su Hijo. Pero en ella sólo podemos exaltar lo que Dios ha hecho, como ella misma se ocupa de enseñarnos al decir: ... porque se ha fijado en su humilde esclava (Lucas 1,48).

Una verdadera devoción a María no es dedicarle el tiempo que debemos separar para Dios, sino unirnos a ella, imitándola en esa forma especial que ella tuvo para comunicarse con su Señor.

¿DEBEMOS REZAR A MARÍA?

No tenemos que poner en duda que a María podemos dirigirnos como hijos que somos, buscando su intercesión. Pero no debemos nunca olvidar, como nos enseñan los grandes maestros de la vida espiritual, que el objeto por excelencia de nuestra oración y contemplación debe ser el mismo Dios.

Incluso el Rosario, - que es la devoción mariana más extendida -, si lo miramos bien no está dirigido tanto a comunicarnos con María, por cuanto lo fundamental de esta devoción está en la contemplación de los diversos “misterios” de la vida de Jesús, por lo que sería más propio hablar de “oración con María”, ya que, junto a ella, nos dirigimos a Dios por medio de esa reflexión de los grandes acontecimientos de nuestra Redención.

Con esto no estoy diciendo que no podamos rogar a María. La Iglesia sí que nos recomienda, en muchos documentos, esa devoción que incluye el pedir de ella su intercesión. Sabemos que como Madre ella tiene una gran influencia ante su Hijo, como lo demostró en las bodas de Caná, por lo que siempre que acudimos a ella con sincero deseo de agradar a Dios, podemos estar seguros que conseguiremos lo que sea más conveniente. Ella nunca nos falla ni nos abandona.

El “Catecismo de la Iglesia Católica” habla así de ella: María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos (Cf. Juan 19,27) a la Madre de Jesús, hecha madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y a ella. La oración de la Iglesia está sostenida por la oración de María. La Iglesia se une a María en la esperanza (Número 2679).

A JESÚS CON MARÍA

En nuestra devoción a María no hay por qué andar confundidos. Los sectarios nos acusan de ser idólatras, o de colocar a la Virgen en un lugar que no le corresponde. Esto, tenemos que estar muy conscientes de ello, es falso.

Los católicos hacemos una clara profesión de fe. En primera persona decimos cada domingo: “Creo en un solo Dios”. Excluimos, por tanto, que puedan existir otros dioses.

Nunca hemos comparado a la Madre de Jesús con el Creador ni le hemos rendido jamás un culto equivocado. María es sólo un instrumento de salvación, al que acudimos como medio para acercarnos más a su Divino Hijo, ya que es fácil acercarse a una madre, pues humana como nosotros, ha sufrido nuestros dolores y transmite nuestras penas al que puede resolverlas.

No se quiere decir con esto que tengamos que ir necesariamente a Jesús por María. Prefiero decir más bien que vamos a Jesús con María.

¿Podríamos desconocer acaso el papel que ella representó en la vida de su HIjo? Ella, como alguien la llamó, es una “potencia suplicante”. Acercarnos a la Virgen tiene que ser, siempre, un acercamiento a Jesús y a Dios, si lo hacemos con un sentido plena-mente católico.

No tenemos la culpa de que algunos confundan las cosas, y conviertan la devoción a María en una superstición o una forma de sustituir prácticas paganas.

La Iglesia jamás ha enseñado a sus miembros que María tenga poder alguno, como no sea el de interceder. Si acudimos a Ella es porque sabemos que, dentro de la Comunión de los Santos, no hay como la Madre de Jesús para suplicar en favor de todos los seguidores de su Hijo.

No nos avergoncemos, como católicos, de nuestro cariño a María. Por el contrario, hemos de enorgullecernos de ser los que hemos recogido el legado que nos diera el propio Dios, y del que otros cristianos han hecho, lamentablemente, caso omiso.

Nada le quitamos a Dios cuando alabamos a María. ¿Acaso no dijo ella me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho tanto en mí? (Lucas 1,48-49).

P.ARNALDO BAZÁN

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