JESÚS ES EL PAN DE VIDA

"Mi Padre es el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es éste que ha bajado del cielo y que da vida al mundo" (Juan 6, 32-33).

En el capítulo 6 del evangelio de san Juan se presenta una confrontación entre algunos fariseos y otros de parecida mentalidad con Jesús. Le están pidiendo que ofrezca pruebas de quién es El, pues alegan que no las ha dado.

Para confirmar su acusación, le recuerdan que Dios hizo signos maravillosos en favor del pueblo de Israel, entre ellos, el famoso maná que cada día bajaba como caído del cielo. Con esa especie parecida al pan Dios alimentó a su pueblo por espacio de cuarenta años en el desierto.

Pero Jesús les replica que, si bien es cierto que el maná era un regalo de Dios, no se trataba realmente de un pan bajado del cielo, pues se debía a circunstancias naturales que el Señor permitió para que esa especie de lluvia alimenticia llegara al suelo.

Su argumento va más allá. Aquel pan sólo quitaba el hambre temporalmente, mientras que el verdadero pan del cielo la quita para siempre.

Si todo alimento sirve para dar la vida al cuerpo, ese otro que es el verdadero pan del cielo, da una vida que no es de este mundo. Es una vida que nos permite disfrutar de la eternidad con Dios.

Este pan no tiene nada que ver con el alimento que consumimos para subsistir en la tierra. Ni siquiera es algo material, aunque va a aparecer bajo signos materiales.

Ya estamos ante el anuncio de lo que sería un sacramento, algo que vemos pero que no es en sí mismo la realidad, sino el medio para descubrir la realidad.

En un sacramento lo importante no es lo que vemos, sino lo que no vemos. El habla de un pan bajado del cielo, para luego afirmar que El es ese pan.

Cuando al fin instituya el sacramento que conocemos como la Eucaristía, lo que vemos son los signos sacramentales, pan y vino, pero lo que no vemos es lo importante: la presencia real y verdadera de Jesús, con su cuerpo, su alma y su divinidad. Todo El en forma sacramental, para ser el alimento que da la vida al mundo.

"Jesús les dijo: Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed" (Juan 6, 35).

Los oyentes de Jesús - hemos de admitirlo - tuvieron que sentir que aquello que sus oídos oían era algo inédito, inaudito y totalmente extraño.

¿A quién se le puede ocurrir llamarse a sí mismo "pan de vida"? ¿No es esto algo que parece provenir de un loco?

Ya sabemos que los dementes suelen creerse que son esto o lo otro, sea un personaje histórico o incluso un animal o un objeto.

No, no vayamos a juzgar severamente a los oyentes de Jesús, como de seguro no lo hizo el Señor. El conocía de sobras que lo que estaba diciendo era algo totalmente incomprensible a los oídos humanos.

Con todo, El sabía lo que decía. Por eso esperó algún tiempo antes de hacer realidad lo que ahora, en cierta forma, sólo estaba anunciando.

Por más extraño que pareciese, Jesús tenía todo el poder para hacer realidad esas palabras que nadie, nunca antes, se había atrevido a proferir.

Creer que alguien pueda ser "pan de vida" está por encima de nuestras capacidades naturales. Se requiere de una convicción interior muy profunda que sólo proviene de la acción del Espíritu Santo.

Hubo un momento anterior en el diálogo entre Jesús y los que con El conversaban, en que éstos le hacen una pregunta: - "¿Qué haremos para hacer las obras de Dios?" A lo que el Divino Maestro respondió: "La obra de Dios es que crean en Aquel que El ha enviado" (Juan 6.29).

Efectivamente, sin la fe total en Jesús como el enviado del Padre, no habría manera de aceptar sus palabras sobre el pan de vida.

Creer en algo así es sólo posible cuando uno está convencido de que ahí hay Alguien capaz de hacer prodigios por el poder del Altísimo.

No en balde a una mayoría les fue imposible aceptar lo que Jesús les decía. Sencillamente no creían en El.

"Los judíos criticaban porque Jesús había dicho: "Yo soy el pan que ha bajado del cielo" (Juan 6,41).

A la extrañeza siguió la crítica. Era la reacción lógica, y no creo que Jesús los condenara por ello.

Se trataba realmente de algo tan fuera de lo común, que los judíos, por más cerca de Dios que estuviesen, no podían aceptar sin más ni más.

Ni siquiera sus discípulos más cercanos estaban preparados para ello. Incluso ahora muchos cristianos rechazan totalmente que esto sea posible.

La llamada reforma protestante del siglo XVI, liderada por Lutero, Calvino y otros, trajo como consecuencia un abandono de la Eucaristía por parte de la mayoría.

Si bien Lutero la siguió admitiendo como un sacramento, que junto al bautismo fueron los dos únicos admitidos por él, la mayoría de los "reformadores" sólo aceptaron la Eucaristía como un puro símbolo, pero que no conllevaba la presencia real de Cristo en el pan y el vino.

Los calvinistas, por ejemplo, sólo permitieron la celebración de la cena cuatro veces al año, suprimiendo totalmente lo que los católicos llamamos Misa. Y en la cena sólo se compartía el pan y el vino en forma simbólica.

Esto nos demuestra la dificultad que entraña la aceptación de las palabras de Jesús. Y aunque está más que documentado que los apóstoles y primeros cristianos creyeron que las palabras de Jesús se referían a su presencia real, hoy muchos cristianos de diferentes denominaciones lo niegan totalmente.

¿Podríamos exigir por tanto que los judíos, que por primera vez oían a Jesus hablar de ello, se extrañaran o rehusaran aceptar lo que oían?

Se necesitaría de una conversión total que aceptara a Jesús como verdadero Mesías e Hijo de Dios para que esto fuera posible.

Hoy sólo los católicos, los ortodoxos y algunas denominaciones protestantes creemos lo que Jesús dijo realmente. Este es uno de los puntos más importantes que nos separan, cuando debía ser todo lo contrario. ¡El sacramento de la unidad convertido en signo de desunión!

"Yo soy el pan de vida. Sus antepasados, que comieron el maná en el desierto, murieron. Aquí tienen el pan que bajó del cielo para que el que lo coma no muera" (Juan 6,48-50).

Las palabras de Jesús no dejan lugar a dudas. El no es un loco o un parlanchín dispuesto a engañar a la gente con palabras ininteligibles. El es el Hijo de Dios.

Por eso cuando afirma que es el pan de vida tenemos que tomarlo muy en serio.

Y si no, ¿para qué usó una frase así? ¿Sería para suscitar falsas esperanzas o para confundir a los que lo escuchaban?

Aquí no hay vuelta de hoja: o lo tomamos como suena o se trata de una engaño intolerable.

Porque, además, no se trata de un pan cualquiera, sino uno que confiere al que lo come inmortalidad. Y para que no queden dudas lo compara a aquel otro pan que fue el maná.

Dice el libro del Exodo: "Yahvé dijo a Moisés: "Voy a hacerles llover comida de lo alto de los cielos. El pueblo saldrá a recoger cada día la porción necesaria para ponerle yo a prueba, viendo si marcha o no según la ley" (16, 4-5).

Y poco más adelante: "Los israelitas dieron a este alimento el nombre de "maná". Era parecido a la semilla del cilantro, blanco, y tenía un sabor como de torta de harina de trigo amasada con miel" (16,31).

Este fue el alimento que, por cuarenta años, comieron los israelitas durante su travesía por el desierto.

Se ha visto en él una figura de la Eucaristía, pues así como tal alimento sostuvo a los israelitas en su peregrinación, así también el pan eucarístico es el sostén de los cristianos en su caminar hacia la verdadera Patria Prometida, es decir, la Casa de Dios, el Cielo.

No juega Jesús con palabras bonitas para ganar discípulos. Nunca ha habido líder alguno que haya sido más claro en sus proposiciones.

El nos ofrece la Gloria, pero también el sufrimiento, la persecución, las calumnias y hasta la muerte. Alguien así no podía decirnos una cosa por otra. Pan de Vida significa sólo eso. Jesús es el que da la vida verdadera a quien la busque.

"Yo soy el pan vivo bajado del cielo, para que el que lo coma no muera" (Juan 6,50).

De una manera afirmativa, como nunca nadie se ha atrevido a hablar jamás, Jesús afirma de sí mismo que es el pan vivo bajado del cielo.

De no haber sido dicho por quien era realmente el Hijo de Dios, tendríamos que creer que fue un loco de remate, pues no afirma en este momento que es Dios o Hijo de Dios, sino que El es pan.

Pero cuando Jesús dijo tal cosa nadie lo tomó por loco, aunque no pudieran entender sus palabras. Todos allí sabían que aquel Hombre que hablaba de una manera tan incomprensible era alguien especial, de ninguna manera un loco. Y si muchos lo rechazaron fue porque no les cabía en la cabeza que alguien tan cuerdo pudiera afirmar una cosa así.

Esto nos demuestra que Jesús no hablaba en un sentido metafórico o simbólico, sino totalmente real. Había que tomar sus palabras en el verdadero sentido o rechazarlas. Y eso último fue lo que la mayoría hizo.

Que ahora vengan algunos a decirnos que la Eucaristía es sólo un símbolo, algo que de alguna manera significa la presencia de Jesús entre nosotros, es olvidar ese momento solemne en que sus palabras fueron rechazadas porque tenían un sentido totalmente real.

Es casi seguro de que si Jesús hubiera hablado figuradamente, dando a entender que se trataba de un símbolo y no de una realidad, todos aquellos judíos lo hubieran aceptado sin más.

Por eso, desde los comienzos, los primeros cristianos entendieron muy claramente que las palabras de Cristo significaban que un pedazo de pan se había convertido realmente en su Cuerpo y un poco de vino en su Sangre. No había otra manera de entenderlo.

En la Eucaristía, aunque no físicamente, como cuando vivía en la tierra, Jesús está realmente presente en el pan y el vino consagrados. Su presencia es misteriosa, pues no podemos verlo, pero la fe lo descubre en esas especies que lo velan a nuestros ojos.

Arnaldo Bazán

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