EL QUE ESTÉ
LIBRE DE PECADO...

Los enemigos de la Iglesia, que en este país de mayoría católica parecen ser muchos, han recibido, como en bandeja de plata, una noticia que les ha dado pie para despotricar a sus ansias en contra de ella.

Nada menos que un sacerdote católico se ha entregado a las autoridades, confesando haber matado a un joven con quien parece mantenía una relación sospechosa.

Esto les ha llevado a recordar todos los casos que han ocurrido en el país, tildando a los servidores de la Iglesia de hipócritas que solo buscan saciar intereses materiales.

A esos se les podría recordar aquel pasaje del Evangelio (Juan, 8,4-11) en que unos escribas y fariseos llevaron ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio, buscando que Jesús dijera algo de que pudieran acusarlo. Pero Jesús solo les dijo: "Aquel de ustedes que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra".

En el mismo pasaje se dice que ninguno se atrevió, pues se dieron cuenta de que Jesús les podría acusar por los muchos que habrían cometido.

Todos en la Iglesia somos los primeros en lamentar este hecho, y esperamos que sea la Justicia quien se ocupe de evaluar el grado de responsabilidad del culpable.

Pero acusarnos globalmente de inmoralidad es una prueba de la desfachatez con la que algunos, periodistas o simples ciudadanos, tratan de usar en cualquier oportunidad que se les presenta para hablar en contra de la Iglesia.

Nadie podrá acusarla jamás de aprobar la conducta indebida de alguno de sus miembros, clérigos o no, como no sea para orar por la conversión de los supuestos culpables. No es a Ella a quien corresponde castigar, que para eso cada país tiene sus propias leyes.

En la Iglesia todos nos sentimos pecadores. Lo primero que se hace en cada celebración de la Eucaristía es reconocernos pecadores y pedir perdón por nuestras culpas.

Cristo dejó a su Iglesia, primero en la persona de Pedro, el poder de atar y desatar: "A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mateo 16,19).

Y también en las de los demás Apóstoles, reunidos con El después de la Resurrección: "Como el Padre me envió, también yo les envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos" (Juan 20, 21a-23).

Esto quiere decir que nosotros sabemos que el pecado puede entrar en nosotros de muchas maneras, y solo podemos confiar en el Señor y no en nosotros.

En el sacramento de la Penitencia o Confesión solo quedan perdonados aquellos que de verdad están arrepentidos y dispuestos a apartarse del pecado.

Reclamar que todos en la Iglesia debemos vivir sin nada de qué arrepentirnos, o de lo contrario somos unos hipócritas recalcitrantes, es querer tomar el lugar de Dios que sabe muy bien de qué pie cojea cada uno.

En último término será Dios, el Supremo Juez, quien hará justicia con cada uno.

P. Arnaldo Bazán

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