MARÍA,
LA MADRE

Hay quienes se empeñan en decir que María, la madre de Jesús, tuvo más hijos. Hasta quieren basar esta afirmación en los propios evangelios.

Leen, por ejemplo, en Mateo: "Pero, antes de que vivieran juntos, quedó esperando por obra del Espiritu Santo" (1,18). O en Lucas algo sobre los "hermanos de Jesús" (8,19-21), y ya esto les resulta una prueba concluyente, que no dejar lugar a duda alguna.

¡Qué manera de despreciar la indiscutible predilección que Dios demuestra por esa mujer que es María!

¿Cómo conciliar la vocación divina de María a ser la madre del Hijo de Dios, tan claramente expresada en el Evangelio, con la posibilidad de tener, posteriormente, otros hijos?

De modo que Dios la preserva del pecado original y la adorna de multitud de dones, y hace que en su vientre virginal germine la naturaleza humana del Mesías por obra del Espíritu Santo, para luego dedicarla a procrear y cuidar otros hijos como si nada hubiera pasado.

Esto es inconcebible por absurdo. María agotó su capacidad maternal con la obra amorosa para la que Dios la destinó. No es que tengamos que rebajar la dignidad de la maternidad, sino de comprender que la de María fue única e irrepetible, ya que el útero que contuvo al Hijo Unigénito del Padre, hecho hombre, no podía albergar a nadie más.

Quien trate de decir lo contrario estará guiado por prejuicios sectarios, con el único propósito de empañar la obra del propio Dios.

Pese a esa única posibilidad de concepción, podemos afirmar que María es el ejemplo por excelencia de maternidad, pues si bien no concibió por el amor a un hombre, lo hizo por una obediencia total a la voluntad de Dios, a quien ella amaba con todas las fuerzas de su ser.

Aunque hay muchas teorías al respecto, mientras la Iglesia no diga lo contrario, yo prefiero creer que María y José sentían, el uno por el otro, un sincero amor, que los llevó al compromiso solemne de los desposorios y a los preparativos de su boda.

Es en esas circunstancias que Dios deja conocer, primero a María y luego a José, los designios de su voluntad, que exigen de ambos renunciar a sus propios proyectos y orientar su mutuo amor a la obra de la redención de toda la humanidad.

No se trataba simplemente de procrear, de lo que José estaría totalmente ausente, como se lo expresa el Ángel a María con toda claridad (Lucas 1,35), sino de consagrar su vida al Hijo que iba a nacer, lo que entrañaría, especialmente para ella, grandes dolores y sacrificios (Lucas 2,35).

Dios, que quiso que su Hijo, para realizar la obra de la redención de la humanidad, corroída hasta lo más profundo por la soberbia, tomara la condición humana en forma verdadera, necesitó de una mujer que lo albergara en su seno.

Pero esta mujer no podría, como no lo puede ninguna, realizar su tarea ella sola. Por eso Lucas subraya que el ángel Gabriel visitó a una virgen "desposada con un hombre llamado José" (1,27).

Es posible admitir que Jesús, siendo Dios, no necesitase de la educación de unos padres. A pesar de ello el Padre así lo dispone, y José y María son encargados de brindarle amor y una auténtica experiencia de hogar, aunque entre ellos la relación sexual estuviera ausente.

El amor de José y María fue sublimado por la conciencia de su vocación específica, pero siguió siendo amor y amor conyugal, de tal manera que la Iglesia no duda en reconocer que su unión constituyó un verdadero y auténtico matrimonio.

No es el número de hijos lo que define una buena maternidad. María tuvo uno solo, pues se trataba del más grande de todos los hijos posibles. Pero ¡qué intensidad de entrega le exige Dios al elegirla para tal ministerio!

Toda verdadera madre es pozo inagotable de ternuras y océano inmenso en su capacidad de sacrificio. ¿Quién no recuerda las noches en vela, el llanto callado, los desvelos, la tortura interior, las horas de espera, y las mil y un sacrificios que los hijos causamos a nuestras madres?

Por eso todos rendimos homenaje, con nuestro amor, a esas sublimes mujeres que son capaces de anteponer el bien de sus hijos a la propia comodidad, al gusto o al placer.

Que ellas puedan ver en María el ejemplo de la madre ejemplar, que supo acompañar a su Divino Hijo desde Belén hasta el Calvario, sin medir penas ni sufrimientos, por lo que ahora reina junto a El en el cielo.

Aquellos que quieran agregar más hijos a María, solo estarían atentando contra la verdad, que aparece con claridad en la Palabra revelada de las páginas del Evangelio.

Arnaldo Bazán

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