LA ORACIÓN EN LA
VIDA DEL CRISTIANO

Todo el mundo sabe que el ser humano, desde sus primeros momentos, intenta comunicarse con los que le rodean. Claro que al principio solo serán balbuceos ininteligibles emitidos inconscientemente, pero poco a poco esta necesidad conduce al aprendizaje de los medios para darse a entender.

La persona humana tiene, llegada ya la luz de la razón, muchos medios para una comunicación consciente, siendo la palabra hablada la principal de todas. Se afirma que todos tendríamos la oportunidad de desarrollar una forma no sensible de comunicación, como la telepatía, pero esto no ha sido conseguido aun y no sabemos si será posible en un futuro.

Lo cierto es que el ser humano, hombre o mujer, gasta una gran cantidad de horas de su vida comunicándose con sus semejantes. Como promedio, cada persona hábil pronuncia miles de palabras diariamente, gran parte de las cuales no tiene mayor valor ni conduce a nada bueno.

El cristiano - y en general todo creyente -, ha aprendido que esta comunicación también es posible con Dios, a quien podemos hablar y escuchar, y de quien somos escuchados.

Dios, ciertamente, no se comunica con nosotros por medio de un lenguaje articulado, pero hace sentir su presencia cuando abrimos nuestro corazón para atender su mensaje.

Hablar con Dios es lo que llamamos hacer oración, y forma parte de la vida de todo creyente de una forma u otra. Hay religiones no cristianas que insisten grandemente en la necesidad de la oración y la contemplación, de modo que sus adeptos dedican bastante tiempo a esta actividad.

LA ORACIÓN ENTRE LOS CATÓLICOS

Lamentablemente, hemos de reconocerlo con humildad, la mayor parte de los cristianos, y en particular de los católicos, apenas dedican algo del dia a hablar con Dios y con frecuencia creen que hacen demasiado asistiendo regularmente a la Liturgia del Domingo.

Entre los católicos es muy frecuente reducir toda su capacidad de oración a la recitación - a veces totalmente mecánica -, de oraciones vocales aprendidas de memoria. Esto quita espontaneidad a la oración y la hace superficial y monótona.

Esto significa, en definitiva, que son muchos los católicos que no saben orar, pues confunden el amistoso hablar con el Amigo, ese diálogo sincero con el Señor, con un recitar, de corrido, oraciones que pueden decir cosas sublimes, pero que no son sentidas en el fondo del corazón.

Lo primero que se requiere para que la oración sea válida es que se trate de un diálogo amoroso, hecho sin prisas y sin presiones, y como una expresión de la persona misma. Cuando uno "reza" repitiendo mecánicamente lo que se sabe de memoria no podríamos decir realmente que se está "orando".

No es que tengamos que condenar la oración vocal ni tampoco la recitación de oraciones previamente compuestas. Eso está bien, sobre todo en algunas ocasiones. Sabemos que la oración pública de la Iglesia, la Liturgia, está compuesta de oraciones que han sido escritas previamente, pero si cada uno no pone en ellas su corazón, la participación personal será muy pobre y rendirá pocos frutos.

Para orar, en realidad, no se requieren palabras. Por el contrario, las palabras pueden sobrar, como nos enseña el propio Jesús: "Y al orar, no charlen ustedes mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrerías van a ser escuchados. No sean como ellos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de pedírselo" (Mateo 6,7-8).

Aparte de la oración pública en la Iglesia, que requiere siempre de oraciones vocales y cantos que expresen los sentimientos de toda la comunidad eclesial, se supone que mientras más se adelante en la vida interior y de unión con Dios, la oración va necesitando de menos expresiones sensibles.

Así lo han enseñado los grandes maestros de la vida espiritual, que indiscutiblemente dan la primacía a la oración mental sobre la vocal y aún sobre aquella la contemplación.

GRADOS DE ORACIÓN

Lo dicho anteriormente nos indica que puede haber diversos grados de oración, según el crecimiento interior de cada persona. Es sabido que algunos, pese a que asisten a la iglesia regularmente, se mantienen siempre en un grado inferior del que no avanzan, quizás porque no han encontrado un maestro apropiado para ello.

La vida de oración suele crecer al compás de la propia fe. Es muy difícil ver a alguien entregado a una verdadera oración que no tenga una vivencia profunda y consciente de la presencia de Dios en su vida.

Se supone que los retiros, ejercicios espirituales y otros medios que se emplean en la Iglesia, tienen como objetivo principal llevar al creyente a esta experiencia personal de Dios, para que así aprendan a conocerlo y amarlo más, al conseguir un trato frecuente y espontáneo por medio de la oración.

Hay personas que necesitan tiempos y lugares para orar. Es cierto que la oración se facilita cuando uno encuentra un lugar tranquilo y una hora en que nada le perturbe. Sin embargo, no siempre es posible conseguir tal ideal.

Sabemos que, desde muy antiguo, los que deseaban consagrar su vida a la oración y la contemplación, se retiraban al desierto o a sitios solitarios y tranquilos, y todavía hoy existen los monasterios, donde la quietud y el silencio son base primordial para la vida de contemplación.

LA ORACIÓN ES PARA TODOS

Con todo, no podemos reducir la oración a la actividad de unos pocos elegidos que han encontrado en la contemplación su legítima vocación en la vida. Todo cristiano tiene necesidad de orar, y deberá hacerla aun en medio del bullicio de la gran ciudad o de los inconvenientes que supone vivir en una casa estrecha compartida por muchas personas.

No puede ser, por tanto, una excusa válida para no orar, ni el no tener tiempo ni el no encontrar un lugar apropiado, ya que Dios nos da audiencia a cualquier hora del dia o de la noche y en el sitio en que nos encontramos, aunque sea en medio de una multitud que vocifera en un partido de fútbol o un juego de pelota.

Como todo aprendizaje, el de la oración tiene que comenzar por lo más sencillo: la oración vocal. Lo primero sería, por tanto, recitar aquellas oraciones que la Iglesia misma más recomienda, y ejercitándose en aquellas devociones que forman parte del tesoro cristiano, como el rosario, el viacrucis, y otras.

Nadie, sin embargo, puede pensar que eso es lo único que puede y debe hacerse. El contemplativo también puede rezar el rosario, pero lo que no puede un cristiano es reducir toda su actividad espiritual a la oración vocal.

El mismo rosario, si se lleva a cabo según las normas más estrictas, tiene que ser una combinación de oración vocal y mental - magnífico compendio que pocos realizan totalmente -, en que lo que menos vale son las palabras repetidas una y otra vez, sino la contemplación de los principales misterios de nuestra redención.

Aparte de la división en vocal y mental, podríamos decir que hay muchas clases de oración, según que se alabe, se adore, se de gracias, se pida perdón o se soliticen gracias especiales.

Hay personas que apenas usan algún otro tipo de oración, siendo la más frecuente, posiblemente, la de petición. Son muchos más los que piden que los que dan gracias, lo mismo que ocurrió con los diez leprosos del Evangelio (Lucas 17,12-19).

Oración vocal o mental, lo que verdaderamente importa es que nos comuniquemos, lo más frecuentemente posible, con quien es nuestro Padre y nuestro mejor Amigo.

ORACIÓN PERSONAL O COMUNITARIA

Una forma excelente de orar es reunirse varios para dirigirse comunitariamente a Dios. Jesús nos dice que "cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, Yo estaré en medio de ellos" (Mateo 18,20).

Los que no encuentran mucho tiempo para orar siempre podrán dirigir a Dios breves invocaciones, las que se llaman "jaculatorias", que dan la medida de la unión que tenemos con el Señor durante el dia.

Para orar no se requiere una postura especial. Claro que cuando estamos celebrando la Liturgia, hay que seguir ciertas normas que permitan el orden dentro de la misma. Pero cuando se ora en pequeños grupos o individualmente, cada uno puede adoptar la posición que más le convenga.

Cristo previene contra la mucha palabrería y el hacer de la oración una manera de disimulada jactancia (Mateo 6,5), pero alaba la oración que se hace en lo escondido del corazón (Mateo 6,6), lo mismo que la oración hecha en compañía de otros hermanos (Mateo 18,19-20).

Nadie tiene que sentirse mal porque no pueda orar como lo hacen otros. Cada uno tendrá que aceptar sus limitaciones, aunque tratando siempre de superarse en lo posible. Lo que importa es que hagamos todo lo posible para que no pasemos un solo dia sin oración. Dejar de comunicarnos con Dios deber ser considerado como una falta de amor, asi como aquel que no le importa para nada hablar con la persona amada y escuchar su voz.

El amor se demuestra con acciones. La oración es la forma de unirnos con Dios, haciendo así crecer nuestra relación con El. Cada uno en la medida de sus posibilidades y de acuerdo a su propia vocación debe ejercitar lo que es para el alma lo que la respiración es para el cuerpo.

Arnaldo Bazán

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