LA BIBLIA

(Este escrito, que ofrecemos a continuación, fue preparado por un grupo de especialistas, para ayudar a todos los católicos a tener una idea clara de lo que significa la Biblia para todos los miembros de la Iglesia.)

Posiblemente no haya en el mundo un libro que haya tenido más ediciones ni traducciones. Sin embargo, es también un libro que, frecuentemente, se tiene pero no se lee.

Es fácil oír a algunos afirmando que no entienden la Biblia.

Es cierto que las Sagradas Escrituras no son, en general, una obra fácil de comprender, y esto por varias razones. No se trata de un libro, sino de muchos, escritos por una gran diversidad de autores en épocas totalmente diferentes.

Esto obliga a aceptar que, para entender la Biblia, se requiere una iniciación, pues es un lenguaje especial que exige aprendizaje.

Muchas personas, leyendo la Biblia como si fuera un libro de hoy,
sacan conclusiones totalmente erróneas.

Si decimos que el Universo fue creado en seis días o que una serpiente habló, o que Noé puso en el Arca una pareja de todos los animales, nos lleva a contradecir no solo a la ciencia sino también al sentido común.

Cuando se aprende que los antiguos tenían una forma de hablar y narrar y que los israelitas parecían no dar mucha importancia a los números, de forma que ponían cifras impresionantes, estamos más en consonancia con la realidad.

El problema estriba en entender la Biblia como el mensaje de amor de un Padre que nos ama. Querer dar mayor importancia al ropaje en que ese mensaje viene envuelto es lo mismo que dar más importancia a la envoltura que al regalo.

Ahora, la falta de una total comprensión no debe ser excusa para no leer la Palabra de Dios. Aquí es donde aparece la sabia disposición de la Iglesia de exigir que las versiones de la Biblia tengan notas explicativas, para que los lectores sepan a qué atenerse cuando hay algún pasaje que resulta oscuro.

Hoy en día, por otro lado, casi todas las ediciones, sobre todo las católicas, tienen magnificas introducciones, tanto para todo el conjunto en general como para cada libro en particular.

La Biblia es la Palabra de Dios. Esto no significa que todas las verdades de Dios estén en la Biblia ni que todo lo que se diga en la Biblia tenga, exactamente, el mismo valor.

Si decimos que la Biblia es Palabra de Dios es porque fue escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo que asegura que en ella no hay nada que sea contrario a la Verdad en el estricto sentido de la palabra.

Esta inspiración no significa que los autores humanos, que fueron muchos, escribieran como quien recibe un dictado, de tal manera que cada palabra que allí aparece sea una obra divina.

Dios se ha valido de muchos medios para dársenos a conocer y enseñarnos todo aquello que conviene que conozcamos, contando con nuestras limitaciones e incapacidades actuales.

La Biblia no es la única forma, aunque podríamos decir que en sus páginas se contiene lo más importante y fundamental de la Revelación divina.

Muchas verdades hay, sin embargo, que no aparecen en la Sagrada Escritura, pues no se trata de un compendio de todo ni ha sido escrita con el propósito de enseñarnos hasta los últimos detalles.

Recordemos las palabras de Juan al final de su evangelio: "Muchas otras cosas dijo e hizo Jesús que si fuéramos a ponerlas por escrito no cabrían los libros en el mundo" (21,25).

Otra cosa que tenemos que tener en cuenta es - como ya quedó dicho -, que los autores humanos escribieron a su manera y con su propio estilo, de acuerdo a las formas conocidas en su tiempo. Esto es lo que hace que exista un valor desigual en las palabras de los libros bíblicos, pues a veces una verdad es presentada en forma de una alegoría o recogiendo una leyenda.

Cuando se habla de personajes como Job o Tobías, tal parece como si éstos, en realidad, hubieran existido, cuando hoy se considera estos libros fueron unas parábolas con la que sus autores nos quisieron enseñar verdades religiosas de indiscutible valor.

La Biblia se divide en dos gran partes: Antiguo y Nuevo Testamento.

Para los israelitas modernos solo existe el Antiguo, que es el único que ellos han conservado. Sin embargo, los cristianos agregaron a la Escritura Santa aquellos libros que, después de la venida de Jesús, se consideraron también inspirados por Dios.

San Pablo dirá: "Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena" (2ª Timoteo 1,1).

San Pedro, nos advierte sobre la dificultad de entender lo que ha sido escrito, al decir: "En esas cartas hay cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia perdición" (2ª 2,16).

Los libros del Antiguo Testamento fueron fijados por las propias autoridades religiosas judías, aceptando solo aquellos libros que se consideraban inspirados, lo que dio origen a lo que se llamó el Canon de la Escritura.

Para el Nuevo Testamento, y aun para algunos libros del Antiguo,
hemos tenido que seguir la autoridad de la Iglesia.

Resulta que los israelitas, por razones de tipo político y social, se vieron regados por medio mundo, y aquellos que vivan en la Diáspora (fuera de Palestina) fueron perdiendo el conocimiento del hebreo, lengua en la que se encontraban los libros sagrados. Para facilitar su lectura se hizo una traducción al griego, que fue durante varios si-glos una lengua bastante universal.

Esta traducción se encomendó a setenta y dos sabios que se reunieron en Alejandría para realizar su trabajo. Cuando este estuvo terminado resultó que junto a los libros aceptados por los israelitas de Palestina aparecieron otros que no estaban en el Canon oficial, por lo que fueron rechazados.

La versión de los Setenta, como todavía se le conoce, adquirió, sin embargo, gran importancia, habiendo sido utilizada profusamente por los primeros cristianos.

Esta aceptación por parte de los propios apóstoles hizo que la versión griega de los Setenta fuera íntegramente considerada por la Iglesia como inspirada, lo que dio lugar a que se llamasen Protocanónicos a los libros que solo aparecían en el Canon hebreo oficial, y Deuterocanónicos a los que se encontraban únicamente en la versión griega.

La palabra deuterocanónico viene a significar del segundo canon y de ninguna manera se le consideró como sinónima de falso o apócrifo.

Ciertamente durante los primeros tiempos del Cristianismo también aparecieron escritos que tenían esas características, por lo que la Iglesia los rechazó, y esos si fueron llamados oficialmente apócrifos, por contener evidentes falsedades que no deben ser aceptadas en modo alguno.

La Iglesia Católica siempre ha tenido en eminente consideración la Palabra Escrita de Dios, de tal forma que no hay celebración oficial sin que se utilicen algunos textos de la misma, para darle mayor sentido a lo que se celebra.

Decir que la Iglesia prohibió la lectura de la Biblia, sin explicar los motivos, es faltar a la verdad. Como el propio Pedro advirtió, la Escritura no puede ser interpretada de cualquier manera, por lo que, cuando apareció un fuerte movimiento a favor de una interpretación personal y privada de las Sagradas Escrituras, la Iglesia reaccionó imponiendo cautela por el bien espiritual de los fieles.

Podemos aceptar que las medidas se exageraron y que el extremo cuidado que se impuso para evitar que de la propia Palabra de Dios se extrajesen errores, como de suyo ocurrió y sigue ocurriendo con frecuencia, condujera a una cierta apatía por parte de los católicos con relación a la lectura de la Biblia.

Muchos, menos formados, hasta llegaron a mirar con cierta sospecha los sagrados libros, sin caer en la cuenta de que eran los mismos que la Iglesia usaba en su Liturgia y que había conservado celosamente a través de siglos de barbarie e ignorancia.

Hace muchos años, sin embargo, que la Iglesia, considerando que el máximo peligro había pasado, comenzó a aprobar traducciones de la Biblia a las diferentes lenguas y a recomendar entusiásticamente su lectura por todos los fieles.

Parece ser que lo negativo se impone más fácilmente que lo positivo, y muchos católicos, siguiendo la ley del menor esfuerzo, siguen sin beber de esta fuente maravillosa del amor de Dios. Se contentan con lo que oyen en las celebraciones dominicales, pero nunca leen la Biblia en sus hogares.

Hoy en día esto no puede ser aceptado, de modo que fuera de aquellos que están realmente impedidos para hacerlo, se consideraría como un cristiano apático y flojo aquel que no tiene, entre sus ocupaciones diarias habituales, sacar un poquito de tiempo al menos, para leer y meditar la Palabra de Dios.

A este propósito nos llevan claramente estas palabras de la Constitución "Dei Verbum" sobre la Divina Revelación del Concilio Vaticano II:

"Por eso, todos los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas
dedicados por oficio al ministerio de la Palabra, han de leer y estudiar asiduamente
la Escritura para no volverse "predicadores vacíos de la palabra, que no la escuchan
por dentro" (San Agustín); y han de comunicar a sus fieles, sobre todo en los actos
litúrgicos, las riquezas de la Palabra de Dios. El Santo Sínodo recomienda insistentemente
a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura
para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Filipenses 3,8), "pues desconocer
la Escritura es desconocer a Cristo" (San Jerónimo). Acudan de buena gana al texto mismo
en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras
instituciones o con otros medios que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con
aprobación o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de
la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con
el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus
palabras (San Ambrosio). (Constitución "Verbum Dei, número 25).

Estas palabras del Concilio resumen lo que, en otros muchos documentos ha venido enseñando la Iglesia, cuya misión principal es transmitir fielmente la Palabra del Señor e interpretarla con la autoridad que le compete para unidad de todos en una misma fe, y un solo Señor y Padre de todos.