LOS SIETE DOLORES
DE LA VIRGEN MARÍA

[...] Traes clavada
en medio al corazón la espada;
y en trance fuerte
miras la muerte
del Hijo [...]

Goethe

A la memoria de
Dolores, mi madre

María, la llena de gracia (Lucas 1:28), solidaria de las penas y aflicciones de Jesús, como ninguna otra persona sufrió en la pasión de su Hijo. Por eso el pueblo de Dios, en distintos países y culturas, desde tiempos inmemoriables la venera como Nuestra Señora de los Dolores, la Virgen de la Amargura, la Virgen de las Angustias, la Virgen de la Piedad, la Virgen de la Soledad o la Dolorosa y Nuestra Señora de la Amargura y de la Esperanza, entre otras advocaciones en las que la piedad popular plasma el inmenso dolor de la Madre.

San Alfonso María de Ligorio en Las glorias de María expone: "Así como a Jesucristo se le llama 'Rey de los Mártires' porque durante su vida padeció más que todos los mártires, así a la Virgen María la podemos llamar 'Reina de los Mártires', porque Ella al ver morir a su Hijo en la cruz sufrió el mayor martirio que en el mundo ha habido, después del martirio de su Hijo." María se nos muestra junto a la cruz como mártir y madre unida a la obra redentora del Hijo, tal como lo expresa la oración "comunión" de la antigua liturgia de los Siete Dolores de la Virgen: "Dichosos los sentidos de la bienaventurada Virgen María que, sin morir, merecieron la palma del martirio al pie de la cruz del Señor".

La obra redentora se ha efectuado por Cristo (Hechos 9:12; Efesios 1:7; Romanos 3:23-24), nadie sino él es capaz de realizar esta tarea (Mateo 19:26). Si bien la redención no es una posibilidad humana, sino exclusivamente de Dios, tal como lo definió el Concilio de Trento en la Sesión Sexta, nadie como la Virgen María estuvo tan unida a su Hijo en la redención por su maternidad divina y sus sufrimientos. Ante el cuadro del Hijo clavado en una cruz y la madre contemplando su cuerpo exánime, ¿qué corazón endurecido no se conmoverá? San Alfonso se pregunta: "¿Quién no debería emocionarse ante los padecimientos que sufrió la Virgen Santísima?" Según este Santo: "En ella se cumplieron aquellas palabras del profeta: Te coronaré con una corona de sufrimientos". El destacado poeta español, Gerardo Diego, lo expresa líricamente:

He aquí helados, cristalinos
sobre el virginal regazo,
muertos ya para el abrazo,
aquellos miembros divinos.
Huyeron los asesinos.
Qué soledad sin colores.
¡Oh, Madre mía, no llores!
¡Cómo lloraba María!
La llaman desde aquel día
la Virgen de los Dolores.

En el "tracto" de la antigua liturgia de esta festividad mariana se reza: "Santa María, la Reina del cielo y Señora del mundo, permanecía de pie llena de dolor, junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo: Oh todos vosotros, que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor mío (Lamentaciones 1:2)".

La piedad de los cristianos desde hace siglos se conmovió con los sufrimientos de la Virgen durante la pasión y muerte de Jesús. Con el tiempo extendió ese sentimiento a toda la vida de María y de su divino Hijo. La Iglesia ha sintetizado esos sufrimientos en siete trances que se conocen como los Siete Dolores de la Virgen. Ellos nos recuerdan unos momentos claves de su vida y la de Jesús en los cuales se manifiesta el inmenso dolor que debió padecer al entregarle su Divino Hijo al Padre Eterno. Estos momentos los meditamos también en algunos misterios del Santo Rosario y en varias estaciones del vía crucis.

Explica san Alfonso: "En la vida de la madre de Dios hubo horas muy dolorosas como, por ejemplo, cuando tuvo que ver nacer a su Hijito querido en un pesebre en la cueva de Belén, ni siquiera en una camita de pobres, y cuando le oyó decir al profeta Simeón al presentar al Niño en Belén que el mundo se dividiría en dos grupos: unos con Jesús y otros contra Jesús y que por causa de éste, su Hijo, una espada de dolor le atravesaría a Ella su corazón. Y luego cuando sufrió al tener que huir con el Niño a Egipto y al perdérsele Él por tres días a los doce años, y al verlo sufrir con su cruz hasta el Calvario para morir en el más atroz de los tormentos. ¡Dolores inmensos!" Esta transfixión del alma de María se plasma en el arte unas veces con un corazón traspasado por un puñal, otras por siete, también se menciona una espada de siete filos, lo cual representa los dolores de la Virgen maternal que detallo a continuación.

PRIMERO:

La profecía de Simeón (Lucas 2:25-35, cuarto misterio de gozo). María y José llevaron al Niño Jesús para presentarlo al Señor, según prescribía la Ley (vers. 23). Como primogénito, era propiedad de Dios, pero los padres podían redimirlo. Ellos hicieron la ofrenda de los pobres "un par de tórtolas o dos pichones" (vers. 24). Hasta este momento todo lo relacionado con el Niño Dios había sido de júbilo: los ángeles habían anunciado su nacimiento con inmenso regocijo (vers. 14), los pastores fueron a adorarlo y "volvieron glorificando y alabando a Dios" (vers. 20). Ahora Simeón manifiesta una cruda realidad: "Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción" (vers. 34). Esto le ocasionará a la Madre, se lo recuerda el anciano profeta, un profundo dolor: "¡y a ti misma una espada atravesará el alma!" (vers. 35). No pensemos sólo en el suplicio en el que Jesús morirá, sino en la actitud de desprecio de muchos hacia este recién nacido. Como dice el salmista: las palabras son "espada acerada" (Salmo 57:5), como "flecha" la "palabra envenenada" (Salmo 64:4).

Tuvo el anciano razón
en su triste profecía
que el dolor traspasaría
tu maternal corazón.

Ramón Eseverri

¡Ay! ya, Madre, de tu hijo no eres dueño:
hoy lo rescatas de las aras santas
porque el cuerpo pequeño
cual quiere amor, no cabe todavía,
ni le alcanza esa púrpura
para el torrente que verter ansía.<

Belisario Peña (1834-1906)

SEGUNDO:

La huida a Egipto (Mateo 2:13-15). Un ángel le avisa en sueños a José que huya a Egipto porque Herodes iba a matar al Niño (vers. 13). El evangelista no escribe ni una simple línea sobre este momento tan dramático. No es difícil imaginar la angustiosa situación que se suscita a los esposos. En ese tiempo, no era fácil efectuar el viaje porque se hacía a pie y se debía cargar lo necesario. La Sagrada Familia debió de realizar el trayecto en unos cinco o seis días hasta la frontera de Egipto. Como lo describe un autor: "Detrás, la tierra roja de Canaán. Delante, las primeras arenas de los faraones." Téngase en cuenta, además, que llevaban a un infante. Lo más probable era que Jesús tuviera un año, pues Herodes ordena matar a todos los "de dos años para abajo, según el tiempo que había averiguado de los Magos" (vers. 16) para cerciorarse de que entre los muertos estuviera el recién nacido Mesías.

La callada soledad
atraviesas del Egipto
para salvar al proscripto
Señor de la Humanidad;
¡Ruda peregrinación
que disipó tu alegría
mi pena en tu corazón!

Guillermo Valencia (1873-1943)

TERCERO:

El Niño Jesús perdido en el templo (Lucas 2:41-50, quinto misterio de gozo). Los judíos debían visitar tres veces al año el templo (Deuteronomio 16:16), pero las mujeres y los niños estaban exentos. Parece que san Lucas narra este acontecimiento porque era la primera vez que Jesús lo hacía. Los varones contraían la obligación de esta visita al llegar a ser "hijos de la ley", lo cual se consideraba al cumplir los trece años, pero se acostumbraba anticipar esta obligación uno o dos años antes, por eso san Lucas enfatiza que Jesús tenía doce años. Como se viajaba en grupos de parientes o vecinos de la misma aldea, no es de extrañarse que José ni María se percataran que el adolescente Jesús no estaba entre los de la comitiva. Para conocer el dolor de la Virgen la palabra clave que subrayo aparece en versículo 48: "tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando". No es fácil para una madre ignorar el paradero de su hijo por tantos días.

Al Hijo de tus amores
has perdido, sales, entras
sin reposo, al fin lo encuentras
enseñando a los doctores.
Oh cuánta desolación
hasta hallarlo, al tercer día:
¡Junta a tus penas María,
mi pena en tu corazón!

Guillermo Valencia (1873-1943)

CUARTO:

María encuentra a Jesús con la cruz a cuesta en la calle de la Amargura (Lucas 23:27-29, cuarta estación del vía crucis). Los evangelistas no mencionan que María se encontrara con Jesús durante el trayecto en el que cargó la cruz, sino que les habló a unas mujeres piadosas que le daban a beber cierto brebaje a los condenados para aliviarles los sufrimientos (Lucas 23:28-31). Sí confirman que la Virgen estuvo presente en el Calvario, por consiguiente, debió ver al Hijo en estas circunstancias. Y lo vio en unas condiciones infrahumanas, luego de ser azotado (Marcos 15:15) y coronado de espinas (Mateo 27-31). Estaba tan exhausto que los guardias, temiendo que se muriera en el camino, obligaron a Simón de Cirene a que cargara la cruz (Lucas 15:21). Según una tradición piadosa María y Jesús sólo cruzaron miradas. Realmente eran innecesarias las palabras para manifestar la angustia y el dolor de la Madre y el Hijo.

Llega la Virgen donde el Hijo estaba;
ella le mira y él la mira a ella;
ella llora por él y él por ella,
y por los dos la tierra se regaba.

Ambos se miran, mas ninguno hablaba;
con los ojos publican su querella;
él ve su muerte en los ojos de ella
y ella en los de él el mal que la mataba.

Mas el impío pueblo, que entendía
que aliviaba su pena en tal jornada
ver a su Madre en el dolor presente,
al punto aparta al Hijo de María,
del Hijo apartan a su madre amada.
¡Juzgue quién sabe cuál más pena siente!

Fray Diego Murillo (1555-1616)

QUINTO:

María al pie de la cruz (Juan 19:25-27, decimasegunda estación del vía crucis). San Juan fue el único de los apóstoles que presenció la crucifixión. Él acompañó a María durante todo el camino del vía crucis. Este evangelista nos describe a la Madre "junto a la cruz". Era el momento sublime en el cual ella ofrecía al Padre Eterno su Hijo amado, como víctima propiciatoria, por los pecados del mundo. A su vez, Jesús la entrega por madre a todo el género humano (vers. 26-27). María recibe en su amoroso regazo a todos aquellos que crucificaron a su Hijo, que no fueron realmente los judíos, sino todos los pecadores del mundo. No creo que se pueda describir el dolor de la Madre afligida ante el patíbulo donde pende Jesús, tal como lo expresan los poetas:

Decid, peregrinos,
que vais por la vida,
¿qué penas habéis visto
igual que la mía?

Jacinto Verdaguer (1845-1902)

Madre de Dios ante la cruz gimiendo
velas al Hijo que te está llamando:
¿Quién sufre con martirio más horrendo,
el Hijo que a sus pies te ve llorando,
o tú que en una cruz le ves muriendo.

Antonio Fernández Grilo (1844-1906)

SEXTO:

María recibe el cuerpo de Jesús (Marcos 15:42-47, decimatercera estación del vía crucis). Si bien los evangelistas no dicen expresamente que María recibió el cuerpo exánime de Jesús, lo cual se colige, porque había que preparar el cadáver para enterrarlo. Antes de este procedimiento, la Virgen debió tener en su regazo el cuerpo inerme del Señor. No cabe duda que debió ser una desgarradora escena ver el cuerpo sin vida del redentor en los brazos de su virginal Madre.

La Madre piadosa
las llagas de una en una va besando;
besolas tan llorosa
que las iba regando
su sangre con sus lágrimas limpiando.

Contempla en Dios sagrado
por los hombres deshecha la hermosura,
¡oh, qué bien se ha mostrado
mi Dios en tal figura
vuestra bondad inmensa y su dulzura!

Juan López de Úbeda (siglo XVI)

SÉPTIMO:

María presencia la sepultura de Jesús (Juan 19:38-42, decimacuarta estación del vía crucis). Como cualquier otra Madre, María presenció la sepultura de su divino Hijo. En el sepulcro quedaba lo más sagrado, el cuerpo amado de su Hijo. Me parece que una advocación mariana retrata muy bien la actitud de la Virgen en ese momento: Nuestra Señora de la Amargura y de la Esperanza, que hace realidad en su vida las palabras del salmista: Aunque ande por valle tenebroso, ningún mal temeré, pues tú estás conmigo (Salmo 23:4). María da ejemplo de entereza al permanecer de pie ante la cruz y ahora de esperanza al dejar el cuerpo sin vida del Hijo. Esto le causaría un profundo dolor por todo lo que significa la pérdida del Hijo, que no es cualquier hijo, pero tiene confianza en la resurrección. Es la luz después del túnel que los cristianos vivimos. La esperanza es una virtud cardinal y me parece que debe ser guía para nuestros problemas y dificultades en la vida.

Sin quejas en los labios y sin llanto en los ojos
María en el sepulcro coloca los despojos
de aquél que su hijo era y era su Soberano.
¡Su dolor no podría pintarlo labio humano!
La losa que al amado separa de sus brazos
es la séptima espada que su alma hace pedazos [...]

Vicenta Castro Cambón (1882-1928)

Los poetas con profunda piedad se han inspirado en los dolores de María y describen con viva plasticidad estos desgarradores momentos. Del poema "La vuelta del Calvario" selecciono sólo dos estrofas en las cuales vemos a la Virgen desandando el trayecto de la calle de la Amargura o el camino de la cruz:

Por los caminos de la Amargura
-piedras de sangre, polvo de llanto,-
por el sendero de los dolores
largos, muy largos...,
sin un gemido, sin un sollozo,
vuelve la Madre desde el Calvario.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
La Madre avanza por el camino,
-piedras de sangre, polvo de llanto,-
y temblorosa baja el sendero
por Jesucristo santificado...
Y entre las huellas busca la huella
de aquellos pasos
que abrieron surcos de luz divina
mientras el Mártir, agonizando,
se desplomaba bajo el madero
y con la angustia del fin cercano.

Marcos Rafael Blanco Belmonte (1871-1936)

En estos siete momentos que recuerda la piedad popular se infligieron profundos dolores en el amoroso corazón de la Virgen Santísima. San Alfonso lo advierte: "San Bernardo comenta que María no fue martirizada por clavos ni por látigos o lanzas, pero sí lo fue por medio de los sufrimientos tan atroces que tuvo que padecer al ver morir a su amadísimo Hijo. Y que si su corazón no fue atravesado por ninguna lanza, en cambio su alma sí padeció un sufrimiento tal que muy bien era capaz de proporcionar la muerte".

La veneración a los Siete Dolores de la Virgen ya era objeto de devoción privada en el siglo XI. Tres siglos más tarde se escribe la maravillosa secuencia Stabat Mater, atribuida al fraile franciscano, poeta y místico, Jacopone de Todi (1230-1306), la cual recoge poéticamente los sufrimientos de María al pie de la cruz. La orden de los Servitas, o Siervos de María, tuvo mucho que ver con la propagación de esta piadosa advocación, pues con gran solemnidad celebraba los Dolores de la Virgen. Estos frailes, desde su fundación, tuvieron particular devoción por los sufrimientos de María y en el año 1668 se les autorizó para que celebraran esta fiesta el tercer domingo de septiembre. El papa Pío VII la extendió a la Iglesia universal el año 1814 en acción de gracias a la Virgen, a quien se había encomendado, para conmemorar su liberación de la cautividad napoleónica. En el año 1912, el papa san Pío X fijó la fiesta el 15 de septiembre.

El Viernes de la Semana de Pasión -en la antigua liturgia, antes de la reforma del Vaticano II, la semana antes de la Semana Santa- también se conocía como Viernes de Dolores y en él se recordaban los sufrimientos de la Virgen. Ese día se permitía celebrar esta festividad en las Iglesias donde se realizaban cultos especiales en honor a la Virgen de los Dolores. Con la reforma litúrgica del Vaticano II que eliminó las festividades dobles, se suprimió la del Viernes de Dolores y se dejó la del 15 de septiembre.

La liturgia de ambas celebraciones nos muestran a María al pie de la cruz como corredentora del género humano soportando los sufrimientos que le causaba la pasión y muerte de su Hijo. San Alfonso explica la razón de esto: "Dice san Bernardo que así como un hombre y una mujer, Adán y Eva, cooperaron a nuestra ruina, así fue conveniente que otro hombre y otra mujer, Jesús y María, cooperaran a nuestra salvación. No hay duda -dice el santo- que para redimirnos, sólo Jesucristo fue suficientísimo, pero le pareció bien que alguien del otro sexo cooperara con Él directamente en esa obra de redención. Por eso san Alberto llama a María cooperadora de la redención. Y san Anselmo dice: Dios creó al mundo de la nada, pero para salvar al género humano quiso necesitar de la cooperación de María." El Viernes Santo, después de la procesión del Santo Entierro, en nuestros pueblos suele dedicarse a recordar la soledad de María. Se tiene el Sermón de la Soledad y la procesión con la Dolorosa. De esta forma, con gran devoción y respeto, el pueblo cristiano recuerda y desagravia el mismo día de la muerte del Redentor los sufrimientos de la Madre, lo cual acentúa este anónimo poeta:

Al pie de la tumba fría
a consolar a María
en su triste soledad.
No aumentes con la impiedad
su infinito desconsuelo:
mira su maternal anhelo
con sentimiento profundo;
piensa que su Hijo abrió al mundo
las santas puertas del cielo.

Concluyo enfatizando una idea que la Iglesia siempre ha señalado, la cual se resume en la siguiente expresión de honda piedad mariana: A Jesús por María. La devoción a nuestra Madre es un medio que nos lleva a Jesús, no un fin en sí misma. Esto lo explica muy bien san Luis Grignon de Montfort en su libro Tratado de la verdadera devoción a la Virgen Santísima: "El fin último y principal de todas nuestras demás devociones no pueden ser otro que Jesucristo nuestro Salvador, verdadero Dios y verdadero hombre; de lo contrario estas devociones serían falsas e ilusorias." ¡Ojalá que nosotros siempre cumplamos el mandato de María: Hagan lo que Jesús les diga"(Juan 2:5).

Roberto Fernández Valledor

Cuaresma 2013


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