DOMINGO VIGÉSIMO QUINTO
DEL TIEMPO ORDINARIO DEL AÑO

LECTURAS:

PRIMERA

Sabiduría 2,17-20

"Veamos si sus palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito. Pues si el justo es hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos. Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le visitará".

SEGUNDA

Santiago 3,16-4,3

Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad. En cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial,sin hipocresía.Frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz. ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre ustedes? ¿No es de sus pasiones que luchan en los miembros de ustedes? ¿Codician ustedes y no poseen? Matan ¿Envidian y no pueden ustedes conseguir? Combaten y hacen la guerra. No tienen porque no piden. Piden y no reciben porque piden mal, con la intención de malgastarlo en sus pasiones.

EVANGELIO

Marcos 9,30-37

Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: "El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará". Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: "¿De qué discutían ustedes por el camino?" Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos. Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: "El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado".

HOMILÍA:

Si desea escuchar la Homilía en la voz de su autor, Padre Arnaldo Bazán, haga click aquí:

Ordinario 25

En el segundo capítulo del libro de la Sabiduría, del que se han tomado cuatro versículos que forman la primera lectura de hoy, se nos habla del modo de razonar de los impíos.

La palabra impío viene a significar lo contrario que pío o piadoso. El impío es aquel que no sólo niega a Dios, pues no todos los ateos se comportan de la misma forma, sino que, además, se proponen hacer daño a aquellos que obran correctamente.

Esto último casi como una venganza, porque con su comportamiento ajustado a las leyes de Dios, son como una acusación silente para todos aquellos que obran el mal.

Así reaccionan de esta manera: “Oprimamos al justo pobre, no perdonemos a la viuda, no respetemos las canas llenas de años del anciano” (2,10).

Llegando a los extremos más terribles en contra de los que luchan por cumplir los mandamientos: “Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le visitará” (2,19-20).

Esto fue, precisamente, lo que ocurrió con el Justo por excelencia, Cristo Jesús, a quien lo llenaron de ultrajes y desprecio, para al final llevarlo a la “muerte afrentosa”.

Y así como con Cristo, ha ocurrido también con sus discípulos a lo largo de los siglos. Los malvados se ensañan con crueldad en los más santos, sea acusándolos de cualquier depravación, o haciéndoles la vida lo menos grata posible.

Esto es algo con lo que un cristiano tiene que contar siempre. Nadie puede decir: “Estamos en una época o lugar donde cosas así no ocurren”.

En un momento dado todo puede cambiar, como hemos visto a lo largo de la historia. El que quiera ser cristiano no puede descartar nunca la persecución, aunque ésta, a veces, se disfrace y se presente en una forma muy velada.

Hoy en día estamos sufriendo de una degradación de los valores cristianos que es producto, precisamente, del trabajo de los impíos. No nos persiguen abiertamente, pero utilizan todos los medios a su alcance para desvirtuar la labor de los que trabajan por el reinado de Dios en el mundo.

Han logrado, en muchos casos, hacer desaparecer la religión de las escuelas, de los lugares públicos, basándose en una mal entendida separación de la Iglesia y el Estado.

Esta expresión no puede significar enfrentamiento entre la religión y el Estado, sino respeto y mutua cooperación, dejando que ninguno de los dos quiera imponerse sobre el otro.

Pero los impíos de todos los tiempos han buscado el enfrentamiento. No siempre lo han conseguido abiertamente, pero no cejan hasta conseguir al menos resquebrajar la influencia de la religión en la sociedad.

Ya son muchos los países donde la religión ha sido expulsada de las escuelas, y donde se han prohibido signos religiosos en los lugares considerados propiedad del Estado.

Y esto no sólo en los países cuyos gobiernos mantienen una ideología atea, como en China, Cuba, Vietnam, Corea del Norte y algunos más, sino también en Estados Unidos y otros países, donde la mayoría profesa sus creencias religiosas, aunque sea en una forma diferente.

Se ha dado el caso de que sólo un pequeño grupo ha abogado por relegar la religión al interior de las iglesias, pese a una mayoría que opina lo contrario, y han logrado salirse con la suya. Y después se sigue hablando de democracia, que se supone es un sistema donde las decisiones se toman de acuerdo a la opinión de la mayoría, sin menoscabar o excluir la de la minoría.

Esto trae como consecuencia el que en la sociedad se repitan injusticias que traen desasosiego y divisiones que no tendrían por qué existir. Pero cuando se pierde el respeto, y la opinión de la mayoría de los ciudadanos es ignorada, el disgusto se puede convertir en enfrentamiento, y se entabla como una guerra soterrada que sólo puede traer males a toda la sociedad.

Jesús nos enseña en el Evangelio, y lo toca también Santiago en la segunda lectura, que sólo el amor y el servicio nos conducen a una vida en paz.

Cuando unos se creen con más derechos que los otros, y actúan siguiendo tal convencimiento, nada bueno puede esperarse de los resultados.

Las muchas dictaduras y tiranías que han existido nos enseñan que llega un momento en que los pueblos se rebelan, a veces en forma violenta, y salen a relucir los instrumentos de muerte. No se puede lograr la paz con el uso de la guerra. La una es enemiga de la otra.

Cuando reconocemos en todo ser humano el mismo derecho que tenemos, y estamos dispuestos a respetarnos los unos a los otros, es que verdaderamente logramos la paz, que es la base del desarrollo de las naciones. Con la violencia sólo podemos cosechar destrucción y muerte.

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