REFLEXIONES SOBRE
LAS LETANÍAS LAURETANAS

-I- COMENTARIOS A LAS LETANÍAS LAURETANAS

Primera parte

Al final de las cinco decenas del Rosario, se rezan tres avemarías que resaltan muy bien la relación de la Virgen María con la Santísima Trinidad: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa del Espíritu Santo. A continuación, se resume dicha relación con el Gloria al Padre que inicia: "Dios te salve, María, Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad." Las letanías comienzan con nueve invocaciones a la Santísima Trinidad, invocación que ya se había realizado al inicio del Rosario al hacer la señal de la cruz.

I.- Invocar al Kyrios es una aclamación de alabanza muy antigua. En el Antiguo Testamento, el pueblo imploraba el auxilio de Yahvéh en sus múltiples necesidades. Véase como ejemplos los Salmos 6:3 y 40:5,11 o Isaías 33:2. Tengamos en cuenta que María es el camino o la vía hacia Cristo, Dios y hombre verdadero, que es el fin, pero Madre e Hijo están estrechamente unidos, por eso la aclamamos.

El iniciar las letanías invocando a la Santísima Trinidad demuestra que las mismas constituyen una oración trinitaria y cristológica, lo cual, tanto litúrgica como teológicamente, es lo correcto. Se invoca nueve veces al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y se concluye proclamando la unidad de las Personas Divinas.

Señor, ten piedad

Se implora al Padre. El Catecismo de la Iglesia Católica (Núm. 238) explica: "La invocación de Dios como "Padre" es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como "padre de los dioses y de los hombres".

En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (Deuteronomio 32:6; Mateo 2:10). Pues aún más, es padre en razón de la alianza y el don de la Ley a Israel, su "primogénit" (Éxodo 4:22). Es llamado también Padre del rey de Israel (2 Samuel 7:14). Es muy especialmente "el padre de los pobres, del húerfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (Salmo 68:6)".

Cristo, ten piedad

Se implora al Cristo Redentor. El autor del Discurso a Diogneto, en sus palabras: "discípulo que he sido de los Apóstoles", escribe en el año 80: "Por eso justamente Dios envió al Verbo, para que se manifestara al mundo; Verbo que, despreciado por el pueblo, predicado por los Apóstoles, fue creído por los gentiles. Él, que es desde el principio, que apareció nuevo y fue hallado viejo y que nace siempre nuevo en los corazones de los santos".

Señor, ten piedad

Se implora al Espíritu Santo. El Catecismo (Núm. 258) expone que: "Toda la economía divina es la obra común de las tres personas divinas." Sin embargo, hay ciertas "obras apropiadas" que se atribuyen a cada una de las Personas.

El padre J. Rafael Faría en su Curso superior de religión explica que se refiere: "Al Espíritu Santo el amor y las obras de amor como la santificación de las almas." Además, indica que: "Al Espíritu Santo se atribuye especialmente el amor, porque [Él] procede por vía de voluntad y de amor [del Padre y del Hijo]".

El Espíritu Santo desarrolla una importante tarea en la santificación de las almas, de una manera muy especial en la vivencia de la liturgia eucarística y sacramental, según explica el Catecismo (Núm. 1108): "La finalidad de la Misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los sarmientos (cf Jn 15, 1-17; Ga 5, 22)".

Comúnmente los fieles no suelen darle mucha importancia a la Liturgia y la consideran sin mucha trascendencia, ya que asisten a ella rutinariamente. El propio Catecismo (Núm. 1091) nos advierte sobre su importancia al describir la función del Espíritu Santo en la misma: "En la Liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las 'obras maestras de Dios' que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la Liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia".

A continuación se hacen dos invocaciones al Cristo, pidiéndole que atienda nuestras plegarias: "Cristo, óyenos; Cristo, escúchanos". Jesús es el Verbo humanado, verdadero Dios y verdadero hombre, tal como lo proclamó el Concilio de Calcedonia el año 451 ante las herejías cristológicas de entonces: "Uno y el mismo Hijo Nuestro Señor Jesucristo es perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre con alma racional y cuerpo, consubstancial al Padre, según la divinidad, y consubstancial a nosotros, según la humanidad, siendo en todo igual a nosotros, excepto en el pecado (Hebreos 4,15)">

Los Padres de la Iglesia creían firmemente que Jesús, para poder representar a Dios ante los hombres y a los hombres ante Dios, debía ser totalmente Dios y plenamente hombre. De lo contrario no hubiese podido habernos redimido. De aquí el axioma de san Ireneo de Lyon (130-202) en Adversus Haereses: "Lo que no es asumido no es redimido".

Se fundamentaban para esto en las Sagradas Escrituras: Desde toda la eternidad el Verbo existe (Juan 1:1-3) y se hizo carne (Juan 1:14; Mateo 1:18-25; Lucas 1: 26-38; 2:1-20). Por eso san Pablo afirma: "Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Gálatas 4:4-5).

Por eso el Catecismo (Núm. 461) expone: "Volviendo a tomar la frase de san Juan ("El Verbo se encarnó" Jn 1, 14) la Iglesia llama 'Encarnación' al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación".

Jesús es nuestro hermano, por eso acudimos a él con más confianza, tal como se acude a un familiar cercano, porque es uno como nosotros. Le imploramos, pues, con una doble petición: que nos oiga y nos escuche. Me parece que la curación de los dos ciegos de Jericó que narra san Mateo (29: 29-34) ilustra muy bien esto.

Una gran muchedumbre seguía a Jesús y para que los oyeran empezaron a gritar: "Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David". La gente les increpara para que se callen, pero los ciegos seguían gritando aún más. Jesús los oye y pide que se acerquen. Ahora el Señor los escucha y los cura. Muchas veces creemos que el Señor no nos oye y menos que nos escucha. Hay que tener la fe que tenían estos ciegos. Ellos creían que Jesús los podía curar. Nosotros debemos tener fe y perseverancia, pues a fin de cuentas el Señor sabe nuestras necesidades, pero quiere que se las digamos, porque siempre nos oye y nos escucha.

Dios Padre celestial

Se vuelve a invocar al Padre, ahora con la súplica "ten piedad de nosotros". Es muy importante notar que la misma se hace en plural, no de forma personal. De esta forma se ora comunitariamente, no individual.

El Catecismo (Núm. 240) señala: "Jesús ha revelado que Dios es 'Padre' en un sentido nuevo: no sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mateo 11:27). Y precisamente Jesús nos enseña que Dios es nuestro Padre (Mateo 6:9; 23:9; Marcos 14:36; Romanos 8:15; Gálatas 4:6).

Dios Hijo Redentor del mundo

De nuevo se invoca al Hijo, clamando piedad. La Encarnación y la Redención constituyen el gran signo de amor de Dios al ser humano, más aún que la propia creación. El Evangelio deja saber esto muy claro: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16).

La Iglesia reconoce esta verdad cuando la proclama el Sábado Santo en el canto del Pregón Pascual: "¡Oh, feliz culpa, que mereció tan gran Redentor!" Asimismo, se insiste en ello en el antiquísimo himno del siglo IV, Te Deum laudamus, el himno de acción de gracias por excelencia, cuando canta: "Tú, para liberar al hombre, no desdeñaste el humanarte en el seno de una Virgen".

Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza (Génesis 1:26), ahora en la Encarnación del Verbo nos diviniza, nos hace "partícipes de su naturaleza divina" (2Pedro 1:4). Dios se ha hecho hombre para que el hombre se hiciera Dios por Jesucristo. El Todopoderoso se rebajó a la criatura como lo indica san Pablo:

El cual [Cristo], siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente
ser igual a Dios.
Sino que se despojó de sí mismo
tomando condición de siervo,
haciéndose semejante a los hombres
y apareciendo en su porte como hombre;
y se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.
Por lo cual Dios le exaltó
y le otorgó el nombre,
que está sobre todo nombre.
Para que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en los cielos, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua confiese
que Cristo Jesús es Señor
para gloria de Dios Padre

(Filipenses 2:6-11).

En este himno kenótico o de abajamiento, el Apóstol reconoce la entrega total de Jesús para la salvación del género humano. Eso es lo que nos recuerda esta invocación litánica que el Verbo se encarnó por amor y por amor nos redimió. San Bernardo (1090-1153) en el Sermón 9 sobre el Cantar de los Cantares resalta esta idea: "Es obvio como la luz del día cuánto le costó, hombre, tu salvación: no desdeñó pasar de Señor a siervo, de rico a pobre, de Verbo a hombre, de Hijo de Dios a hijo del hombre. No olvides nunca que te creó de la nada, pero no te redimió de la nada. En seis días lo creó todo y a ti entre todo lo creado. Mas tu salvación la consumió a lo largo de treinta años en este mundo." Por eso insiste: "Que al menos los redimidos nunca olvidemos su obra primordial y más sublime, la de nuestra salvación".

Dios Espíritu Santo

De nuevo invocamos al Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, empleando la misma súplica. En el siglo IV, los macedonianos o seguidores de Macedonio (? 364), antiguo obispo de Constantinopla, propugnaban una herejía que negaba la divinidad del Espíritu Santo. Según los seguidores de la misma, el Espíritu Santo era una criatura del Verbo, superior a los ángeles, pero inferior a Dios, no era consustancial con Él.

En el año 381 se convocó el Concilio I de Constantinopla que condenó esta herejía. Los Padres Conciliares consideraron oportuno fijar la fe que la Iglesia profesaba mediante un símbolo, en esencia igual al de Nicea, con el cual se clarificara la divinidad del Espíritu Santo: "Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas".

A dicho símbolo se le conoce como el Niceno-constantinopolitano, que es el Credo que rezamos cada domingo en la Eucaristía. San Bernardo en el Sermón 6 sobre el Cantar de los Cantares afirma: "El Espíritu Santo es el amor y la benignidad del Padre y del Hijo".

Trinidad Santa, un solo Dios

Esta última invocación confiesa la unidad de Dios en tres personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En el siglo IV, san Atanasio de Alejandría (295-373), uno de los Padres Orientales y Doctor de la Iglesia, en su Primera Carta a Serapión explica:

Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los Santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquél que se aparte de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza, y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera, queda a salvo la unidad de la Santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

Y San Bernardo en el Sermón 30 sobre el Cantar de los Cantares enseña sobre este sublime misterio: "Únicamente la naturaleza suma e increada que es Dios Trinidad, se apropia la simplicidad pura y singular de su esencia sin la menor diversidad de ser, de lugar y de esencia; es decir, permanece en sí misma lo que es y lo que tiene, siempre y de la misma manera. En ella todo lo múltiple es unidad, todo lo distinto es identidad, el número nunca suma pluralidad, ni la alteración sufre variedad alguna. Encierra dentro de sí todo lugar, pone cada cosa en su lugar y no la abarca lugar alguno. Todos los tiempos pasan por debajo de ella, no por ella. No mira al futuro, no repiensa el pasado, no sufre por el presente [.]"

Dr.Roberto Fernández Valledor

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