REFLEXIONES SOBRE
LAS LETANÍAS LAURETANAS

6.- COMENTARIOS A LAS LETANÍAS (Tercera Parte)

III.- A continuación, trece invocaciones proclamando la maternidad divinidad de María. San Alfonso María de Ligorio (1696-1787) escribe en su famoso libro Las glorias de María: "Los santos dicen que en dos ocasiones llegó a ser María nuestra Madre Espiritual. La primera cuando concibió en su vientre a nuestro Salvador el día del Anuncio del Ángel, y la segunda cuando en el Calvario ofreció al Eterno Padre a nuestro Redentor, por nuestra salvación." Y añade que san Agustín expresa sobre María "[.] habiendo cooperado con su amor a que los fieles naciéramos a la gracia, llegó así a ser Madre Espiritual de todos nosotros, que somos hermanos de su Hijo Jesucristo".

Madre de Cristo.

San Mateo inicia su evangelio con la genealogía de Jesucristo: "[.] hijo de David, hijo de Abraham" (1:1). La finalidad de esta genealogía reclama para Jesús la condición requerida de que él era de la estirpe israelita, la cual ascendía hasta el patriarca de todas las razas, Abraham, y, de manera especial, hasta los reales descendientes de David. De manera particular se desprende que la Redención sólo se debe a la benevolencia divina y no a méritos humanos. El Evangelio, pues, lo destaca como el Cristo, el Mesías, y que María era su madre (Mateo 1:18). Esto tiene la importancia de que el Salvador del mundo está enraizado en la historia.

Desde los orígenes de la Iglesia se suscitaron múltiples herejías cristológicas que planteaban desde que el cuerpo de Jesús era aparente hasta los que afirmaban que no tenía alma. Los Padres de la Iglesia constantemente defendieron tanto la humanidad como la divinidad de Jesús. Esta visión teológica respondía a la idea de que sin la naturaleza humana Cristo no habría podido realizar la redención del ser humano. De aquí el axioma: "Lo que no es asumido no es redimido". San Atanasio, en el Segundo Discurso contra los Arrianos expone: "Así como no nos hubiésemos liberado del pecado y de la maldición si la carne con que se revistió el Verbo no fuera humana por naturaleza, puesto que nada común tenemos con lo que nos es extraño, del mismo modo no sería posible la divinización del hombre si el que se hizo carne no fuera por naturaleza el propio Verbo de Dios".

Y el papa san Dámaso (366-384) precisa: "Algunos se atreven a afirmar que nuestro Señor y Salvador asumió un hombre imperfecto, esto es sin inteligencia. ¡Ay, cuánto se acerca esta sentencia a la de los arrianos! [.] Nosotros que sabemos hemos sido salvados íntegra y perfectamente, confesamos, según la profesión de la fe católica, que el Dios perfecto asumió a un hombre perfecto".

El Concilio Ecuménico IV de Letrán, en el año 1215, declaró no sólo la virginidad de María, sino la naturaleza divina y humana de Jesús, con lo cual se reafirma el título de Madre de Dios: "Y, finalmente, Jesucristo, unigénito Hijo de Dios, encarnado por obra común de toda la Trinidad, concebido de María siempre Virgen por cooperación del Espíritu Santo, hecho verdadero hombre, compuesto de alma racional y carne humana, una sola persona en dos naturalezas, mostró más claramente el camino de la vida. Él, que según la divinidad, es inmortal e impasible. Él mismo se hizo, según la Humanidad, pasible y mortal. Él también sufrió y murió en el madero de la Cruz por la salud del género humano".

Esto lo resume muy bien monseñor Fulton J Sheen en El primer amor del mundo: "Se hallará que sedicentes cristianos que piensan que creen en la Divinidad de Cristo, pero no creen en María como Madre de Dios, caen por norma general en cuatro antiguas herejías. Son Adopcionistas, o sea: creen que Cristo fue solamente un hombre, pero después de nacer fue adoptado por Dios como su Hijo; o son Nestorianos, quienes sostienen que María dio a luz a un hombre que tan solo tenía una estrecha unión con la Divinidad; o son Eutiquianos, de los que niegan la naturaleza humana de Cristo y de ahí hacen que María sea simplemente un instrumento en la teofanía; o son Docetista, o sea: sostenedores de que la naturaleza de Cristo fue solamente una apariencia o fantasma. Los que se ofenden ante la reverencia tributada a María, si analizan sus pensamientos descubrirán que están sosteniendo un error docetista o similar, de los antiguos [.] Así como algunos no consideran a Cristo como Dios, así otros no consideran a Cristo como Hombre Glorificado">

Madre de la divina gracia.

María es la Madre de Cristo, la Gracia Suprema, y ella es la Medianera de todas las gracias, ya que el arcángel Gabriel la llama "llena de gracia" (Lucas 1: 26-38). Cristo es el manantial de las gracias divinas y María, que es su madre, es la Madre de la Divina Gracia, porque ella se halló y se halla más cerca de la fuente de la gracia, que es su hijo, Cristo, el Señor, que cualquier otra criatura del mundo. San Bernardo, en uno de sus sermones sobre la Bienaventurada Virgen María, se imagina al mundo atento a María para ver qué le contesta al ángel cuando le propone ser la Madre del Salvador. Si ella hubiera rechazado, ¿qué habría sido de la humanidad? Dice este destacado teólogo y santo: "Señora, también nosotros esperamos esa palabra tuya de conmiseración, oprimidos miserablemente por la sentencia de nuestra condena. Mira que te ofrecen nada menos que el precio de nuestra salvación; si tú lo aceptas, seremos liberados inmediatamente." Y concluye: "Todo el mundo te espera expectante y postrado a tus pies. Y no sin razón; ya que de tu boca cuelga el consuelo de los afligidos, la liberación de los cautivos, la redención de los condenados y la salvación, en fin, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje".

Como Madre de Cristo, estuvo unida a él desde su nacimiento (Lucas 2:7) hasta su muerte en la cruz (Juan 19:25). San Alfonso María de Ligorio (1696-1787) utiliza un signo astral que nos ilustra sobre esta aclamación mariana: "Los santos llaman Luna a la Santísima Virgen María porque Ella nos transmite las luces que recibe del Sol, que es Jesucristo." En síntesis, María es Madre de la Divina Gracia porque halló gracia ante Dios y está llena de gracia. San Alberto Magno (1193-1206), el eminente teólogo alemán, con una metáfora sobre el mar y María explica esta invocación litánica: "Así como en el mar se unen todas las aguas, así se unen en ella [María] todas las gracias".

Se reitera en las cuatro invocaciones siguientes la virginidad y la maternidad de María. Me parece que la homilía que pronunció san Cirilo de Alejandría en el Concilio de Éfeso las resume muy bien: "Dios te salve, María, Madre de Dios, tesoro veneradísimo de todo el orbe, antorcha inextinguible, corona de virginidad, cetro de recta doctrina, templo indestructible, habitación de Aquél que es inabarcable, Virgen y Madre, por quien nos ha sido dado Aquél que es llamado por excelencia y que ha venido en nombre del Padre".

"Salve a ti, que en tu santo y virginal seno has encerrado al Inmenso e Incomprehensible. Por quien la Santísima Trinidad es adorada y glorificada, y la preciosa Cruz se venera y festeja en toda la tierra [.] Así, pues, todo el mundo se alegra [.] también nosotros hemos de adorar y respetar la unión del Verbo con la carne, temer y dar culto a la Santa Trinidad, celebrar con nuestros himnos a María, siempre Virgen, templo Santo de Dios, y a su Hijo, el esposo de la Iglesia, Jesucristo Nuestro Señor. A Él se da gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Madre purísima.

Por un privilegio divino, María fue preservada de todo pecado. Y como lo indica el papa Pío IX en su encíclica Ineffabiliis Deus del 8 de diciembre de 1854, esto se debe en atención a su hijo, Jesús: "[.] por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano [.]" Además de los testimonios de los Padres de la Iglesia, este dogma se fundamenta en dos pasajes bíblicos: Génesis 3:15 y Lucas 1:28. El papa Pío XII en la encíclica Fulgens corona del 8 de septiembre de 1953, para conmemorar los cien años de la proclamación del dogma de la Inmaculada, explica muy bien este primer pasaje bíblico: "Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese período de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre">

El papa Benedicto XVI (2005-2013) en la festividad de la Inmaculada del año 2006 explica con acierto el segundo texto bíblico: "El fundamento bíblico de este dogma [la Inmaculada Concepción] se encuentra en las palabras que el Ángel dirigió a la muchacha de Nazareth: 'Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo' (Lucas 1:28). 'Llena de gracia', en el original griego kecharitoméne, es el nombre más bello de María, nombre que le dio el mismo Dios para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, 'el amor encarnado de Dios' (encíclica Deus caritas est, 12)".

Por eso santo Tomás de Villanueva, OSA, (1486-1555) en el primero de sus cuatro sermones sobre la Concepción de la Bienaventurada Virgen María expone: "Era necesario que la Madre de Dios fuese también purísima, sin mancha, sin pecado. Y así, no sólo de doncella, sino también de niña fue santísima, y santísima en el seno de su madre, y santísima en su concepción; pues no convenía que el santuario de Dios, la mansión de la Sabiduría, el relicario del Espíritu Santo, la urna del maná celestial, tuviera en sí la más mínima tacha. Por aquella alma santísima, fue completamente purificada la carne hasta el residuo de toda mancha, y así, al ser infundida el alma, ni heredó ni contrajo por la carne mancha alguna de pecado, como está escrito: 'Fijó su habitación en la paz' (Salmo 75:3), es decir, la mansión de la divina sabiduría fue construida en el fomes del pecado." Madre castísima. San Pablo nos presenta la encarnación del Verbo (Romanos 1:1-3) y lo vincula a la historia de la humanidad (2Timoteo 2:8). Según el Apóstol, desde toda la eternidad Jesús es el Hijo de Dios (Romanos 8:3; Filipenses 2:6). Esto aparece más claramente en los relatos de san Mateo (1:18-25) y san Lucas (1:26-38; 2:1-7). El teólogo Michael Schmaus (1897-1993) explica que todos estos textos: "Nos informan tanto sobre la concepción y el nacimiento del Hijo eterno de Dios como sobre el carácter virginal de estos hechos. Concepción y virginidad se relacionan íntimamente. No se explica satisfactoriamente la una sin la otra".

San Jerónimo (347-420) en su folleto De Perpetua Virginitate B. Mariae; adversus Helvidio expone: "Creemos que Dios nació de una Virgen, porque así lo hemos leído. No creemos que María se casó después del parto porque no lo hemos leído. Y no decimos esto para condenar el matrimonio, pues la misma virginidad es fruto del matrimonio." En la teofanía de la zarza ardiendo y que no se consumía (Éxodo 3:2) muchos Padres de la Iglesia han visto un símbolo del nacimiento virginal de Jesús. San Gregorio de Nisa (335-394), en su Vida de Moisés, así lo interpreta: "Este pasaje nos revela también el misterio de la Virgen: luz de Dios por el cual él ha iluminado a todo el mundo. Como la zarza no se consumía, así la Virgen quedó intacta en su alumbramiento; no se marchitó la flor de su virginidad".

Una antiquísima antífona que se reza en las vísperas de Santa María, Madre de Dios, recoge esta idea: "En la zarza que Moisés vio arder sin consumirse, reconocemos tu virginidad admirablemente conservada, Madre de Dios, intercede por nosotros." Y el Catecismo (Núm. 724) explica: "En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf Lc 2, 15-19) y a las primicias de las naciones (cf Mt 2, 11)">

Madre sin mancha.

Eva dijo sí a la infidelidad cuando accedió a la tentación del demonio que trajo la desolación al mundo. María dijo sí a la fidelidad a Dios que trajo la salvación a la humanidad. Existe, pues, una gran contraste entre la credulidad de Eva y la fe de la Virgen. Dios la escogió desde el principio para Madre de su Hijo, forzoso era, entonces, que esa morada, ese tabernáculo, fuera completamente puro y completamente limpio desde el principio, porque sólo debía morar en él el amor, ya que el pecado es la separación de Dios y la alienación del amor.

Esta pureza de María exalta, a su vez, a Cristo, ya que muestra la fuerza maravillosa de su obra redentora. María fue la primera redimida como lo declara el beato Pío IX el 8 de diciembre de 1854: "[.] por singular gracia y privilegio del Dios omnipotente, y en atención a los méritos del redentor del género humano, Jesucristo, fue preservada inmune de toda mancha del pecado original." Por eso a María se le ha comparado, entre otras alusiones, con un sol sin manchas, un día sin crepúsculo ni noche, una fortaleza que nunca ha sido violada por enemigo alguno y un tabernáculo de oro puro destinado al Santísimo Sacramento.

Martín Lutero también confesaba la concepción virginal de María. En un sermón "Sobre el día de la concepción de la madre de Dios" del año 1527 indica: "Es dulce y piadoso creer que la infusión del alma de María se efectuó sin pecado original, de modo que en la mismísima infusión de su alma ella fue también purificada del pecado original y adornada con los dones de Dios, recibiendo un alma pura infundida por Dios; de modo que, desde el primer momento que ella comenzó a vivir, fue libre de todo pecado".

Madre siempre virgen.

En la genealogía del Cristo que presenta el evangelista san Mateo, elude intencionalmente la frase "José engendró a Jesús" y escribe: "y Jacob engendró a José, esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo" (1:16). La Biblia de Jerusalén en una nota sobre este versículo señala que la versión siriaca de este pasaje dice: "José, con quien se desposó la Virgen María que engendró a Jesús". Los versículos 18 al 25 explican mejor lo antes señalado. José aparece asumiendo la paternidad legal de Jesús y atestigua sus relaciones virginales con María y su convicción de la concepción virginal.

San Ignacio de Antioquía (30-107), uno de los Padres Apostólicos y discípulo de san Juan Evangelista, en su Carta a los Efesios (XIX, 1) ya nos habla sobre la virginidad de María: "Y quedó oculta al príncipe de este mundo la virginidad de María y el parto de ella, del mismo modo que la muerte del Señor: tres misterios que se cumplieron en el silencio de Dios." San León Magno en su Tomo a Flaviano afirma que María fue virgen en el parto y después del parto: "[El Hijo de Dios] fue concebido del Espíritu Santo en el seno de la virgen María, que lo da a luz, quedando a salvo cuando lo concibió">

El Concilio II de Constantinopla en el año 553 afirma que María fue virgen en el momento del nacimiento de Jesús y que permaneció virgen toda su vida: "Si alguno no confiesa que hay dos nacimientos de Dios Verbo, uno del Padre, antes de los siglos, sin tiempo e incorporalmente; otro en los últimos días, cuando él mismo bajó de los cielos y se encarnó de la santa y gloriosa madre de Dios y siempre virgen María, y nació de ella, ese tal sea anatema">

El año 380, en Roma, un tal Helvidio escribió un opúsculo para probar que María había tenido varios hijos y la alaba como una admirable madre de familia, son lo cual sostenía que la virginidad no era superior al matrimonio. San Jerónimo, gran conocedor de las lenguas bíblicas, por mandato del papa san Dámaso tuvo a su cargo traducir el texto sagrado al latín. Nadie, pues, mejor que él para interpretar cualquier pasaje de las Escrituras. En su folleto De Perpetua Virginitate B. Mariae; adversus Helvidio, que escribió alrededor del año 383 contra Elvidio, refuta las mismas afirmaciones que actualmente sostienen algunos para no aceptar la virginidad de nuestra Madre. Analiza distintos textos bíblicos sobre los "hermanos de Jesús" teniendo en cuenta la lengua y la cultura semitas para desentrañar el significado propio de los mismos.

Madre inmaculada.

Desde el principio de la creación, Dios vaticinó que María nunca iba a estar sometida a Satanás: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu prole y su prole" (Génesis 3:15). Ella, la Madre de Dios hecho hombre, aplastó la cabeza de la serpiente. Desde los orígenes de la Iglesia, los Santos Padres hablaron de la concepción inmaculada de María. El obispo de Lyon, san Ireneo (130-202), en uno de sus escritos Contra los herejes escribe: "[.] y por eso puso Dios enemistad entre la serpiente y la Mujer [.] hasta que vino la descendencia prometida, destinada a aplastarle la cabeza, el vástago de María [.] Porque una Virgen tenía que nacer el que acecharía a la cabeza de la serpiente">

El 14 de marzo de 1768, a petición del rey Carlos II de España (1661-1700), el papa Clemente XIII (1758-1769), en su carta Eximia pietas concedió a la Corona española y a sus territorios insertar esta invocación en las letanías. Tras la promulgación de la definición dogmática del 8 de diciembre de 1854, Pío IX la hizo extensiva a toda la Iglesia. En la liturgia, el 8 de diciembre se celebra con gran solemnidad la festividad de la Inmaculada Concepción de María.

Madre amable.

La persona amable es digna de ser amada, según el diccionario, porque es afable, complaciente, afectuosa. ¿Quién más amable, entonces, que María? Esta virtud se aprecia en la visita a su prima santa Isabel (Lucas 1:36-39, 56) y en las bodas de Caná (Juan 2:3). En el himno Ave Maris Stella se canta: "¡Oh, virgen incomparable! ¡Amable como ninguna!" María es madre y como le rezamos en la salve, es Madre de Misericordia. Por eso acudimos a ella en nuestras necesidades y angustias. San Alberto Magno explica que: "El nombre que con más propiedad se puede aplicar a la Virgen beatísima, conforme a su dignidad, es la de Reina de Misericordia">

Ya lo advertía san Bernardo en la bella oración que le compuso: "Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir de ninguno que habiendo acudido a vuestra protección y reclamado vuestro auxilio, haya sido desamparado de vos." Y en uno de sus sermones sobre la Asunción de María, insiste en la confianza que debemos tenerle como madre nuestra: "¿Cómo va a temblar nuestra debilidad al acercarse a María? En ella no hay nada severo, nada amenazador. Es todo suavidad, ofrece a todos leche y lana. Repasa atentamente todo el Evangelio, y si hallas en María una palabra de reproche, una palabra dura, o el menor gesto de indignación, en ese caso desconfía de ella y teme acercarte a ella. Pero si, como te va a ocurrir, compruebas que todas sus actitudes rebosan bondad y gracia, mansedumbre y misericordia, da gracias a la Providencia por habernos proporcionado en su infinita bondad una mediadora en la que no hay nada que provoque temor">

Madre admirable.

Al María darle el "sí" al ángel (Lucas 1:38), se realiza el milagro de la Encarnación del Verbo en sus purísimas entrañas. Esto la consagra como Madre Admirable que será bendita entre todas las mujeres por el fruto de su vientre que es Jesús, el Salvador (Lucas 1:42). Asimismo, de una manera admirable ella dará a luz a su Hijo para la salvación del mundo. Será madre y, a la vez, permanecerá virgen. También es admirable por su nacimiento sin el pecado original.

Madre del Buen Consejo.

Ella ha nos dado el mejor consejo: "Hagan todo lo que Jesús les diga" (Juan 2:5). San Bernardo, en uno de sus sermones sobre la Natividad de la Virgen María, nos anima a que acudamos a ella y le presentemos nuestras cuitas porque ha sido voluntad del Señor que ella esté a favor nuestro, ya que: "El Hijo atenderá a la Madre, y el Padre al Hijo. Hijos míos, ella es la escala de los pecadores, ella el gran motivo de mi confianza, ella el fundamento inconmovible de mi esperanza. ¿Puede acaso el Hijo rechazar o ser rechazado? ¿Será capaz de no atender ni ser atendido? En absoluto. Has hallado gracia ante Dios, dice el ángel. Felizmente. Ella siempre hallará gracia; y lo único que nosotros necesitamos es gracia. Esta Virgen prudente no busca sabiduría como Salomón, ni riquezas, ni honor, ni grandezas, sino gracia. Y nuestra salvación depende exclusivamente de la gracia">

En el pontificado del papa san Marcos que sólo duró nueve meses, (año 336), éste mandó a construir una iglesia sobre una de las colinas del pueblo Genazzno, Italia, dedicada a Nuestra Señora del Buen Consejo, cuya fiesta se celebra el 25 de abril. Precisamente, el 22 de abril de 1903, el papa León XIII añadió este título a las letanías, el cual es la advocación de este célebre y milenario santuario mariano.

Las dos invocaciones, que a continuación siguen, confiesan la eternidad del Verbo, y por consiguiente su divinidad, y también su humanidad. Eutiques (378-454) era un archimandrita de un gran monasterio de Constantinopla. En su afán por combatir la doctrina de Nestorio, sostenía que Cristo tenía una sola naturaleza, por eso se le llamó "monofisismo" a dicha doctrina. El papa san León, el Grande, (440-461) convocó un concilio para combatir este error cristológico. El Concilio de Calcedonia, celebrado el año 451, adoptó una profesión de fe que reconcilia la dualidad de naturalezas, la divina y la humana, en la unidad de la persona de Jesús: "[.] uno y el mismo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, es perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre con alma racional y cuerpo, consubstancial al Padre, según la divinidad, y consubstancial a nosotros, según la humanidad, siendo en todo igual a nosotros, excepto en el pecado." En otras palabras, afirma que Jesús es hombre verdadero y Dios verdadero. San Ireneo de Lyon resume lo que significó para el ser humano la encarnación del Verbo: "El Verbo de Dios se hizo hombre y el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre para que el hombre, unido íntimamente al Verbo de Dios, se hiciera hijo de Dios por adopción">

Madre del Creador.

Se reitera aquí la invocación Santa Madre de Dios. De esta forma se proclama la divinidad del Verbo que obraba ya desde la creación con el Padre y el Espíritu Santo. Esta invocación prácticamente es una profesión de fe en la Divina Trinidad y en la divinidad de Jesús. Con ella se está afirmando la eternidad del Verbo y la unidad en Dios. La Sagrada Escritura testifica la relación entre las personas divinas (Juan 10:38; 14:1-12; 1Corintios 2:11), a lo cual los teólogos llaman "circuminsesión". San Agustín en su tratado De Trinitate expresa la unidad y la diversidad de las personas divinas: "Cada uno está en cada uno de ellos y todo está en cada uno y cada uno está en todo y todo está en cada uno y uno es todo." O sea, que sin confundirse, están íntimamente unidas las Personas divinas en una misma naturaleza, de modo que donde está una Persona, está también la otra, Al invocar a María como Madre del Creador, se está afirmando que el Verbo estaba desde la eternidad con el Padre y el Espíritu Santo y al ser uno con el Padre está presente en la creación del mundo.

Madre del Salvador.

San Agustín, en su Tratado 45 sobre el Evangelio de San Juan, expone: "Nosotros creemos que nuestro Señor Jesucristo nació de la Virgen, se encarnó, padeció, resucitó y subió al cielo: todo esto lo consideramos como algo ya cumplido, como lo indican los verbos conjugados en pretérito. En idéntica comunión de fe están nuestros padres que creyeron que el Mesías había de nacer de la Virgen, tenía que padecer, resucitar y subir a los cielos." El teólogo Michael Schmaus explica sobre el particular: "María entra a formar parte de la historia de la salvación a través de Cristo. Lo que Ella es y significa queda determinado por su relación a Cristo." El nombre de Cristo, por consiguiente, fue inseparablemente unido por el mismo Dios con el nombre de María.

San Gregorio de Nisa, en la Carta 101 a Cledonio, contra las herejías cristológicas que se suscitaron entonces, confiesa la encarnación del Verbo en una naturaleza humana en las entrañas virginales de María: "Si alguno no toma a Santa María por Madre de Dios, está separando la divinidad. Si alguno afirma que Cristo pasó por la Virgen como por un canal [.] Si alguno afirma que fue formado el hombre primero y después Dios se introdujo [.] Si alguno introduce dos hijos, uno de Dios Padre, otro de la Madre, no uno mismo y único, éste se aparta de aquella filiación que fue prometida a los que creyeren fielmente. Pues son dos las naturalezas, Dios y hombre, como alma y cuerpo; pero no dos hijos ni dos dioses [.] Si alguno espera en un hombre que no tenía inteligencia, éste es necio rematado y no merece en absoluto que le venga la salvación. Porque lo que no es asumido no puede ser curado">

San Ambrosio de Milán (340-397), uno de los cuatro Padres de la Iglesia Latina, por su parte, contra los maniqueos que negaban la naturaleza humana de Cristo y los apolinaristas que negaban el alma de Cristo, insiste en que la redención total del ser humano depende de la verdadera e íntegra naturaleza humana de Cristo: "Pues no es uno del Padre, otro de la Virgen, sino el mismo es de un modo del Padre, de otro modo de la Virgen".

Madre de la Iglesia.

Entre María y la Iglesia, los Santos Padres consideraron un paralelismo teniendo en cuenta las analogías de la divina maternidad, la virginidad y la nueva Eva. María dio a luz en un parto virginal al niño Jesús, concebido en su seno por el Espíritu Santo. La Iglesia, por obra del Espíritu Santo, concibe hijos de Dios a través de las aguas del bautismo. María es virgen y la Iglesia también porque pertenece sólo a su Esposo, Cristo, a quien se entrega en la fe y guarda, con sumo cuidado y celo, el depósito de la revelación de cualquier contaminación o desviación doctrinal. María es la nueva Eva porque restituye a la humanidad con su maternidad divina lo que el ser humano perdió por la antigua Eva. La Iglesia es la nueva Eva, nacida del nuevo Adán, Cristo, de su costado en el Calvario, porque comunica las gracias sacramentales. San Ireneo explica: "El nudo que fue atado por la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; por lo tanto, se convierte Ella en la causa de nuestra salvación".

En el Sermón 195, san Agustín establece un paralelismo entre María y la Iglesia: "Este es el más hermoso de todos los hijos de los hombres, el hijo de Santa María, el Esposo de la santa Iglesia, a la que hizo semejante a su Madre. Pues la hizo madre nuestra y la guardó para sí virgen [.] La Iglesia, como María, posee perpetua virginidad e incorrupta fecundidad. Pues lo que aquélla mereció en la carne, ésta lo guardó en el espíritu fuera de que aquélla dio a luz a uno y ésta da a luz muchos que han de ser unidos por ese uno".

El 21 de noviembre de 1964, el papa Pablo VI, en su discurso final del Concilio Vaticano II, la proclamó: "María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia". En los documentos conciliares se incluyó el tratado sobre la Virgen en el documento medular de todos ellos, la Constitución dogmática sobre la Iglesia, en el capítulo VIII: "La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia", porque los Padres Conciliares consideraron que era muy importante incluirlo allí por el papel de la Virgen en la Iglesia y no en un tratado aparte como algunos pretendían. No perdamos de vista que todos los bautizados formamos la Iglesia y María, al ser la Madre de Cristo, es Madre de la Iglesia porque ésta constituye el Cuerpo Místico de Cristo.

Martín Lutero la reconoce como Madre de todos los bautizados en un sermón de la Navidad de 1529: "María es la Madre de Jesús y Madre de todos nosotros, aunque Cristo solamente fue quien reposó en su regazo [.] Si Él es nuestro, deberíamos estar en su lugar; ya que donde Él está debemos estar también nosotros y todo lo que Él tiene debe ser nuestro, y su madre es también nuestra madre".

El papa san Juan Pablo II, el 15 de marzo de 1980, mandó que se les comunicara a todos los presidentes de las conferencias episcopales del mundo insertar dicha advocación en las letanías. Esta idea era muy antigua en la Iglesia, pues desde los primeros siglos ya se planteaba. Michael Schmaus lo explica: "María es, según la doctrina de los Padres, el tipo de la Iglesia, la representante de la Iglesia instituida por Cristo. En cierto modo se la puede mirar en María como en una síntesis gráfica. Como Cristo se refleja en María, así también se refleja en ella la Iglesia." Por eso el papa León XIII en su encíclica Adiutricem populi afirma: "[.] María es la Madre de la Iglesia, su Doctora y la Reina de los Apóstoles." El Cardenal de Milán, beato Ildefonso Schuster, OSA, (1880-1954) concluye su Evangelio de María con una metáfora de gran expresividad lírica y profundidad teológica: "Al volar al cielo, se desprendió del pecho de Nuestra Señora la espada de dolor que en él llevaba clavada. Y al caer fue a hincarse en el corazón de la Iglesia. Esta es la historia de veinte siglos".

Dr.Roberto Fernández Valledor

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