REFLEXIONES SOBRE
LAS LETANÍAS LAURETANAS

-11- COMENTARIOS A LAS LETANÍAS (Octava Parte)

XI.- A continuación trece invocaciones que resaltan la realeza universal de María. La Iglesia llama "Reina" a la Virgen, porque como dice san Atanasio: "Si el Hijo es Rey, la Madre debe llamarse Reina." San Bernardo en un Sermón sobre la Asunción de la B.V María indica: "¿Y cómo no lo va a hacer? Lo puede y lo quiere. Es la Reina del cielo, es misericordiosa. Y, sobre todo, es la madre del Hijo único de Dios. Esto es lo que nos convence de que su poder y ternura son ilimitados; ¿y vamos a poner en duda el honor que el Hijo de Dios tributa a su madre? ¿No se quedaron impregnadas de amor las entrañas de María al reposar en ellas corporalmente, durante nueve meses, Dios que es el Amor?"

El papa Pío XII mediante la encíclica Ad coeli Reginam del 11 de octubre de 1954 instituye la fiesta litúrgica de la realeza de María, a celebrarse el 31 de octubre. En su mensaje radiofónico del 13 de mayo de 1946, este Siervo de Dios explica: "[.] la Iglesia saluda a María como Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes; por idéntico motivo, la aclama como Reina del cielo y de la tierra, gloriosa y dignísima Reina del universo [.]" Sin embargo, esta realeza de María no es de ostentación, según ilustra san Juan Pablo II en su catequesis del 23 de julio de 1997: "El título de Reina no sustituye, ciertamente, el de Madre: su realeza es un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue conferido para cumplir dicha misión".

Si se observa atentamente, en las primeras ocho invocaciones se hace un recorrido por la historia de la creación hasta nuestros días. Por eso se mencionan primero los ángeles y por último los santos, que también son de la actualidad. San Alfonso María de Ligorio concluye: "Ya que María fue elevada a tan excelsa dignidad de ser Madre del Rey de los reyes, muy merecidamente la Iglesia la honra con el título de Reina".

Reina de los Ángeles

Michael Schmaus indica que: "La superioridad de María sobre todos los santos se expresa con la máxima claridad en la fórmula Reina del cielo." La liturgia celebra el 2 de agosto la festividad de Nuestra Señora de los Ángeles. La conmemoración de este día se relaciona con la dedicación de una iglesia y la intervención de san Francisco de Asís (1182-1226), cuyo amor a Cristo y María da origen a dicha festividad. La familia franciscana siempre ha promovido esta advocación mariana.

No perdamos de vista que María ha estado muy vinculada a los ángeles. El arcángel san Gabriel le anuncia que Dios la escogió para madre del Redentor. Cuando da a luz, al Salvador del mundo, coros de ángeles cantan su nacimiento y anuncian esta buena nueva. Asimismo, los ángeles la llevan al cielo. Ella, pues, al ser la Madre del Verbo eterno y reina del cielo es merecedora de este título.

Reina de los Patriarcas

El origen de la palabra patriarca es "padre de linajes", por eso el Diccionario la define, entre otras acepciones: "Nombre que se le da a algunos personajes del Antiguo Testamento, por haber sido cabeza de dilatadas y numerosas familias." Se aplica por antonomasia a Abraham, Isaac y Jacob (Hechos 3:13). Véase que ellos, y también otros, aparecen en las genealogías de los evangelios de san Mateo y san Lucas; al hacerlo, se resalta que el Verbo encarnado es del linaje de David. Al poner a María como Reina de los Patriarcas, pues, se está vinculando a Jesús con los orígenes del pueblo de Israel.

Los patriarcas, comenzando por Abraham, son los herederos de la promesa del pueblo en el que nacería el Salvador, ya prometido en el Génesis (3:15). Así se lo hace saber Jesús a los judíos que no quieren reconocerlo como el Mesías, ya que precisamente él es el objeto de la promesa hecha a Abraham: "Vuestro padre Abraham se regocijó en ver mi Día; lo vio y se alegró" (Juan 8:56). María hace realidad lo que para los patriarcas era una promesa.

Reina de los Profetas

El Diccionario define al profeta: "El que por señales conjetura y predice acontecimientos futuros." Sin embargo, el Diccionario de la Biblia explica que, según la interpretación moderna del vocablo, significa: "Hablar en nombre de otro [.] El que dice lo que la divinidad le ha inspirado." Así entiende lo que es un profeta el Libro Sagrado: "Yo les suscitaré de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá lo que yo les mande [.] Pero si un profeta tiene la presunción de decir en mi nombre una palabra que yo no he mandado decir, y habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá" (Deuteronomio 18:15-20). Significa, por consiguiente, que comunica al pueblo los designios supremos. Realmente es el intérprete de la divinidad.

Los profetas de Israel jugaron un importante papel en la historia del pueblo. Ellos fueron quienes se encargaron de mantener la fe en Yahvéh y alentaron la esperanza en el Mesías prometido. Eran hombres de Dios (Mateo 5:17). San Juan Bautista se considera el último de los profetas de Israel y fue quien mostró al pueblo el Mesías anhelado (Juan 1:29-34). Los profetas anunciaban al que iba a redimir al pueblo y precisamente María es la Madre de ese profeta anunciado (Juan 6:14; 7:40). Es decir, al profeta verdadero enviado por Dios, el Salvador de la humanidad. Ella, por consiguiente, ostenta dicho título porque es la madre del Mesías que anunciaban esos hombres de Dios.

Reina de los Apóstoles

El papa León XIII en su encíclica Audiutricem populi, del 5 de septiembre de 1895, explica: "Ella [María] fue ayuda y sostén de la naciente Iglesia por la santidad de su ejemplo, por la autoridad de sus consejos, la dulzura de sus exhortaciones y la eficacia de sus plegarias fervientísimas: se mostró verdaderamente Madre de la Iglesia, y fue verdadera Reina de los Apóstoles".

La palabra mártir procede del griego ?????? que significa "testigo". El Diccionario la define: "Persona que padece muerte por amor a Jesucristo y en defensa de la religión cristiana." Uno de los tractos de las misas votivas para los mártires rezaba: "Quiso Dios tener por testigo a los hombres, a fin de que los hombres tengan también por testigo a Dios." El Señor envió a los apóstoles como testigos de su doctrina y de su resurrección (Lucas 24:48; Hechos de los Apóstoles 1:7-8). Y todos ellos fueron "testigos fieles", como llama el Apocalipsis (2:12-13) a quienes ofrendan su vida por la fe. El Señor había sido claro: "A todo el que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos; y todo el que me negare delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos" (Mateo 10:32-33).

Desde sus orígenes, el cristianismo fue perseguido, tal como lo narran los Hechos de los Apóstoles. Primero fueron las autoridades judías que, además de encarcelar a san Pedro y prohibirle hablar de Jesús, ordenaron decapitar a Santiago el Menor y se confabulan para apedrear hasta matar a san Esteban. Al extenderse el cristianismo al imperio romano, que en ese tiempo era el más grande y poderoso del mundo, también fue perseguido. Los mártires, como testigos de Cristo, sufrieron confiscación de sus bienes, el destierro, malos tratos y la muerte de múltiples maneras: crucificados, descuartizados, quemados, desgarrados por las fieras. En cifras conservadoras, se calcula que murieron decenas de miles. San Agustín en el Sermón 351 habla de "millares" y de "muchedumbre incontable". Dice que si se escribiera un martirologio completo, para cada día habría que incluir como mil mártires.

Eusebio de Cesarea (263-339), el primer historiador de la Iglesia y que presenció la persecución contra los cristianos de su tiempo, en su Historia eclesiástica (VIII), explica que no es posible imaginar el elevado número de muertos: "Yo mismo, que me hallaba presente, fui testigo de ejecuciones en masa, en las que unos eran decapitados, otros quemados, de suerte que las espadas se embotaban o hacían pedazos, y los verdugos tenían que ser relevados por la fatiga". Con estas persecuciones, que fueron diez y se extendieron desde mediados del siglo I hasta principios del siglo IV, se pretendía acabar con el cristianismo, pero como bien indicó Tertuliano en su Apologético: "La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos." Resulta muy impresionante leer las Actas de los Mártires que narran el proceso y la entereza de estos hombres, mujeres y niños que preferían morir antes que negar su fe.

Pero la persecución contra la Iglesia no cesó en el siglo IV, porque muy esporádicamente en distintas épocas y lugares de mundo se renueva el ver correr la sangre de los mártires. Y esto sucede aun en nuestros días. En un reciente informe del año 2010 de la Organización para la Seguridad y la Cooperación de Europa, organismo que lucha contra el racismo, la xenofobia y la discriminación contra los cristianos, informa que de las 100 personas que mueren al año por persecución religiosa, 75 son cristianas.

Proclamamos a María Reina de los Mártires no sólo porque es la madre del Mártir por antonomasia, Jesús, sino porque ella también es Madre de la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, que aún sufre persecución y martirio.

Reina de los Confesores

El Diccionario define el vocablo confesor: "Cristiano que profesa públicamente la fe de Jesucristo, y por ella está a punto de dar la vida. En este sentido llama la Iglesia confesores a ciertos santos." En otras palabras, son los hombres y mujeres que prefieren morir antes de negar su fe, o bien mueren por llevar o defender su fe en distintas partes del mundo.

En el lenguaje litúrgico se llama confesor a todos los santos que no fueron mártires, quienes confesaron la fe mediante el testimonio de sus vidas y a través de la palabra. Como escribió el apóstol san Juan: "Cualquiera que confesare que Jesús es el Hijo de Dios, Dios está en él y él en Dios" (1Juan 4:15). San Pablo confesaba la fe mediante la palabra: "Nosotros también creemos y por eso hablamos" (2Corintios 4:13), porque es necesario el acto externo de la fe. Cuando él va a Roma, donde estaban los poetas y oradores más insignes de entonces no se atemoriza ni se arredra el proclamar su fe entre ellos: "Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Romanos 1:16). Y les expone a los de Corinto: "Antes bien, hemos suspendido el callar por vergüenza, no procediendo con astucia, ni falseando la Palabra de Dios; al contrario, mediante la manifestación de la verdad nos recomendamos a nosotros mismos a toda conciencia humana delante de Dios" (2Corintios 4:2).

El papa san Pío X, en su Motuo proprio Fin dalla prima, del 18 de diciembre de 1903, al laicado de la Acción Católica, advierte que debemos confesar la fe con nuestras vidas, lo cual consiste en confesarla con las obras: "La característica llamativa de todos los miembros de toda obra católica debe ser necesariamente la manifestación pública de su fe por la santidad de la vida, por la integridad de las costumbres y por la escrupulosa observancia de las leyes de Dios y de la Iglesia." San Francisco de Asís les decía sus frailes: "Hay que predicar siempre y en todo momento y algunas veces con la palabra">

Si los confesores son aquellos que confesaron su fe en Jesucristo con gran fidelidad, María más que nadie proclamó su fe en su Hijo, que es fiarse de Dios. Siempre estuvo junto a él, desde Belén hasta el Calvario, mostrando su fe y su apoyo. Les dio ánimo a los desanimados y pusilánimes Apóstoles ante la muerte del Maestro. En fin, toda su vida fue una entrega total a Dios. Por eso es reina de los Confesores, porque los supera a todos en la confesión y fidelidad de la fe.

Reina de las Vírgenes

Ya se había proclamado antes "Santa Virgen de las vírgenes". Ahora, alude a las mujeres que han consagrado sus vidas al Señor. Además, se vuelve a insistir en la virginidad de María y es la décima invocación en las letanías que esto se hace. De esta forma se acentúa esta virtud en la que los Padres Apostólicos y de la Iglesia insistieron vehementemente. Orígenes (185-254), en sus Comentarios sobre San Mateo expone: "En cuanto a mí, pienso que es razonable ver en Jesús las primicias de la castidad viril en el celibato, y en María los de la castidad femenina".

Romano Guardini en La Madre del Señor explica el sentido de pureza en la Virgen: "Cuando se habla de la pureza de María involuntariamente se relaciona el concepto con la esfera de lo sexual, y se ve en ella aquella persona cuya entera fuerza de amor y vida fue hacia Dios en perfecta entrega. Esto es cierto, pero no dice bastante: quizá ni siquiera lo más peculiar. La impresión de pureza única que ella produce radica en el modo de su existencia: en que la fe se hizo, sin más, la forma de su vida personal femenina, y la realidad en que creía se convirtió en contenido de su existencia inmediata; en una unidad que era tanto gracia cuanto naturalidad, obediencia cuanto cumplimiento, realización cuanto belleza".

Reina de todos los Santos

El Señor pidió a todos los creyentes que fueran perfectos como el Padre Celestial (Mateo 5:48), lo que equivale a decir que todos debemos procurar la santidad (1Pedro 1:16), que ya en el Levítico (11:44) se le pedía a los israelitas. Por eso san Pablo en sus cartas saludaba a los fieles de las distintas comunidades llamándolos santos (Romanos 1:7; 1Corintios 1:2 y Efesios, 1:1, entre otras). El Concilio Vaticano II dejó muy claro que todos los bautizados deben esforzarse por alcanzar la santidad. En la Constitución dogmática sobre la Iglesia (11) se insiste en esta idea: "Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre." Y más adelante añade que por el bautismo somos "[.] verdaderos hijos de Dios y partícipes de su divina naturaleza, y por lo mismo, realmente santos" (40). En fin, que todos los fieles cristianos deben cultivar la vocación a la santidad, ascendiendo "a la más alta santidad" (41). Y vuelve a recalcar: "Es necesario que los seglares avancen por este camino de la santidad con espíritu decidido y alegre [.]" (Decreto sobre el Apostolado de los Seglares, 4). Al proclamar a María Reina de los Santos en las letanías, se está proponiendo como modelo de santidad para toda la Iglesia.

Reina concebida sin pecado original

El papa Gregorio XVI (1831-1846) había permitido a ciertas diócesis insertar esta advocación en las letanías, pero no a la Iglesia universal. El 8 de diciembre de 1854, mediante la Bula Ineffabilis Deus, el papa Pío IX proclamó la definición dogmática de este misterio mariano: "[.] que la beatísima Virgen María en el primer momento de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, y en atención a los méritos del redentor del género humano, Jesucristo, fue preservada inmune de toda mancha del pecado original, es doctrina revelada por Dios y por tanto ha de ser creída firme y constantemente por todos los fieles." Desde entonces se incorporó a las letanías.

María es la nueva Eva y así como Eva fue creada sin pecado original, la nueva Eva también ha sido creada sin el pecado original. El Catecismo de san Pío V llama a María la segunda Eva: "[.] a la primera Eva corresponde la segunda, que es María [.] Porque si Eva, creyendo a la serpiente, introdujo en el linaje humano la maldición y la muerte, creyendo al Ángel, María vino sobre los hombres, por la bondad de Dios la bendición y la vida. Por Eva nacemos hijos de la ira, y por María recibimos a Cristo, por quien renacemos hijos de la gracia (1º, IV, 9). San Atanasio llama a María "nueva Eva y Madre de la Vida" en contraposición a la antigua Eva que nos trajo la muerte. Martín Lutero también creía que a la Virgen no la había tocado ningún pecado. En un pequeño Libro de oración aparece escrito del año 1522: "Ella es la llena de gracia, proclamada ser enteramente sin pecado (algo excesivamente grande). Para que la gracia de Dios la llenara con todo bien e hiciera que ella libre de todo mal".

Reina llevada al cielo

Se le llama ascensión a la subida visible de Cristo al cielo desde el Monte de los Olivos (Lucas 24:51; Hechos 1:9). El Diccionario define el vocablo "asunción": "Por excelencia, acto de ser elevada por Dios la Virgen Santísima en su propia inmaculada carne desde la tierra al cielo". Ambos términos tienen connotaciones distintas. Jesús asciende por sí mismo, por propia virtud, la asunción de María, por singular privilegio, fue llevada a cabo por Jesús.

Desde el principio de la Iglesia existe una piadosa tradición que habla sobre la "dormición de María". De hecho, el Diccionario define la palabra dormición: "Tránsito de la Virgen". Los ángeles, entonces, la llevan en cuerpo y alma al cielo. Los Padres de la Iglesia entendían que el cuerpo de María pertenece a su Hijo; ambos, pues, están unidos para siempre en virtud de la maternidad divina. De igual modo, el cuerpo que dio a luz virginalmente y sin corrupción al Verbo incorruptible de Dios no puede corromperse. San Andrés de Creta (650-740) expone: "Lo mismo que el seno de la que dio a luz no se corrompió, tampoco quedó destruida la carne de la que murió." María representa la anticipación de la redención total.

El papa Pío XII, el 31 de octubre de 1950, definió este dogma mariano y explica: "Desde la antigüedad se celebra en Oriente y Occidente una solemne fiesta litúrgica, de la cual los Santos Padres y Doctores no dejaron nunca de sacar luz." Sacramentarios del siglo VII y VIII testifican este hecho. Michael Schmaus añade que: "En la liturgia bizantina se presenta unida constantemente la Asunción corporal de María con su dignidad de madre de Dios y su virginidad." Martín Lutero, en un sermón el día de la Asunción de María, el 15 de agosto de 1552, dijo: "No cabe duda de que la Virgen María está en el cielo. Cómo ocurrió no lo sabemos. Y, ya que el Espíritu Santo no nos ha dicho nada acerca de esto, no lo podemos hacer artículo de fe [.] Es suficiente saber que ella vive en Cristo". La liturgia celebra con gran solemnidad el 15 de agosto la fiesta de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos.

Reina del Santísimo Rosario

Sin duda alguna, el rosario es la devoción mariana por excelencia. Cuando uno se detiene a meditarlo, se percata que, aunque está dirigido a María, su trasfondo es cristológico y trinitario. El 10 de diciembre de 1883, el papa León XIII ordenó insertar esta invocación en las letanías. El 7 de octubre la liturgia de la Iglesia celebra la festividad de Nuestra Señora del Rosario.

Reina de la familia

La familia de Nazareth es modelo de todas las familias del mundo. En gran medida, María era quien disponía, como toda madre lo hace, el funcionamiento de las cosas diarias en el hogar. San Juan Pablo II, ante la crisis familiar que se vive en el mundo entero, incluye esta nueva letanía para que la Sagrada Familia sea el modelo a imitar. Monseñor Fulton J. Sheen, en su libro El primer amor del mundo, hablando sobre el hogar de Nazareth indica: "En esta terrena Trinidad de Hijo, Madre y padre adoptivo [Jesús, María y José], no había dos corazones con un solo pensamiento, sino un solo y grande corazón dentro del cual los otros dos se volcaban como ríos confluentes". Concluye este destacado obispo: "Las parejas de casados deberían rezar juntamente el Rosario todas las noches, puesto que su oración en común es más valiosa que las oraciones separadas de cada uno".

Reina de la paz

Durante la Primera Guerra Mundial, el papa Benedicto XV (1914-1922), el 5 de mayo de 1917, en carta al Cardenal Secretario de Estado del Vaticano, pide incorporar esta invocación mariana a las letanías para pedir el rápido fin de esa primera gran guerra.

Dr.Roberto Fernández Valledor

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