REFLEXIONES SOBRE
LAS LETANÍAS LAURETANAS

1.- INTRODUCCIÓN

De los varios modos de rezar y de las fórmulas que saludable y piadosamente se emplean en la Iglesia católica, es por muchas razones recomendables la que se llama el Rosario Mariano. [.] queremos y decretamos que en las Letanías Lauretanas, después de la Invocación Reina sin pecado original concebida, se añada la alabanza: Reina del Santísimo Rosario, rogad por nosotros. S.S. León XIII

A Santa María de la Caridad del Cobre,
quien me llevó a Jesús

El Santo Rosario es la devoción mariana por excelencia, así lo ha reconocido la Iglesia. En múltiples ocasiones los Sumos Pontífices han insistido en su importancia para la piedad personal y la unidad familiar. Una mirada atenta a esta secular devoción a María nos permite apreciar que constituye una especie de resumen del Evangelio, ya que en el Rosario meditamos los principales momentos de la vida, los padecimientos y la glorificación de Jesús, los cuales vienen a ser una síntesis de su obra redentora.

El beato Pablo VI (1963-1978) en su encíclica Marialis cultus del 2 de febrero de 1974, citando una carta del siervo de Dios, papa Pío XII (1939-1958) del año 1946 al Arzobispo de Filipinas, llama al Rosario "síntesis de todo el Evangelio". Y san Juan Pablo II (1978-2005) en la encíclica Rosarium Virginis Mariae del 16 de octubre de 2002 indica: "En la sobriedad de sus partes, [el Rosario] concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio".

Recientemente el actual pontífice, Francisco (2013. ), en su alocución del 7 de octubre de 2016, festividad de Nuestra Señora del Rosario, indica: "Desde los primeros siglos, María ha sido invocada como Madre de Misericordia. El Rosario es, en muchos aspectos, la síntesis de la historia de la misericordia de Dios. A través de la oración y la meditación de la vida de Jesucristo, volvemos a ver su rostro misericordioso que sale al encuentro de todas las necesidades de la vida. María nos acompaña en este camino, indicando al Hijo que irradia la misericordia misma del Padre".

Y más ahora que san Juan Pablo II en la encíclica Rosarium Virginis Mariae le añadió los Misterios de la Luz o Luminosos, ya que Jesús es "la luz del mundo" (Juan 8:12), en los cuales se meditan los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. Así se puede apreciar en la décima que sirve de himno a las laudes de la liturgia de las horas del 7 de octubre, festividad de Nuestra Señora del Rosario:

Rezar el santo Rosario
no sólo es hacer memoria
del gozo, el dolor, la gloria,
de Nazaret al Calvario.
Es el fiel itinerario
de una realidad vivida,
y quedará entretejida,
siguiendo al Cristo gozoso,
crucificado y glorioso,
en el Rosario, la vida.

El padre Arnaldo Bazán, en su folleto "Nuestra devoción a María", explica: "[.] si lo miramos bien, [en el Rosario] no está tanto comunicarnos con María, por cuanto lo fundamental de esta devoción está en la contemplación de los diversos 'misterios' de la vida de Jesús, por lo que sería más propio hablar de 'oración con María', ya que, junto a ella, nos dirigimos a Dios por medio de esa reflexión en los grandes acontecimientos de nuestra Redención".

Tengamos en cuenta, además, que cuando rezamos el padrenuestro estamos proclamando las vivencias de las enseñanzas de Jesús. Esta es la oración por excelencia, ya que fue el mismo Jesús quien nos la enseñó. El Catecismo de la Iglesia Católica (2761-2763) indica que para Tertuliano (160-220): "La oración dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio." San Agustín (354-430), a su vez, expresa:

"Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical." Por eso santo Tomás de Aquino (1224-1274) explica: "La oración dominical es la más perfecta de las oraciones [.] En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad".

Para el padre Remigio Vilariño, sj, en su libro Puntos de catecismo, es la mejor oración, no sólo porque la enseñó Jesús, sino que la enseñó cuando quiso instruirnos en la manera de orar. Es la oración que más le agradó, de lo contrario nos hubiera enseñado otra. Además, contiene peticiones conformes a la voluntad de Dios y dichas peticiones están en orden de importancia; asimismo, pide lo que más le conviene a la vida del ser humano, es breve y fácil de rezar.

En el Evangelio hay dos versiones de esta sublime oración, pero en la Iglesia prevaleció la de san Mateo (6:9-12) a la de san Lucas (11:2-4) que es más breve. En ella, después de invocar a Dios como padre, le hacemos siete peticiones. Las tres primeras ordenadas a él, mientras las restantes a nuestras necesidades más apremiantes. Es importante notar que esta oración se reza en plural, en comunión con la Iglesia, aun cuando la recemos individualmente. La Didaché o Doctrina de los doce Apóstoles (VIII, 2-3), escrita alrededor del año 70, manda rezar el padrenuestro tres veces al día.

Aunque el avemaría se dirige a la Virgen Santísima, se centra en el misterio de la Encarnación del Verbo y constituye una alabanza y acción de gracias, a la vez, a Dios Hijo por su encarnación. Esta oración tiene dos partes, la primera es una aclamación a Dios por haber escogido a María como Madre del Verbo. La integran las palabras del ángel (Lucas 1:28) y las de santa Isabel (Lucas 1:42).

Según el padre Vilariño, el papa Urbano IV (1261-1264) le añadió la palabra Jesús, después de la frase: "el fruto de tu vientre". En el Catecismo Romano de san Pío V se explica que en esta primera parte:

"[.] bendecimos a Dios, dándole sumas alabanzas y rindiéndole gracias por haber colmado a la Santísima Virgen con toda la plenitud de sus divinos dones, y a la misma Señora damos los parabienes por su especialísima felicidad".

La segunda parte es de súplica, le pedimos a María su protección en todos los instantes de la vida. El padre Vilariño expresa que la frase:

"Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores está en un breviario de los Cartujos del siglo VIII. La conclusión: ahora y en la hora de nuestra muerte, en otros breviarios del siglo siguiente, lo cual no quiere decir que no se usase antes, sino que no se conserva escrito en que aparezca esto anterior a este tiempo".

A su vez, el Catecismo Romano apunta:

"Y con mucha razón la Iglesia de Dios añadió a esta acción de gracias nos acogiésemos a ella piadosa y rendidamente, para que por su intercesión reconciliase con Dios a nosotros, pecadores, y nos alcanzase los bienes necesarios, así para esta vida como para la eterna".

El Gloria al Padre es una oración de carácter trinitario que se rezaba desde los inicios de la Iglesia. Se desarrolló a partir de la fe cristiana en la Santísima Trinidad. Sin duda alguna, tiene su origen en el mandato del Señor Resucitado a sus discípulos:

"Bautizad en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mateo 28:19).

Esta doxología trinitaria antiguamente se usaba como oración de la mañana. La doxología es una alabanza a Dios y las Sagradas Escrituras están llenas de ellas. Entre otras muchas, véase Romanos 16:27; Efesios 3:21 y Judas 25.

El padre Vilariño explica:

"Se llaman doxologías aquellas preces o himnos en los que se da gloria a la Santísima Trinidad o a Dios. La más célebre de todas y el tipo de ellas es el Gloria Patris. [.] Es antiquísima y de mucho valor litúrgico y dogmático, y la mejor afirmación de la fe católica [.] Se le llama Doxología menor; la Doxología mayor es el Gloria in excelsis Deus".

Después de las tres avemarías finales, se suele rezar la Salve. Sin duda alguna, esta oración mariana es la más difundida después del avemaría. Suele cantarse solemnemente en los conventos e iglesias los sábados. De hecho, una de las primeras directrices del primer obispo de Puerto Rico, don Alonso Manso (1460-1539), fue que se cantase la Salve todos los sábados en la Catedral.

Y Cristóbal Colón (1451-1506), en el Diario de su primer viaje, escribe el lunes, 11 de octubre, que era costumbre cantarla durante la travesía:

"[.] cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir y cantar a su manera todos los marineros [.]"

Se han considerado a diferentes santos como los posibles autores de esta bella oración. Sin embargo, lo más cierto parece ser que la compuso san Pedro de Mezonzo (930-1003), quien fuera obispo de Santiago de Compostela. En los Anales benedictinos de Mabellón del año 986 se dice que él es su autor. El papa san Gregorio VII (1073-1085) le añadió la frase: Ruega por nosotros, santa madre de Dios.

Alfonso X, el Sabio (1221-1284), consigna que las tropas cristianas que luchaban contra los mahometanos en la batalla del Salado (30 de octubre de 1340) la rezaban mientras combatían. En un concilio provincial, celebrado en Peñafiel, Valladolid, el año 1302 se dispuso que: "[.] diariamente, después de Completas, se cante en alta voz en todas las iglesias". Obsérvese con detenimiento y se verá que es una oración en la que se implora auxilio. Se cree que san Pedro de Mezonzo la compuso en el verano de 997, cuando el caudillo mahometano, Almanzor, arrasó la ciudad de Santiago de Compostela. Los peregrinos que visitaban la tumba del Apóstol Santiago la propagaron por toda Europa.

Ya a principios del siglo XII, ella ocupaba un lugar importante en la liturgia y la cantaban en todos los monasterios cistercienses y cluniacenses. En el Milagro XI que narra la historia del labrador avaro, Gonzalo de Berceo (1198-1264) la menciona en su obra, Los milagros de Nuestra Señora.

A través del Rosario, glorificamos a Dios y damos gracias por la encarnación del Verbo Eterno, Jesús, nuestro hermano. El beato Pablo VI en su encíclica Marialis cultus resalta esta visión trinitaria de toda devoción mariana: "Ante todo, es sumamente conveniente que los ejercicios de piedad a la Virgen María expresen claramente la nota trinitaria y cristológica que les es intrínseca y esencial.

En efecto, el culto cristiano es por naturaleza culto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo o, como se dice en la Liturgia, al Padre por Cristo en el Espíritu." Y el padre Arnaldo Bazán añade que al rezar el Rosario: "En realidad lo que hacemos es dirigirnos con ella al Padre por medio de su Hijo. Con ella nos unimos a las tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, de las que ella es hija, madre y esposa".

Las letanías no formaban parte del Rosario. De hecho, lo fundamental en el rezo de esta piadosa devoción es meditar los misterios mientras se rezan los padrenuestros, las avemarías y los glorias, que son las oraciones esenciales del mismo. Señalo esto, porque muchos suelen añadirle al final de cada gloria una serie de jaculatorias o alabanzas, lo cual es opcional, no fundamental.

El papa León XIII (1878-1903), a quien con mucha razón se le ha llamado el Papa del Rosario por las numerosas exhortaciones que escribió sobre esta devoción, mediante la encíclica Supremi Apostolatus del 1º de septiembre de 1883, extendió la fiesta del Rosario a todo el mes de octubre y pidió que durante ese tiempo, después del Rosario, se rezaran las letanías lauretanas. Desde entonces ha quedado esta costumbre. De hecho, en el Diccionario, entre las definiciones del término "letanías", se indica: "Cierta deprecación a la Virgen por sus elogios y atributos colocados por orden, la cual se suele cantar o rezar después del rosario".

Las letanías son invocaciones, bien rezadas o cantadas, en honor a Dios, a la Virgen o los santos. El vocablo proviene del griego, ????????, que significa súplica, rogativa u oración de súplica. El Diccionario la define: "Rogativa, súplica que se hace a Dios con cierto orden, invocando a la Santísima Trinidad y poniendo por medianeros a Jesucristo, la Virgen y los santos." En el año 2002, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede precisa: "Entre las formas de oración a la Virgen, recomendadas por el magisterio, están las letanías.

Consisten en una serie prolongada de invocaciones dirigidas a la Virgen, que, al sucederse una a otra de manera uniforme, crean un flujo de oración caracterizado por una insistente alabanza-súplica [.]"

Generalmente son muy breves. Cada una de ellas consta de dos partes. La primera es de alabanza y constantemente varía para resaltar una cualidad o señalar un símbolo mariano. Ejemplo: Santa Madre de Dios (cualidad), Estrella de la Mañana (símbolo), en el caso de las letanías de la Virgen. También puede ser una petición como en las Letanías de los Santos: Del enemigo malo. La segunda parte es de súplica: ruega por nosotros, escúchanos, ten piedad, líbranos.

Jesús les hizo ver a los discípulos de Emaús que en las Sagradas Escrituras ya estaba escrito lo que le sucedería al Mesías (Lucas 24:25-27). Los Evangelios constantemente están señalando que "eso sucedió para que se cumplieran las Escrituras". Desde los tiempos apostólicos se fue interpretando el Libro Santo de esta forma, a lo cual se le ha llamado "lectura tipológica" de la Biblia.

Asimismo, los Padres de la Iglesia, desde los primeros tiempos, acudieron al Antiguo Testamento para descubrir en él unos prototipos o símbolos en ciertos acontecimientos bíblicos que eran atribuibles a María, algunos de los cuales se incorporaron a las letanías.

Esto lo detalla muy bien el beato papa Pío IX (1846-1878) en la encíclica "Ineffabili Deus" del 8 de diciembre de 1854, con motivo de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María: "Este eximio y sin par triunfo de la Virgen y su excelentísima inocencia, pureza, santidad y su integridad de toda mancha de pecado e inefable abundancia y grandeza de todas las gracias, virtudes y privilegios, viéronlos los mismos Padres ya en el Arca de Noé, [.]; ya en aquella escala que vio Jacob, que llegaba de la tierra al cielo [.]; ya en la zarza aquella que contempló Moisés arder de todas partes en el lugar santo y entre el chisporroteo de las llamas que no se consumía o se gastaba en lo más mínimo, [.]; ora en aquella torre inexpugnable al enemigo, de la cual cuelgan mil escudos y toda suerte de armas de los fuertes; ora en aquel huerto cerrado, [.]; ora en aquella resplandeciente ciudad de Dios, cuyos fundamentos se asientan en los montes santos; a veces en aquel augustísimo templo de Dios, [.]; a veces en otras verdaderamente innumerables figuras de la misma clase, con las que los padres enseñaron que había sido vaticinada claramente la excelsa dignidad de la Madre de Dios y su incontaminada inocencia, y su santidad, jamás sujeta a mancha alguna".

Dr.Roberto Fernández Valledor

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