LA IGLESIA:
MADRE Y MAESTRA

Frente a los grandes males de hoy la Iglesia tiene que seguir siendo Madre y Maestra. No puede claudicar de sus principios ni puede abandonar a sus hijos en pecado o manchados en el vicio. Tiene que enseñar y también curar las heridas de las ovejas descarriadas que no han querido obedecer.

La Iglesia tiene hoy, como siempre los ha tenido, adversarios formida-bles, que quisieran hacerla callar, sea por la vía de la calumnia, como por la vía del descrédito o de la intimidación.

Se trata de hacer ver que sus líderes son decrépitos, o que adoptan posturas demasiado conservadoras. Esto último puede ser verdad en algunos casos, pero lo que muchos quisieran es que la Iglesia, abandonando sus principios, se volviese en apoyo de lo que el mundo propugna como bueno. Entonces sí que la declararían buena y vehículo de causas nobles.

EL MAL SIEMPRE SERÁ MAL
AUNQUE SE VISTA DE SEDA

La Iglesia no ha recibido la función de condenar, pero sí de enseñar. Y en esto ella tiene que comportarse como su Divino Fundador. Jesús, desde que comenzó su ministerio público, empezó también a ganarse enemigos. Ponía el dedo en la llaga, desenmascarando a los hipócritas, pero siempre dispuesto a perdonar y mostrar su benignidad para con los arrepentidos.

Con todo, no pudo evitar que sus claras enseñanzas llenaran de furor a quienes no podían soportar su sana doctrina, y acusado de toda clase de delitos fue condenado a vergonzosa muerte.

El nunca dijo a sus discípulos que iban a encontrar las puertas abiertas para su doctrina, sino que les vaticinó, por el contrario, que tendrían que enfentarse a una gran resistencia, y que los acusarían, los calumniarían, los perseguirían y en último término los matarían. Todo eso por predicar la verdad.

Cristo dijo que había venido para ser testigo de la Verdad. Y El quiere que también lo sea su Iglesia, es decir, sus discípulos.

El Mal no puede soportar la acción del Bien. Por eso se engrifa cuando se ve amenazado y trata de destruir a su adversario por todos los medios a su alcance.

El Mal está representado hoy por gente diferente, pero sigue siendo el mismo Mal de siempre. Aunque se vista con ropajes modernos siempre enseña por debajo sus tentáculos, sus colmillos y su rabo.

LAS FLAQUEZAS DE LA IGLESIA
NO PUEDEN SER UNA EXCUSA

Es muy cierto que, a través de dos mil años, los miembros de la Iglesia hemos cometido muchísimos pecados y caído en multitud de errores. Eso, sin embargo, no puede ser una excusa para que abandone su misión.

Ningún cristiano tiene que sentirse acomplejado porque la historia del Pueblo de Dios esté manchada por los muchos pecados cometidos. Por el contrario, eso debe inclinarlo a cumplir con mayor empeño la obligación que el propio Cristo le ha impuesto.

Nadie se avergüenza de su madre porque haya cometido pecados en el pasado. Al contrario, tratará de ayudarla para que pueda salir de sus errores y seguir adelante.

Los principios inmutables que la Iglesia predica también obligan a sus miembros, y aunque éstos no los cumplan a cabalidad no por ello dejan de estar vigentes. Los pecados de papas, cardenales, obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos nunca harán obsoleta la doctrina eterna de Jesucristo.

MAESTRA PARA ENSEÑAR
Y MADRE PARA CURAR

Frente al actual libertinaje que estamos contemplando en una sociedad que se muestra cada vez más permisiva y alejada de los mandamientos divinos, la voz de la Iglesia tiene que alzarse para enseñar el verdadero camino hacia la felicidad.

Cuando unos dicen SÍ al aborto, la Iglesia tiene que oponer un NO sin titubeos, pues debe defender la santidad de la vida desde que comienza en el seno materno.

Cuando unos dicen SÍ a la promiscuidad sexual, la Iglesia tiene que presentar el ideal del amor comprometido, como única forma para disfrutar verdaderamente del sexo y de los dones que Dios ha regalado al hombre y a la mujer.

Cuando unos proclaman que unos hombres son mejores que otros debido a su raza o a su condición social, la Iglesia debe exponer claramente y sin complejos que no existen razas superiores ni inferiores, sino que todos formamos parte de una única familia humana y todos hemos sido llamados a ser hijos de Dios.

Cuando unos quieren insistir en que no deben existir reglas morales cuando se trate de negocios, ya que éstos deben ser regidos únicamente por el principio de la oferta y la demanda, la Iglesia tiene la obligación de recordar que las relaciones humanas deben estar basadas en la justicia, que obliga dar a cada uno lo que le pertenece, y que un régimen social que no defienda la igualdad de oportunidades para todos, lleva en sí mismo el signo del desastre. Así podríamos seguir por páginas y páginas.

Pero, al mismo tiempo, la Iglesia, que conoce muy bien el pecado por padecerlo en la carne de sus propios miembros, es Madre cariñosa dispuesta a llevar el consuelo del perdón a todos los que se arrepienten, pues Ella representa a Dios y le sirve de vehículo de amor, paz, comprensión y reconciliación con aquellos que se alejan de El.

Por eso, aunque debe mostrarse impertérrita para denunciar los males y anunciar la doctrina correcta, también tiene que estar dispuesta a derramar el bálsamo medicinal de la gracia divina sobre sus hijos enfermos por el vicio, el pecado, el error y la incredulidad.

La que no debe claudicar en la doctrina, debe llenarse de la Misericordia divina para rehabilitar y sanar. Como maestra reprende y amonesta. Como madre aconseja y comprende. Como maestra defiende los principios recibidos del Altísimo. Como madre perdona y olvida.

Esa es nuestra Iglesia. No todos sus ministros son santos como tampoco lo son todos sus miembros. Podrán estar equivocados algunos de sus dirigentes, pero Ella, auxiliada por el Espíritu, siempre acierta. No por algo lleva veinte siglos de misión y todavía le queda un largo camino por recorrer.

Así es la Iglesia: maestra para enseñar pero madre para comprender. Maestra para corregir, pero madre para orientar. Maestra para fustigar, pero madre para consolar. Maestra para regañar, pero madre para aliviar. Maestra para castigar, pero madre para sanar.

Ella ha recibido la sabiduría, pero también el amor. Ha recibido el poder, pero también la gracia.

ARNALDO BAZÁN