APARICIONES

Las únicas apariciones de las que se habla en el Evangelio son las de Jesús después de su resurrección. Se las ha llamado así puesto que, después de ese acontecimiento, sólo se dejó ver, esporádicamente, de los apóstoles y de sus más fieles discípulos ("unos quinientos", precisa Pablo en 1ª Corintios 15,6).

La fe de los discípulos tiene que basarse en la autoridad de la Palabra de Dios y no en las cosas prodigiosas que puedan presenciar. Esto es lo que nos enseña Jesús al final de la parábola de Lázaro y el rico.

Dios puede permitir que la Santísima Virgen se aparezca a los que El quiera. Nadie puede negarle este derecho. Ahora bien, si no podemos estar seguros de que Dios lo ha deseado y permitido, sí es posible asegurar que hay muchas personas que exigen de Dios estas manifestaciones y hasta hacen depender su fe de las mismas.

El apóstol Juan nos pone en guardia contra la excesiva credulidad cuando, en su primera carta, nos dice: "No crean a todos los que se dicen inspirados. Examinen los espíritus para ver si vienen de Dios, porque muchos falsos profetas andan por el mundo"(4,1).

La Iglesia nunca ha dicho oficialmente nada sobre la veracidad de ninguna aparición, aunque ha aprobado el culto en algunos lugares en los que se afirma que la Virgen se apareció, como en Lourdes y Fátima, por el benéfico influjo que, indudablemente, ejercen esos lugares de peregrinación para la fe de muchas personas.

No dudo que Dios utilice a la Virgen para enviarnos mensajes de conversión y animarnos a seguir a Jesús. Pero hay gente que cree que dondequiera se dice que aparece la Virgen es una realidad que no se puede negar.

Voy a dejar que sea el eminente místico y doctor de la Iglesia, san Juan de la Cruz, quien termine este tema: "Porque en darnos (Dios), como nos dio, a su Hijo - que es una Palabra suya, que no tiene otra -, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar…"

"Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera: "Si te tengo ya hablado todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra cosa que te pueda revelar o responder que sea más que eso, pon los ojos sólo en El; porque en El te lo tengo puesto todo y dicho y revelado, y hallarás en El aún más de lo que pides y deseas" (Subida al Monte Carmelo, libro 2, cap. 22, números 3 y 4).

Volver a Temas Varios