¿VALE LA PENA SER BUENO?

Una tentación bastante común entre gente religiosa es pensar que están perdiendo el tiempo tratando de ser buenos, ya que ven que, en esta vida, muchos malos parecen llevar todas las ventajas.

A primera vista, es la verdad, nos llevamos la impresión de que son ellos los que mejor viven, por lo que la tendencia a envidiarlos es muy cierta.

Si después de esta vida no tuviéramos que dar cuentas a nadie, ya que la muerte nos enviaría a la nada, entonces sí que tendríamos que dar la razón a los malos, pues serían ellos los únicos que estarían sacando partido a nuestro paso por la tierra.

Pero cuando creemos que Dios nos ha de pedir cuentas y que dará a cada uno según sus obras (ver Apocalipsis 20,12), y que a los cobardes, infieles, asesinos, lujuriosos, hechiceros e idólatras y todos los embusteros les tocará en suerte el lago de azufre ardiendo, que es la segunda muerte (21,8), tenemos que pensar que, lejos de envidiar a los malos, tendríamos que desear no estar en su pellejo a la hora de la verdad.

Cristo no ha prometido una vida suave a sus seguidores, ni niega que nuestra estancia en la tierra ha de estar sujeta a calamidades, desgracias, dificultades y trabajos. Por el contrario, nos hace ver que si huimos de ellas, ponemos en peligro la eterna salvación.

“Si uno quiere salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por mí, la salvará. Y además, ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo? (Lucas 9,24-25).

La cosa está, pues, bien clara. No es cuestión de andar envidiando a los malos, sino de entregarnos al seguimiento de Cristo, ya que ésta es la única vía segura para la perenne felicidad.


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