LA ESCASEZ DE VOCACIONES

La escasez de vocaciones es un tremendo desafío que nos pone Dios por delante, y al que no siempre estamos dispuestos a enfrentar.

Estamos viendo cómo se ha agudizado el problema, al constatar que el número de personas dispuestas a oír el llamado divino ha descendido casi vertiginosamente, sobre todo en los países más desarrollados.

En Estados Unidos, por ejemplo, el número de sacerdotes es menor cada año, pues los que se van muriendo no encuentran reemplazo. Por cada diez que mueren son reemplazados solo cuatro o cinco. Al cabo del tiempo estaremos enfrentados a una verdadera tragedia.

RECUERDOS DEL PASADO

Quizás los no tan jóvenes recuerden el tiempo en que los colegios parroquiales o simplemente religiosos estaban llenos de religiosas o religiosos, hermanos o hermanas pertenecientes a distintas congregaciones, que eran no solo los que llevaban los colegios, sino también los que impartían las clases.

Hoy es raro encontrar un colegio católico que cuente con religiosas o religiosos, y si los hay solo son una minoría insignificante entre los maestros.

Es decir que la crisis vocacional ha alcanzado a todos los niveles. Sin embargo, sabemos que se siguen necesitando los sacerdotes, las religiosas y los religiosos.

Algunos dirán: Sí, pero ahora tenemos los diáconos permanentes, los que están haciendo una magnífica labor, y los laicos comprometidos son hoy muchísimos más que antes.,/p>

Estoy totalmente de acuerdo y creo que esto ha sido un magnífico paso de avance. Con todo, no por ello vamos a pensar que no se necesiten los sacerdotes, las religiosas y los religiosos.

CRISIS DE VOCACIONES Y CRISIS DE FAMILIA

Es posible que, a nivel general, ha descendido el interés de las familias cristianas en este sentido. Por otro lado, y esto es algo que nos debe llenar de preocupación, la misma familia ha sufrido una aguda crisis que, indiscutiblemente, está influyendo notablemente en el problema vocacional.

Con la gran cantidad de madres solteras y de hogares donde hay hijos de distintos padres y madres, es decir, en los que los hijos no están siendo educados en un hogar donde el padre y la madre han permanecido juntos, sino que son el resultado de hogares previamente rotos, la familia ha sufrido un resquebrajamiento demasiado peligroso, que está teniendo percusión en la conducta misma de los hijos.

Todo esto influye en la forma en que estos niños, adolescentes y jóvenes miran la vida y la posibilidad de consagrarse al servicio de Dios y de los demás.

Y esto porque nuestra sociedad, sin verdaderos hogares, está perdiendo los más importantes valores, de tal forma que la mentalidad de los jóvenes de hoy no es realmente proclive a un compromiso duradero, pues no se le da verdadera importancia, en general, sino a aquello que produce dinero o da ventajas de tipo material.

¿Cómo se puede aprender a comprometerse cuando los ejemplos que se están viendo cada día son de que si esto no me conviene lo dejo, si este hombre o mujer no me complace lo abandono, si este matrimonio no me place lo termino?

La crisis vocacional va pareja con esa otra crisis que es la de la familia y la sociedad. Sin familias cristianas no podremos tener el necesario ambiente para que las vocaciones puedan surgir.

UNA RESPONSABILIDAD DE TODOS

Esto, lógicamente, no lo puede arreglar la Iglesia por sí sola, por lo que tendrá que enfrentar el problema con realismo, buscando soluciones alternas que puedan resolver los graves problemas que plantean ya muchas comunidades sin pastores, por falta de sacerdotes, y muchas instituciones que no pueden funcionar por no contar con el personal adecuado.

Mientras, tendremos que redoblar los esfuerzos para hacer posible un mejoramiento en el número de jóvenes que acepten el compromiso. Esto se hará, sobre todo, por medio de la oración por las vocaciones de todo tipo y por una propaganda efectiva que lleve el mensaje a los hogares, a las escuelas y a los grupos juveniles a través de cada país.

Pero no seamos ingenuos. Si antes había muchas vocaciones en algunos países era debido, sobre todo, al gran nivel de cristianismo que existía en muchas familias. En países como casi todos los de América Latina, las vocaciones han sido siempre escasas, por la sencilla razón de que nuestro cristianismo ha sido, con mucha frecuencia, demasiado superficial, sin que se le diera a la vocación su verdadera importancia.

Si queremos vocaciones tendremos que esperar a que vuelvan a existir suficientes familias cristianas que las abonen y las preparen. Mientras, tendremos que orar con perseverancia, pidiendo al Señor que envíe operarios a su mies, como El mismo nos manda hacer (Lucas 10,2), confiando en que El ha de inspirar a su Iglesia en la búsqueda de soluciones que lo sean de verdad.

P. Arnaldo Bazán