EL ADVIENTO DE MARÍA


El primer Adviento fue vivido por María. Ella comienza la feliz espera el día en que el arcángel Gabriel, por orden de Dios, la visita en su casa de Nazaret. ¿Quién era María? Una sencilla muchacha que vivía en un insignificante villorrio de Galilea. ¡El gusto de Dios es tan diferente al nuestro!

Nosotros hubiéramos preferido la hija de algún poderoso, bien bella y distinguida, pero Dios se fija sólo en la humildad de su sierva. ¡Qué maravilla!

Y allí fue el mensajero celeste a anunciarle a María nada menos que era ella la elegida del Señor. ¡Qué turbación para la que se creía en verdad indigna de algo así y nunca hubiera soñado con un regalo semejante!

ADVIENTO ES ACEPTACIÓN

Pasado el primer estupor María cae en la cuenta de lo que el éngel le está diciendo. Dios pide algo de ella: ser instrumento del Espíritu Santo para que en su seno virginal se haga carne el Verbo de Dios.

Ella, educada en la más fiel tradición judía, debe aceptar los designios del Señor aunque no los entienda. Sencillamente se entrega a la voluntad de su Padre. Y se dispone a obedecer sin restricción alguna.

Su humilde aceptación del plan de Dios la eleva al plano más alto al que una persona humana haya podido llegar. Por eso la Iglesia le dedica las alabanzas con que otrora el pueblo de Israel felicitara a Judit: Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres el honor de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza.

Esa es la razón de nuestra admiración por María y lo que hace que la Iglesia la considere nuestro supremo ejemplo de persona comprometida con el cumplimiento de la voluntad de Dios. En ella vemos a la que el Señor escoge y por escogerla la adorna con toda clase de virtudes que la hacen bendita entre todas las mujeres.

ADVIENTO ES COMPARTIR

Lo primero que hace María después de recibir el anuncio del ángel es prepararse para visitar a su parienta Isabel, ya que el mismo mensajero divino le ha informado de que pronto aquella dará a luz.

No sabemos cómo Maria realizó este viaje de más de cien kilómetros hasta las montañas de Judea, lugar donde se encontraba el pequeño pueblo de Ain Karim en que residían Isabel y su esposo, el sacerdote Zacarías.

Lo cierto es que nada más llegar y ya el Espíritu Santo se manifiesta a Isabel, dándole a conocer lo que estaba ocurriendo en María. El saludo de Isabel es elocuente: ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme? Con lo que reconoce la grandeza a la que María había sido elevada, pues en otras circunstancias nunca le habría dicho algo así.

María, por su parte, está consciente de que todo es obra de Dios. Sabe reconocer su propia pequeñez y así lo expresa en ese cántico que le sale del corazón: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque se ha fijado en su humilde esclava (Lucas 1,46).

ADVIENTO ES PRUEBA Y DOLOR

Los meses que van desde el anuncio del ángel hasta el nacimiento fueron para María un tiempo de prueba y turbación, al mismo tiempo que de gozo y paz interiores. Las dudas de José fueron, ciertamente, una terrible agonía para ella, hasta que Dios se encargó de dejarlo todo aclarado.

No olvidemos que María era la prometida de José, y que la realidad que en ella comenzaba a notarse dejó en el ánimo del noble carpintero el dolor de la desconfianza. ¿Se atrevería María a decirle la verdad o dejaría a Dios que hablara por ella? Parece que fue por esto último que ella se decidió, de ahí las dudas de José.

Luego, cuando ya parecía cercano el alumbramiento, la sorpresa de un censo que los obliga a ir a Belén en medio del invierno. Un largo viaje lleno de dificultades que se corona con la imposiblidad de encontrar un sitio donde albergarse y el recurso de una cueva destinada al abrigo de los animales.

Pero todo ese dolor tendrá una recompensa. Y allí, en medio del silencio y la pobreza, comienzan a ocurrir los hechos más trascendentales de la Historia con el nacimiento del Hijo de Dios.

ARNALDO BAZÁN

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