REFLEXIÓN SOBRE EL ADVIENTO

De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo [...] Hebreos 1:1-2

Vivimos inmersos en una sociedad que nos está diciendo que ya estamos en plena Navidad. Ya se han realizado los encendidos de las plazas de los pueblos, con lo cual los municipios dan comienzo a la Navidad, los comercios están adornados, por la radio se oyen aguinaldos, la televisión presenta anuncios, películas y actividades sobre Navidad, en las casas ya están puestos los arbolitos y los adornos... Sin embargo, todavía no estamos en Navidad, sino en la época de Adviento. Comparen este ambiente festivo exterior de la sociedad con la austeridad del mensaje en estos domingos: no se canta el Gloria, se usan ornamentos morados, aunque se canta el Aleluya porque no es una austeridad como en Cuaresma. Las lecturas invitan a la reflexión interior, a la austeridad, a la conversión. Por esta razón, es muy importante esta reflexión para centrar nuestra espiritualidad, tal como lo pide la Iglesia.

LA CONMEMORACIÓN LITÚRGICA

Creo que debo comenzar por explicar lo que es una conmemoración litúrgica. Cuando nos reunimos para celebrar una festividad, por ejemplo, la resurrección de Cristo, la venida del Espíritu Santo o simplemente la Misa del domingo, tal conmemoración no es como si fuera un "recuerdo" que se le dedica a un difunto o que celebramos el cumpleaños de alguien. En estos últimos casos celebramos o revivimos un recuerdo de algo que sucedió en determinado tiempo.

En una celebración litúrgica no sólo revivimos los hechos en nuestra conciencia, sino también en la realidad. Esto se debe a que todos los acontecimientos que conmemoramos en la liturgia son realmente un encuentro de Dios con los seres humanos y en este encuentro Dios comunica su gracia. En otras palabras, vivimos, no recordamos, el acontecimiento que conmemoramos. No piensen que esto es un invento mío o mi opinión. En la Constitución Sacrosantum concilium sobre la reforma litúrgica del vaticano II se indica:

La Santa Madre Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año, la obra salvífica de su divino Esposo. Cada semana, en el día que se llamó "del Señor" conmemora su resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua.

Además, en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor.

Conmemorando así los misterios de la redención, abre las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gloria de la salvación.

La redención, por consiguiente, no fue un hecho pasado sino que siempre es un presente ya que día a día va actualizándose en cada uno de nosotros. No es que Cristo murió y ya estamos salvos, sino que diariamente la vamos viviendo. La palabra viviendo es clave, porque a través de la liturgia vamos actualizando en nosotros la redención. Dice el Concilio Vaticano II: "En efecto, la liturgia, por cuyo medio se ejerce la obra de nuestra redención, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía [...]"

El papa Benedicto XVI explica: "La liturgia cristiana ya no es un culto sucedáneo [que se puede sustituir], sino una venida a nosotros del Mediador [...] Tomamos parte en la liturgia celestial. Pero esa participación se nos propicia a través de signos terrenos que el Salvador nos ha mostrado como espacio de su propia realidad." Recordemos que los sacramentos son signos sensibles [que percibimos por los sentidos] que nos dan la gracia santificante. Creo que ahora podemos entender mejor el significado del Adviento. Ésta es una palabra latina, adventus, que significa "llegada". En la liturgia es el tiempo que comprende las cuatro semanas antes de la Navidad.

EL ADVIENTO

Existe una estrecha relación entre los conceptos "llegada" y "espera". Recordemos que vivimos en una sociedad que no sabe esperar, que todo lo quiere rápido. Ésta es la dinámica a la que nos tiene acostumbrado nuestra forma de vivir. Tenemos comidas rápidas, autopistas para correr a mayor velocidad, computadoras más rápidas... porque "El tiempo es dinero". Antes se tardaban siglos en construir una catedral, un castillo, un puente, los libros se escribían a mano y se tardaban años en ello... Pero como no sabemos esperar, adelantamos la Navidad. En el tiempo que precede a la fiesta de la Navidad, la Iglesia suele poner en la liturgia los textos proféticos que hablan de la venida del Mesías y suscitan la expectación del pueblo de Dios. Y así nos hemos ido acostumbrando a considerar el tiempo de adviento bajo el signo de la expectación. La actitud humana de este período del año que en la liturgia es la del anhelo y expectación de la venida del esposo.

El tiempo de Adviento es como una escuela donde aprendemos a esperar. Si bien es cierto que es una preparación inmediata a la Navidad, se da énfasis a la idea de que el Salvador volverá para darnos participación en la gloria que conquistó con su muerte y resurrección.

Según una antigua tradición, un miércoles, 25 de marzo, fueron creados el sol y la luna, se realizó el sacrificio de Abraham, Cristo resucitó ese día y también se realizó su concepción. Se celebra en esta fecha porque existía la creencia de que la Encarnación de Cristo había ocurrido en la misma fecha en que murió y que ambas coincidían con el equinoccio de primavera que es el 25 de marzo.

La fecha más antigua que sabemos que se celebraba la natividad de Señor el 25 de diciembre es en Roma el año 335-336. En ese día, se celebraba el culto al Sol Invictus y se cristianizó la fecha. El sol es considerado como el supremo benefactor de la raza humana y dispensador de la fecundidad de la tierra; además el sol disipa las tinieblas y trae la luz. este hecho ha motivado a que algunos pueblos llegaran a adorarlo. Según Malaquías (3:20), el Mesías es Sol y Justicia para quienes teman el nombre de Yahvéh. En una nota, la Biblia de Jerusalén indica en ese versículo: "El título de 'Sol de Justicia', aplicado a Cristo, ha desempeñado un papel en la formación de las fiestas litúrgicas de Navidad y Epifanía." Al identificar al Redentor con el sol, se ha asociado a María con la aurora, ya que ésta es preludio de la salida del sol, o la luz que le precede. En la liturgia, la Iglesia le aplica a María la frase del Cantar de los Cantares (6:9): "Quién es ésta que aparece resplandeciente como aurora". Los antiguos creían que la aurora era la encargada de abrirle al sol las puertas del oriente. Por esta razón, en las preces del Oficio de la Virgen se pide: "Sol de Justicia, a quien María Virgen precedía cual aurora luciente, haz que vivamos siempre iluminados por la claridad de tu presencia." En las letanías también llamamos a María: "Estrella de la mañana" con el mismo significado. El Papa Inocencio III explica este simbolismo: "Así como la aparición de la Aurora es el anuncio de que se acaba la noche y principia el día, así la llegada de la Virgen María fue el anuncio de que se terminaba una era de pecado y empezaba una era de gracia de Dios."

Nosotros celebramos tres advientos: Uno histórico, el de la natividad de Jesús, cuando Dios se hace historia. Semejante a nosotros menos en el pecado, pues el que no cometió pecado se hace pecado por nosotros. Otro místico en el alma de cada uno de nosotros. san Agustín dice que si Jesús no nace en nuestros corazones, no hay Navidad. Y otro futuro, al fin de los siglos en la Parusía del Señor. Todo cristiano debe vivir preparado para ese momento. Las Sagradas Escrituras concluyen con esta petición: "Ven, Señor Jesús" (Apocalipsis 22:20). Y a las tres nos prepara la Iglesia en estas cuatro semanas. Esto lo explica muy bien el Catecismo de la Iglesia Católica: "Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida" (Núm. 524).

Si uno está atento a la liturgia de Adviento, no sólo los domingos sino de todos los días, se da cuenta que tiene dos partes. La primera enfatiza en la segunda venida del Señor y la segunda en la preparación para el nacimiento. Voy a ilustrarles esto con la oración colecta de dos días diferentes. La oración colecta del lunes de la primera semana de Adviento nos recuerda la parusía: "Concédenos, Señor Dios nuestro, permanecer alertas a la venida de tu Hijo, para que cuando llegue y llame a la puerta nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza. Por nuestro Señor." Y el miércoles de la tercera semana de Adviento se pide: "Concédenos, Dios todopoderoso, que la fiesta ya cercana del nacimiento de tu Hijo nos reconforte en esta vida y nos obtenga la recompensa eterna. Por nuestro Señor." Ambas, según se puede apreciar, fomentan en los fieles una esperanza gozosa ante la llegada del esposo.

Las tres misas que se celebran ese día desde el siglo V: Santa María, Santa Anastasia y San Pedro, evocan también un triple significado. A la hora "del canto del gallo", es decir, después de la medianoche, el Papa celebraba misa en la Basílica Liberiana (Santa María la Mayor), a donde fueron trasladadas las supuestas reliquias del pesebre de madera donde estuvo recostado el Niño Jesús. Después del alba, marchaban los fieles en procesión hasta San Pedro, donde el Papa cantaba la segunda misa. Entre la medianoche y el alba había otra celebración en la Iglesia de Santa Anastasia, junto al Palatino, pero no se ofrecía misa.

A mediados del siglo XII comenzó a cantarse la tercera misa, la del día de la Navidad en Santa maría la Mayor, por la gran distancia que había entre la basílica de San Pedro y San Juan de Letrán, donde entonces vivía el papa. Este es el origen de las tres misas que los sacerdotes ofrecen este día y aparecen en el misal con el nombre de las respectivas estaciones: Misa de Medianoche, estación en Santa María la Mayor, junto al pesebre. Misa de la Aurora, estación de Santa Anastasia. Misa del Día, estación en Santa María la Mayor.

Posteriormente se le dio un significado místico a esta conmemoración. Las misas llegaron a representar la triple manifestación del Salvador: La original, la judaica y la cristiana. Es decir que representaron el triple nacimiento de Nuestro Señor: El que procede del Padre antes de todos los tiempos, el nacimiento natural de la Virgen María y el nacimiento espiritual en nuestras almas, mediante la fe y la caridad. O bien de otra manera se puede considerar así, según el Introito de cada eucaristía: La Misa de Medianoche conmemora el eterno nacimiento de Jesús, el Verbo Divino: "El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo [...] En ti está el principado en el día de tu poder [...] yo te concebí en el vientre antes que el lucero de la mañana." La Misa de la Aurora contempla a Jesús como luz verdadera, el sol espiritual: "Una luz brillará sobre nosotros ese día [...] Nos inunda la luz nueva del Verbo Encarnado." Y en la Misa del Día al Niño de Belén se le honra como a Cristo Rey, dios y hombre: "Un niño nos ha nacido [...] lleva el reino sobre sus hombros [...] Hasta los confines de la tierra se ha visto la salvación de nuestro Dios [...] ¡Venid, todas las naciones, y adorad al Señor! [...] Justicia y juicio son preparativos para tu trono".

Durante mucho tiempo, el Adviento tuvo una semejanza con la Cuaresma. Se ayunaba todos los días, menos los domingos; no se permitía el órgano en la celebración litúrgica; no se celebraban bodas, los futuros sacerdotes recibían las órdenes menores... Ahora se ve el Adviento como un tiempo de alegría con austeridad. ¿Por qué con austeridad? ¿Qué significado tiene el ascetismo en este tiempo? Porque se busca la renovación espiritual, la conversión personal, ya que significa rectificar los caminos como pedía San Juan Bautista. Cristo vino al mundo haciéndose como uno más y un día volverá como juez de vivos y muertos. La liturgia de Adviento evoca alternativamente ambas venidas del Señor, haciendo notar a la vez que Cristo no cesa de venir al mundo, de manifestarse a los seres humanos a través de la vida y testimonio de los que creen en él.

LAS FIGURAS DEL ADVIENTO

Esta conmemoración debe ser un compromiso para nosotros, porque celebrar el Adviento quiere decir estar imbuidos en el anhelo del advenimiento del Salvador. Experimentamos el hecho de que Dios se acerca más y más a nuestra oscuridad. Por eso durante este tiempo se escogen muchos pasajes de los profetas, preferentemente del libro de Isaías. En el tiempo de Adviento se nos presentan tres figuras muy importantes que nos ayudan a desarrollar nuestra disponibilidad espiritual. Pudiéramos decir que son los protagonistas del Adviento: los profetas, San Juan Bautista y María.

LOS PROFETAS:

No son adivinos que saben el futuro, sino personas que testimonian el mensaje de Dios. Los profetas en la Biblia surgen para defender la tradición yahvista amenazada. Defendieron la pureza de la religión judía, se opusieron al culto formalista y vacío, a la teología palaciega y popular que creía salvar las promesas davídicas de seguridad nacional con los sacrificios de los animales... Buscan la fidelidad a Yahvéh y la obediencia a los pactos con Dios. Veamos algunos profetas cuyos textos leemos en este tiempo:

Amós representa la lucha contra la inmoralidad, el sincretismo religioso, por eso denuncia duramente las injusticias sociales de propietarios que explotan, de jueces que no siguen el derecho y la justicia, de sacerdotes que se aferran a un culto formalista.

Oseas predica contra la idolatría del Reino del Norte, la presenta como una prostitución. Yhavéh es el esposo fiel, mientras Israel fornica tras los ídolos.

Jeremías empezó su misión durante la reforma religiosa del piadoso rey Josías, cuando en el templo el libro de la Ley. Jeremías era tenido por sus contemporáneos encontraron como agorero y profeta de desventuras. Canta como ninguno el tierno amor del esposo y la esposa, significando a Yahvéh e Israel, y el amor de Yahvéh como padre a su hijo Israel.

Isaías es el profeta mesiánico por antonomasia, al punto que algunos le llaman a sus escritos el "quinto evangelio". Él clama incesantemente contra la infidelidad de Judá e Israel, contra la ingratitud, contra el orgullo, contra las injusticias sociales... Califica al pueblo como hijos rebeldes y mentirosos. Además de ser sus escritos los más extensos de los profetas, es el que más abunda sobre textos mesiánicos, entre ellos: "Una virgen concebirá y dará a luz un hijo" (7:14). Los cuatro Cantos del Siervo de Yahvéh (42:1-9; 49:1-6; 50:4-9; 52:13-15; 53:1-12)... "Tened buen ánimo, mirad que viene vuestro Dios" (62:11). El Introito de la Misa del Miércoles de Témporas se inspira en este profeta: Rorate, caeli, desuper et nubes pluant justum: aperiartur terra et germinet Salvatorem (Envíen los cielos rocío de lo alto y las nubes lluevan al Justo, ábrase la tierra y brote el Salvador) (18:4).

SAN JUAN BAUTISTA:

Es el precursor, el que abre los caminos (Marcos 1:1-2). Le cortan la cabeza por denunciar el pecado de Herodes (Marcos 6:17-20). Jesús da testimonio sobre Juan (Mateo 11:2-15). Juan el Bautista apareció en el desierto y evocaba el recuerdo de gracia: el retorno de Babilonia y la salida de Egipto. Él trae algo más que una mera evocación de los tiempos de liberación y gracia. Anuncia una nueva era de gracia como cumplimiento de todos los tiempos pasados. En parangón con lo que ahora acontecerá, el Éxodo de Egipto y la vuelta de Babilonia no era más que signo o figura, porque ahora viene Dios de verdad. Juan es la voz que clama en el desierto: "Preparad a nuestro Dios las sendas rectas". Y el camino que se debe preparar no es ya un sendero en el desierto, que el viento borra en menos de un año. Es un camino en el interior del ser humano, un camino duradero. Este camino se llama conversión.

"Convertíos" es la proclama de Juan. Literalmente "cambiar de sentir", actuad y pensad de manera enteramente nueva. Se trata de una conversión que significa un cambio tan íntimo que es capaz de transformar toda la vida exterior (Lucas 3:10-14). El mensaje de Juan está lleno de alegría, pues anuncia un tiempo de gracia de Dios, pero es, a la vez, un tiempo muy serio. El Salvador está puesto para "caída y salvación de muchos". El que viene bautizará con fuego del Espíritu Santo (Mateo 3:11). El bautismo es una buena disposición para la conversión: "Desde los días de Juan Bautista hasta hoy el Reino de Dios sufre violencia y los violentos lo arrebatan" (Mateo 11:12).

Juan clama: "El Reino de Dios está cerca". "La ley y los profetas llegan hasta Juan" (Lucas 16:16). Juan no es, por consiguiente, una figura que podamos olvidar, una vez aparecida la luz verdadera que es Jesús. Juan es siempre actual, ya que incita a una preparación, a una conversión que siempre es necesaria a todos. Porque la conversión es de siempre, de cada día. Por eso el Adviento implica una transformación en cada uno de los creyentes.

MARÍA:

Es figura clave, porque sin ella no hubiera nacido el Redentor. Es la elegida por Dios como Madre del Mesías. Ella es modelo para toda la cristiandad. La liturgia nos hace leer en este tiempo todos los relatos acerca de la más humana e inmediata de todas las preparaciones: Cómo vivió la Madre el primer Adviento del que fue expectación de los siglos. María lo vivió de tres maneras: En su seno, porque en él se gestaba el Redentor. En su fe, porque confió en el Señor. Y en la alegría mesiánica del Magníficat.

CONCLUSIÓN

Preparemos, por lo tanto, nuestros corazones para la venida del Señor, ahora en esta Navidad y cuando venga la Parusía o llegue nuestra muerte para que estemos, como los pastores, velando.

ROBERTO FERNÁNDEZ VALLEDOR

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