CUARESMA Y BAUTISMO

Si la Cuaresma sirvió durante algún tiempo como medio de reconciliación para los pecadores públicos, también lo fue como tiempo especial de preparación para el Bautismo.

Si bien al principio mismo del Cristianismo los bautismos se hacían en cualquier lugar y día, pues los bautizados eran, ordinariamente, judíos, conocedores del verdadero Dios que sólo necesitaban aceptar a Jesús como su Mesías Redentor, más tarde se dio preferencia para la celebra-ción de este sacramento a las vigilias de Pascua y Pentecostés.

Al comenzar la evangelización de los pueblos paganos, llamados “gentiles” por los judíos, se hizo más necesario una verdadera preparación de aquellos que, evangelizados, pedían el Bautismo.

Así surgió el llamado “Catecumenado”, que era el período de tiempo en el que los neófitos, es decir, aspirantes a ser bautizados, recibían la instrucción sobre la doctrina de Jesús.

Era precisamente durante la Cuaresma que se solía hacer esta preparación bautismal, incluyendo algunos ritos iniciales, como ciertas unciones y exorcismos, amén de oraciones e imposición de manos.

Esto fue celosamente observado por la Iglesia, que dio mucha importancia a la preparación adecuada de los candidatos y a su sincera conversión.

Los primeros siglos de la Iglesia fueron marcados por diversas persecuciones a las que resultaron sometidos los discípulos de Jesús, primero por los judíos, pero sobre todo por el poderoso Imperio Romano.

Se habla de diez diversas persecuciones, todas ellas muy sangrientas, en las que murieron miles de cristianos, padeciendo torturas y crueles tormentos, hasta terminar descuartizados por los dientes de las fieras en los circos, o clavados en una cruz como su Maestro.

Fue al principio del siglo cuarto que los cristianos pudieron gozar de paz y libertad para vivir su fe sin ser perseguidos, gracias a un Edicto, el de Milán, en el año 313, por el que el Emperador Constantino dio fin a las persecuciones. Posteriormente los cristianos habrían de sufrir algunas más.

La libertad de culto trajo también una cierta “moda” de querer ser cristianos, y fueron muchos, ya sin el temor de ser perseguidos, los que pidieron el Bautismo.

La Iglesia no cayó en la trampa de abrir la puertas fácilmente, pues sabía que no todos los que lo pedían estaban preparados para recibirlo. Muchos no se sentían realmente dispuestos a renunciar a sus prácticas paga-nas, a su vida licenciosa y a sus costumbres no conformes con el Evangelio.

Por eso la institución del Catecumenado fue reforzada, haciéndose mucho más larga, pues había catecúmenos que no demostraban su sincera intención de vivir de acuerdo a los principios del Cristianismo. De ahí que, sin ser rechazados, se pasaban mucho tiempo antes de ser admitidos al Bautismo.

Todos los años, durante la Cuaresma, se escogían aquellos que ya demostraban las condiciones necesarias, y éstos eran llamados los “electi” o elegidos, que recibirían las últimas instrucciones y serían bautizados en la Vigilia Pascual.

Toda la Iglesia tiene que vivir la Cuaresma en ese espíritu de preparación para la renovación bautismal. El día de Pascua es ocasión propicia para que todos los cristianos renovemos las gracias de nuestro Bautismo, de ahí que se nos invite a repetir las promesas bautismales, de modo que sintamos el serio compromiso de vivir de acuerdo al don que recibimos: ser hijos de Dios conscientemente y a cabalidad.

Hoy también hay adultos que finalizan su preparación para recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana: Bautismo, Confirmación y Comunión.

Debemos acompañarlos con nuestra oración y nuestro aliento, especialmente si en nuestras parroquias hay un grupo que está viviendo su Catecumenado previo a la recepción de dichos sacramentos. Todos los miembros de la comunidad son responsables de que esos nuevos cristianos puedan serlo de verdad, apoyándolos en la fe y en el amor, brindándoles el ejemplo de lo que es ser verdaderos discípulos de Jesús.

ARNALDO BAZÁN

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