LA LOCURA DE LA CRUZ

Eso de que Dios envíe a su Hijo a que se deje matar para salvar a la humanidad es algo que no se entiende fácilmente. Por lo que san Pablo no duda en reconocer que, para los incrédulos, se trata ciertamente de una locura (ver 1a. Corintios 1,18).

Solo por la fe podemos aceptar, sin comprender, la forma en que Dios decide sacar al hombre de su situación miserable, condenado irremisiblemente al eterno fracaso.

No debemos olvidar, sin embargo, que los caminos de Dios son incomprensi-bles, y que su amor por la humanidad es algo imposible de medir humana-mente.

Porque si pensamos bien las cosas, no se trata de locura, sino de amor, de ese que es capaz de cualquier cosa por la felicidad de los que son su objeto predilecto. Para los egoístas el amor ha de verse como una gran locura.

CONTRA SOBERBIA: HUMILLACIÓN

Es muy cierto que Dios pudo haber escogido otras formas para llevar a cabo la liberación del hombre, pero concibió una que no dejara sombra de dudas sobre lo que siente por nosotros.

El pecado del ser humano consiste, fundamentalmente, en la soberbia, que lo lleva a pretender ser su propio dios. Desde el Jardín del Edén hasta nuestros días ése ha sido su constante problema.

Adán pecó porque pensó, equivocada-mente, que si se rebelaba contra Dios se liberaría de la tutela del Creador. Esa fue la tentación que el Maligno deslizó en su mente: Si desobedeces, serás como Dios.

Esa es la misma tentación que el ser humano ha estado conociendo, de una forma u otra, a través de los siglos. - Te lo daré todo si, postrándote, me adoras (Mateo 4,9). Pero al pretender ser su propio dios, el hombre se hunde en el abismo y se esclaviza, pues se rinde ante otro señor, que es el Maligno.

Sólo hay liberación en la verdad, y al apartarse de Dios y de sus mandatos el hombre se pierde en un mundo de falsedad y mentira.

La respuesta que Dios da a la soberbia del hombre es formidable. Envía a su propio Hijo para que se abaje hasta nuestra miseria y se haga uno de nosotros. Puesto que, pretendiendo ser dios, el hombre se esclaviza, Dios se hace hombre para liberarlo.

EL SIERVO SUFRIENTE

Pero no basta con eso. Es necesario que en el Hijo de Dios se cumpla todo lo que la humanidad merece por sus pecados. Y Aquel que no permitió que Abrahán sacrificara a su hijo Isaac, entrega el suyo a la muerte, haciéndolo reo de los delitos que todos los otros, menos El, habíamos cometido.

A El, que soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, lo tuvimos por un contagia-do, herido de Dios y afligido. El, en cambio, fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Sobre el descargó el castigo que nos sana y con sus cicatrices nos hemos curado (Isaías 53,4-5).

El Padre no escatima nada, ni se deja convencer por las lágrimas que su Hijo, verdadero Dios pero también verdadero hombre, derrama en Getsemaní.

Le hará beber el cáliz de la amargura hasta el final. Lo obligará a bajar la cabeza y humillarse hasta el polvo.

Será sometido a crueles torturas físicas, pero, sobre todo, a las más perversas demostraciones del atrevi-miento y el desenfreno de que somos capaces los hombres.

Todo ello para que aprendamos, de una vez por todas, que sin Dios nada somos y estamos condenados sin remedio.

AMOR CON AMOR SE PAGA

Lamentablemente no hemos visto que la humanidad haya aprendido la lección. Seguimos contemplando a la humanidad correr, más que caminar, hacia el abismo.

Los sufrimientos de todo un Dios no han podido conmoverla e impulsarla al arrepentimiento.

Frente a la locura del amor de Dios se yergue, desafiante, la locura de los hombres que, soberbios, galopan con la guadaña de la muerte en la mano, sembrando odios, desamor, ruindades y corrupciones, abriendo ríos de sangre cuyo caudal amenaza con anegar el mundo.

Para esa terrible enfermedad del ser humano no hay sino un remedio: dejarse vencer por la locura de la cruz.

Si no somos capaces de reaccionar a tiempo y aprender que sin cruz no hay redención y sin sufrimiento no existe la posibilidad del perdón, seguiremos dando tumbos hasta encontrarnos de lleno en el horrible lago de la muerte eterna, donde se revuelven para siempre los condenados en la miseria de su egoísmo.

POR LA CRUZ A LA LUZ

Cristo ha trazado un camino poco atractivo para almas cobardes, porque se requiere, para enfrentarlo, que nuestra razón esté iluminada por la poderosa luz de su doctrina, y nuestra voluntad se vea reforzada con el vigor de los dones del Espíritu.

El gran problema de los hombres no es que seamos pecadores sino que huimos de la cruz. Por lo primero vino Cristo al mundo. Pero El nos exige que estemos dispuestos a completar en nosotros su propia pasión, aceptando, como El, la voluntad de Dios, por dura y amarga que ésta nos parezca.

No se trata de una lucha entre dolor y placer, como si tuviéramos que buscar el primero y huir del segundo. Dolor y placer tienen su lugar y momento en la vida del ser humano y ambos deben ser aceptados, a su debido tiempo, como dones de Dios.

Sin embargo, cuando hacemos del placer el fin de nuestra vida y declaramos al sufrimiento nuestro principal enemigo, imitamos al Adán soberbio y rechazamos al Cristo obediente hasta la muerte en cruz.

El cristiano es, sencillamente, aquel que ha aceptado cargar amorosamente su cruz. Sin decir que es fácil ni alardear de héroe. Sólo comprendiendo que, en el deber de cada día, está la única fórmula para triunfar con Cristo, para con la cruz llegar a la LUZ.

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