SAN ANDRÉS, APÓSTOL

Al hablar de San Andrés es necesario que nos refiramos a las pocas noticias que de su vida nos narra el Evangelio, pero que son muy preciosas para situarlas y para sacar de ellas saludables conclusiones. Andrés es muy posible que fuese de Betsaida, ciudad situada en la orilla izquierda del lago de Cafarnaúm, por lo que habría oído hablar de Jesús ya desde sus primeros pasos en público.

El Evangelio de San Juan nos dice que Andrés era discípulo de Juan el Bautista. De corazón limpio, habría escuchado la predicación de penitencia del Precursor, y habría simultaneado sus quehaceres, los de pescador, con el seguimiento de Juan.

Pero un día oye Andrés las palabras de Juan referentes a Jesús: «No soy digno de desatar la correa de su zapato», y al punto quiere saber quién es aquel del que su maestro dice tales cosas. Y unido a Juan el Evangelista; se van en pos de Jesús.

«Vuelto Jesús y viendo que le iban siguiendo, les dice: "¿Qué buscáis?". Ellos le dijeron: «Maestro, ¿dónde moras?». Era la manera más clara de preguntarle a Jesús quién era, cuál era su doctrina, qué significaba aquella palabra que sobre él había pronunciado el Bautista: Cordero de Dios.

Y Jesús los acoge: «Venid y lo veréis. Vinieron pues, y vieron donde moraba, y se quedaron con Él aquel día. Sería la hora décima».

La curiosidad de Andrés era curiosidad sana, expectante del Mesías que había de venir y que todos los judíos estaban esperando. Era la curiosidad sencilla del hombre sin cosas que esconder, que tapar a la luz de los demás, y que tanto gusta a Jesús. Por eso Jesús los recibe tan bien. Por eso seguramente, durante todo aquel día les hablaría de aquel reino que había venido a instaurar, reino de amor para con Dios y para con el prójimo.

A Andrés ya no más le faltaba para su elección el acto de fe en Jesús Mesías. Y según nos cuenta el mismo Evangelio, queda tan impresionado, que no le cuesta nada realizarlo.

«Andrés halla primero a su hermano Simón y le dice: Hemos hallado al Mesías. Y llevóle a Jesús".

Ciertamente, el encuentro con Jesús nos conduce inmediatamente al apostolado. Lo mismo si este encuentro se realiza cara a cara, como si se realiza con los ojos de la fe, pues la gracia de Dios está siempre esperando nuestra colaboración.

A pesar de todo, Andrés y Simón vuelven a sus trabajos. No se han dado cuenta todavía de que la llamada de Jesús es más ambiciosa: los quiere a ellos, quiere su adhesión total, no sólo la fe en su mesianidad. Pero Jesús, es posible que de ellos esperara que su amor por Él fuese madurando. Y por eso, al cabo de cierto tiempo, pasa de nuevo por la ciudad de Betsaida. Quizá ellos le estuvieran esperando.

De todas maneras, el relato evangélico de su vocación es de una sobriedad extraordinaria e impresionante. Ha conmovido a muchos que sentían la llamada de Cristo, pero que no se atrevían a seguirle. Ha aprisionado a muchos que atesoraban en su alma la espontaneidad de hombres sin prejuicios.

Y siguiéndole, lo dejaron todo. Dejaron padres, tal vez mujer e hijos, dejaron el trabajo y las ganancias, para ir detrás del Mesías.

Por eso un día le preguntarán, qué les reportará todo eso, quedando saciados al oír la respuesta del Maestro: «En verdad os digo que quien abandonare padre o madre, o mujer, o hijos por el reino de los cielos, recibirá el ciento en esta vida, y después el mismo reino de los cielos». El ciento en esta vida, que consiste en la felicidad interna, pero sobre todo el cien por uno en la otra: una gloria que ni hombre oyó, ni pudo imaginar jamás.

Dios ciertamente no se deja ganar en generosidad.

Después, poco más nos relata el Evangelio. Andrés aparece de nuevo en la multiplicación de los panes, y junto coca Felipe presenta a Jesús a unos gentiles que lo quieren ver. Sería un carácter más reflexivo que su hermano Simón, pero no por eso menos entregado. Hasta tal punto llegó su celo y amor por Jesús, que la tradición nos lo muestra muriendo en una cruz, igual que su Maestro.

Premio exquisito del Redentor... Predicó, según esta misma tradición, en Asia Menor, el Cáucaso, orillas del mar Negro, llegando quizá hasta Grecia en su apostolado, y le atribuyen algunos la creación de Bizancio.

Un día en Patrás, ciudad de Acaya, el procónsul recibe órdenes de investigar qué es aquella religión, aquella secta nueva que ha surgido, y le pregunta por el Rey del cual predica con tanto celo.

Andrés le habla, pero no le convence; y siendo condenado a muerte, solicita ser sacrificado en una cruz, pero de aspas, para que no sea idéntica a la del Salvador.

Cuatro días y cuatro noches (continúa la tradición que estamos relatando) pasó Andrés animando desde el suplicio a los cristianos que iban a velar sus últimas horas. Hasta que su sangre de apóstol, sangre de mártir, dejó de regar la tierra. La Iglesia ya estaba en victoriosa marcha, allí y en numerosas tierras del Romano Imperio.


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