SAN BARTOLOMÉ, APOSTOL

Celebramos la fiesta de San Bartolomé. Uno de los apóstoles de Jesús, que ha pasado a la historia del cristianismo como prototipo y ejemplo de franqueza sincera y de fe. Bartolomé -Natanael, en su lenguaje de origen- era amigo del apóstol Felipe, que, según narra san Juan, le habló del Señor muy poco tiempo después de recibir él mismo la llamada a seguirle. Felipe, en efecto, parece sentir la necesidad de comunicar su gran hallazgo, el Mesías, aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Desde los primeros compases de la vida cristiana la "Buena Noticia" se extiende del modo más natural, porque unos quieren hacer partícipes a los otros de lo, por fin, ha llenado sus vidas.

Natanael no parecía precisamente un ingenuo. Felipe lo conocía bien y no intenta complicarse la vida con especiales razonamientos o demostraciones teóricas acerca de la categoría de Jesús. Ven y verás, le dice. Sin duda, el apóstol recién llamado rebosaba entusiasmo, a pesar del poco tiempo que llevaría siguiendo al Maestro. No le valía, sin embargo, a Natanael -cargado de prejuicios, por otra parte- lo que consideraba tal vez una reacción de euforia pasajera de su amigo. De entrada, no parecen muy dispuesto, a pesar de la amistad, a reconocer sin más una gran categoría en alguien de Nazaret. Menos aún, como pretendía Felipe que hiciera, admitir sin reparos que ese Jesús era el Mesías, la esperanza de todo israelita.

Pero a Bartolomé no le puede el orgullo. Seguro de sí mismo, es a la vez sencillo y no desprecia, como si fuera del todo irrelevante, lo que Felipe le propone. No se trataba, evidentemente, de una trivialidad lo que acababa de oír. Aquel no era, desde luego, uno de tantos comentarios intrascendentes. Por improbable que le resultara, no podía negarse, siendo persona de una pieza, cuando su amigo Felipe estaba comprometiendo su honradez, animándole a comprobar por sí mismo la verdad de cuanto decía. Haberse negado, por indolencia, por comodidad, por orgullo..., hubiera supuesto un cierto e injustificado desprecio a Felipe, impropio de él.

Natanael se aproxima y Jesús retrata a la perfección su personalidad atractiva en muy pocas palabras ante todos: Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Y, a continuación, en respuesta a la natural extrañeza del futuro apóstol, dice Jesús de modo implícito el motivo de su infinita sabiduría. Manifiesta abiertamente que sus capacidades son sobrenaturales: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

A partir de ese momento, y para el resto de su vida, no hubo ya para Bartolomé otro interés que servir a la causa de Jesús. La condición divina, de quien había podido conocerle por dentro y también su quehacer de unos momentos antes, debía ser, en justicia, confesada. Su hombría de bien le impulsa a no callar: Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Lo demás, en la vida de san Bartolomé, fue una consecuencia lógica de quien, en efecto, no tiene doblez. Este apóstol procuró ser coherente en lo sucesivo con lo que tuvo ocasión de comprobar, con la asistencia eficaz de Felipe: que Jesús de Nazaret era el Cristo prometido por Dios como Salvador del mundo. Y ese mismo Hijo Dios lo admitía entre los suyos. Dios encarnado contaba con su colaboración y le prometía contemplar y participar en su gloria sobrenatural.

Ante la figura sencilla, franca y recia, de Natanael, consecuente con sus convicciones por mucho que se deba rectificar: humilde, ¿qué conclusiones, que propósitos nos brotan en el silencio sincero de nuestra meditación? Posiblemente debemos aprender también de este apóstol su fe. Una fe en la divinidad de Jesucristo que se desborda en confesión pública y en conducta de vida leal a Quien se le ha manifestado de modo tan gratuito y le ha enriquecido para siempre. La promesa de Jesús: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo de el Hombre, es, desde luego, un animante estímulo para siempre, capaz de hacer reemprender el trabajo apostólico en momentos de aridez, o cuando una pesada soledad parece agostar las joviales energías de otro tiempo.


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