SAN LUIS GONZAGA

1568-1591

Nace en una familia muy religiosa y una de más importantes de Italia en su tiempo. Su padre era marqués de Castiglione (Mantua) y llegó a ser príncipe del Sacro Imperio y el gobernador de Monferrato. Luis nace el 9 de marzo de 1568, siendo un nacimiento muy delicado ya que estuvieron en peligro de muerte tanto él como su madre.

Su madre tuvo un rol fundamental en la fe de Luis; durante su infancia le enseñó a conocer y amar a Jesús y a María, y a dirigirles breves oraciones-. Era un niño muy sensible y con mucho interés se adhería a las devociones de su madre.

Su padre se ocupó de que Luis adquiriera las destrezas necesarias para las artes militares, ya que esperaba que Luis como primogénito y heredero fuera un buen sucesor suyo.

Poco a poco fue abandonando su afición a las armas ya que se dio cuenta del propósito y finalidad que tenían. Y por otra parte se iba acercando a los pobres, muchas veces provocando el escándalo en su noble familia. “Desde pequeño, observaban los suyos cómo atendía en cuanto podía a los pobres, les ayudaba en sus necesidades, y su corazón no le permitía pasar junto a ellos ignorándoles".

Poco a poco iba descubriendo a un Dios que se mostraba cercano en la sencillez y en la bondad. Esto lo vivía como un gran contraste con la búsqueda de poder y riquezas que veía muchas veces en los suyos.

Un día dijo a su madre que sabía que ella deseaba un hijo religioso, y que estaba seguro que ese hijo sería él. Su madre, asombrada, no dijo nada, porque sabía que sería una piedra de conflicto con su marido.

Luis comenzó a meditar lo que Jesús había hecho por la humanidad y sobre la bondad del plan de Dios para el mundo y la historia. “Así empezó a leer libros de meditación y cartas de las Índias, en las que los misioneros jesuitas relataban lo que hacían en esas tierras. Los misioneros, que iban a tan lejanos lugares para ayudar a los que allí estaban y para anunciar la Buena Noticia, eran un estímulo que animaba a Luisa mirar más allá de los cortos horizontes cortesanos".

Empezó a enseñar catequesis a los niños de su pueblo. Y siendo de familia noble, causaba una gran atención su cercanía y sencillez en el trato con los niños y los pobres. Un momento importante para nuestro joven Luis fue el encuentro con otro santo: Carlos Borromeo, arzobispo de Milán. Como era visitador apostólico del papa Gregorio XIII, pasó por Castiglione, donde predicó provechosamente. Lis, que por entonces tenía 12 años, tuvo la oportunidad de charlar largamente con él. En esa conversación, tuvo la confirmación de que este camino que se iba abriendo ante sí, rompiendo el que parecía su destino natural, tenía sentido. El obispo quedó sorprendido de la hondura espiritual del joven y le preguntó si había recibido la primera comunión. Al saber que no lo había hecho, no sólo le invitó a recibirla, sino también a hacerlo a menudo, cosa que en aquel tiempo no era habitual. Le indicó también cómo prepararse interiormente para recibirla. Todo esto despertó en Luis una fuerte devoción a la Eucaristía.

Luis comenzó a vestirse sencillamente, usando vestidos viejos y remendados, sin preocuparse de lo que podían decir de él. Tampoco le gustaba ponerse joyas ni otros objetos lujosos que eran habituales en la corte. Esto, evidentemente, contrariaba a su padre, que lo veía como un deshonor par él y para su familia. De todos modos, al ver la constancia de su hijo, acabó admirando esa peculiar manera de vivir en sencillez, tan distinta de la habitual para los de su casa.

A los trece años, durante su estancia en Monferrato, fue conociendo la vida religiosa, e iba viendo como ésta encajaba con lo que su corazón iba buscando. “Empezaba así un diálogo interno consigo mismo, en el que iba ponderando lo que veía de bueno en la vida religiosa para él, diciendo: Y tú Luis, ¿qué haces? ¿qué dices? ¿qué piensas? ¿por qué no podrías tomar para ti un estado tal?”.

En 1582, llegó a Madrid en el séquito de maría de Austria, hija de Carlos V y viuda del Emperador Maximiliano II. Allí permaneció como paje del infante don Diego, y aprovechó la instancia para estudiar filosofía. Y cuando tenía unos quince años, llevando un año y medio en la ciudad, le pareció que ya era tiempo de entrar en una orden religiosa. “Fue considerando diversas y variadas posibilidades, deliberándolo cuidadosamente en sus oraciones. Por fin creyó que debía ser la Compañía de Jesús, porque le parecía que era una orden que tenía la viveza de sus orígenes, porque en ella se hace voto de no pretender ni aceptar ninguna dignidad eclesiástica excepto por obediencia, y porque el trabajo que los jesuitas hacían con la juventud y en las misiones le parecía un gran servicio a la Iglesia".

Tras estas consideraciones se quiso asegurar de que ésta fuese la voluntad de Dios, y para ello puso por intercesora a María, para que le hiciese sentir si ese era su camino. El día de la Asunción de María, le pareció ver todo muy claro y tuvo una fuerte alegría y deseos ponerlo en práctica de inmediato. Dio cuenta de todo a su confesor, que era jesuita, y pidió que intercediera para su admisión. El jesuita vio con claridad que la vocación de Luis era de Dios, pero veía necesario dilatar su entrada para que el joven fortaleciera su decisión. Su confesor le dijo que para hacerse religioso debía tener la aprobación de su padre… y esto iba a resultar más difícil de lo que pensaba.

Cuando tomó la decisión, Luis se lo dijo a su madre, quien lo tomó con gran alegría. Pero no fue así la reacción de su padre, quien se enojó mucho con su hijo y con su esposa. El marqués propició que Luis tuviese varias entrevistas con personas importantes para que lo convencieran de que no valía la pena que se hiciese religioso. Pero esto no surtió efecto. Como segunda estrategia, le planteó a su hijo que si se hacía religioso debía ocupar un cargo importante en la Iglesia. Pero tampoco aquí Luis se dejó mover por los deseos de su padre.

Tras una discusión entre ambos, en la que su padre finalmente le dijo que se apartara de su vista, Luis se retiró a su habitación y se puso de rodillas ante el crucifijo y comenzó a rezar vehementemente, pidiendo a Dios que le diese fuerza y constancia en tantos esfuerzos. Mirando por un resquicio de la puerta, su padre lo vio orando de tal modo, que no pudo dudar de que la decisión de su hijo era firme y no era una locura pasajera.

Conmovido, el padre de Luis, le dio permiso para entrar en la Compañía de Jesús. Y él mismo le escribió al P. Aquaviva, general de los jesuitas, ofreciéndole a su hijo: “… la cosa más querida y de mayor esperanza que tenía en el mundo".

El 25 de noviembre entra en el noviciado de Roma, faltándole cuatro meses para cumplir los 18 años. El noviciado es el tiempo más específico de introducción a la vida como jesuita. En esta etapa se hacen una serie de experiencias para echar raíces de una vida religiosa de servicio a los demás. Estas experiencias son variadas: el contacto directo con los pobres y los enfermos, la experiencia de un mes de peregrinación viviendo a la intemperie, la vida comunitaria, los ejercicios espirituales de san Ignacio y la oración seriamente cuidada para ganar familiaridad con Dios, la disponibilidad para hacer los trabajos más humildes…

Durante el noviciado se destacaba su tendencia a la humildad. Le gustaba hacer los trabajos domésticos más sencillos, ir a visitar a los enfermos y quedarse especialmente atendiendo a los que estaban peor; iba a pedir limosna a Roma, y repartía los dineros a los pobres de la ciudad.

Una vez hecho los votos de obediencia, pobreza y castidad, al finalizar el noviciado, empezó sus estudios de filosofía en el Colegio Romano. Seguí con su sencillez y servicialidad características. Asimismo, se ocupaba de los compañeros que veía más desanimados, haciéndose más amigo de éstos.

Luis tuvo en Roma la oportunidad de entrar en contacto con una realidad de pobreza que apenas había conocido antes. A menudo, iba por las calles a pedir limosna para los pobres a los que atendían e insistía en ir a los hospitales a tender a los enfermos que en ellos se encontraban. Aunque alguno de los compañeros de Luis se contagió de la peste y murió, él no perdía el ánimo ni el deseo de ir al hospital. Veía que los enfermos de estos hospitales necesitaban ayuda, y que él estaba dispuesto a dársela, incluso a costa del peligro que había. Por eso insistía a sus superiores para que le dejasen ir, a pesar de que la prudencia de éstos desaconsejaba el contacto con los enfermos.

“un día de camino al hospital, vio a un pobre hombre enfermo, tendido en el suelo, sin nadie que le atendiese. Sólo verle, no pudo contener su impulso de abrazarle, de tomarle en brazos y llevarle al hospital de la consolación, a pesar del peligro que suponía tal contacto. Le acostó en una cama y le atendió con gran cuidado los días sucesivos.

Todos quedaron impresionados por la manera en que Luis afrontó su muerte. Luis se contagió de la peste que azotaba a muchos por aquel entonces. Cuando todavía se podía levantar, no perdía ocasión de visitar a otros enfermos de la casa, y se levantaba a menudo de la cama para orar en su habitación. Poco antes de su muerte, el día de Corpus, dijo a su padre que estaba seguro que moriría en la octava de esta fiesta, y que entre tanto se pasase cada día por la tarde para orar juntos.

Al llegar la noche del octavo día, tuvo lugar la siguiente escena que nos relata un testigo de estos acontecimientos:

“Recibida la Eucaristía, quiso abrazar a todos los presentes con gran afecto y alegría, como acostumbran los de la Compañía a los que van o vienen de camino. Todos lloraban dándole aquellos últimos abrazos, sin poderse apartar de él. Todos se encomendaban en sus oraciones, y todos le estaban mirando y remirando con notable ternura y dolor".

Tras despedirse de todos, se quedó con dos padres, repitiendo las palabras del salmo que Jesús dijo en la cruz: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Ellos le iban rezando unas oraciones y le confortaban con palabras de consuelo y de ánimo, y estaban a su lado acompañándole en este momento.

Pocos minutos antes del 21 de junio de 1591, entregó su alma al Señor. De esta manera, tan acorde con su vida, moría aquel joven jesuita, que dejó a todos la impresión de que habían tenido ante sí a un verdadero santo.


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