SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

En el día en que celebramos la solemnidad de todos los santos, la Iglesia entera rebosa de alegría y esperanza. Hoy celebramos y recordamos, como no, a los santos más cercanos y conocidos: los que vemos cada día en los altares o en las vidrieras de nuestros Templos; pero también, no debemos olvidarlo, celebramos hoy a los santos no canonizados, a los que no están en los altares, porque vivieron en el anonimato y así pasarán a la eternidad.

En un mundo como el nuestro, en el que hay tanto déficit de alegría, en que a veces incluso se llega a pensar si la vida tiene sentido, la fiesta que celebramos hoy nos invita a tener ánimo y esperanza. Este camino de la vida que recorremos y seguimos, si intentamos vivir como Cristo, tiene razón de ser, y puede convertirse en una vida maravillosa.

En esta fiesta de hoy celebramos a todos aquellos hermanos nuestros, amigos, familiares, conocidos, gente que vivió con nosotros y entre nosotros y que ya ha llegado al triunfo definitivo, a la madurez completa junto a Dios. Lo que desearon y comenzaron aquí abajo lo experimentan ahora en su verdad última.

Esta fiesta de todos los santos es una mirada hacia adelante, una mirada de alegría porque los planes de Dios se cumplen en muchos hermanos nuestros, que no cuentan en nuestras listas de santos famosos, pero que sí cuentan en las listas de Dios, inscritos en el libro de la vida. Personas que en medio de las dificultades, han sabido ser fieles a Dios y vivir como nos enseñó Jesús: hombres y mujeres, sacerdotes y casados, niños y mayores, obispos y obreros, misioneros y madres de familia, familiares nuestros y personas para nosotros totalmente desconocidas; todos con algo en común: hicieron de Jesucristo y de su Evangelio, el centro de su vida y la única razón de su existencia; se tomaron a Dios en serio.

Todos los hombres y mujeres que celebramos hoy, tienen algo en común: han seguido, cada uno en su siglo y en su ambiente, el camino de las bienaventuranzas: han sido humildes, disponibles siempre a los hermanos, con pureza y trasparencia de corazón, han vivido la misericordia en su vida, siempre se han movido por sentimientos de paz, siempre tuvieron en sus vidas hambre y sed de la justicia, y entereza frente a las tentaciones. El ejemplo de la Virgen María (al frente de todos), es trasparente y muy hermoso.

No lo olvidemos. Santos son todos aquellos que.

- Han elegido ser pobres, sin orgullos, sin hacer del dinero lo primero.

- Han elegido llevar en su vida la paz y abrir a todos los brazos.

- Han elegido prestar ayuda a todos, sabiendo compartir y dando al hermano un "sí" con toda el alma.

- Han elegido ser sencillos, humildes, abiertos, con corazón de niño, y saben mirar a los demás con unos ojos y un corazón sin doblez.

- Han elegido vivir su vida con fidelidad a Dios, a pesar de lo que la gente diga. Los que denuncian con su talante, nuestra mediocridad.

- Han elegido ser misericordiosos, dando el perdón con alegría y paz.

- Han elegido no tener doble cara, ni hacer juego sucio, sino que han hecho de su vida "pura trasparencia".

- Han elegido ser y existir con los pobres, enfermos, marginados, los que viven con la gente sin derechos

- Han elegido la justicia como forma de vida, la fraternidad como camino, la caridad, la verdad, la compasión, la ternura como ley.

La mayor gloria de Nuestro Señor Jesucristo es que a lo largo de los siglos, millones de personas han creído en Él y han aceptado hasta las últimas consecuencias, el plan de Dios en su vida.

Hoy celebramos la fiesta de todos estos hermanos nuestros. Vale la pena que nos dejemos iluminar y llenar de ánimo por su ejemplo; y merece la pena que le demos gracias a Dios porque nos sigue regalando personas que nos devuelven la fe y la confianza en la Iglesia y en la familia humana.

Jesús vivió esta Bienaventuranza y felicidad personalmente mostrándose manso, humilde de corazón y misericordioso. Y nos pide que seamos perfectos, misericordiosos y santos como él. No se trata de que nosotros seamos ya santos o perfectos; sino de que tengamos en nuestra vida la disposición continua de seguir el camino de Jesucristo y preparamos para esto, con un corazón limpio y trasparente, por el que pase, para el servicio del mundo, todo el amor posible de Dios.

¿Quién puede ser entonces santo? ¿Podemos nosotros llegar a ser santos?

¡Claro que sí! Todos estamos llamados a ser santos y perfectos como Dios nuestro Padre es perfecto. Más aún, la santidad es la forma cumplida y completa de la humanidad. Somos santos cuando crecemos en humanidad. Frustramos nuestro ser humano, nuestro crecimiento como personas, cuando echamos en saco roto la gracia que Dios nos regala para ser santos.

La fiesta que hoy celebramos nos anima y empuja al contemplar a estos hermanos nuestros, hombres y mujeres como nosotros, que han llegado a la santidad, por el camino más sencillo y ordinario de la vida, cumpliendo en cada momento lo que Dios quiere de nosotros en nuestra vida, cada uno en su puesto, en su vocación, en su lugar. Ellos nos enseñan que es posible alcanzar la santidad (y todos estamos llamados a la santidad), si en nuestro ser y en nuestra conducta somos mendigos ante Dios, si nos hacemos pobres, para que Dios lo sea todo en nosotros; si, como el Padre, abrimos el corazón a todos los demás hombres; si tomamos como tarea la construcción de la paz, del perdón y de la reconciliación. La solemnidad de todos los santos es una fiesta de gran gozo, la Iglesia se reviste de luz, alegría, por la gloria de sus hijos más preciosos.

Facundo López


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