REFLEXIÓN ANTE LA
RESURRECCIÓN DE JESÚS

Que Jesús tenía que resucitar era evidente, o de lo contrario toda su vida hubiese sido un pérdida, toda su predicación una cháchara inútil, todo su sufrimiento un vano empeño en luchar contra lo imposible.

Del Mesías se había anunciado: "No dejarás a tu fiel conocer la corrupción" (Salmo 16,10).

Jesús también había predicho que resucitaría. Los evangelistas recogen tres ocasiones en que había dicho a los discípulos que tenía que padecer y morir, pero que al tercer día volvería a vivir. Mateo las reporta de esta manera:

(1) Desde ese día Jesucristo comenzó a explicar a los discípulos que debía ir a Jerusalén y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley lo iban a hacer sufrir mucho. Les dijo también que iba a ser condenado a muerte y que resucitaría al tercer día (16,21).

(2) Después de la transfiguración Jesús dijo a Pedro, Santiago y Juan, mientras bajaban del monte: "No hablen a nadie de lo que acaban de ver, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos" (17,9).

(3) Jesús, al empezar el viaje a Jerusalén, tomó aparte a los Doce y les dijo en el camino: "Miren: estamos subiendo a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre debe ser entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley, que lo condenarán a muerte. Lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen. Pero él resucitará al tercer día" (20, 17-19).

Lo raro es que ellos no se acordaron para nada de sus palabras, quizás porque las oyeron sin prestarles mucha atención, o tal vez porque creyeron que todo era una forma de hablar para darles ánimos ante unos acontecimientos para los que ellos no estaban preparados.

LOS INCRÉDULOS

De acuerdo al relato de los evangelistas, parece que, ante la realidad de ver muerto a Jesús, ninguno de sus discípulos estaba convencido de que su Maestro volvería a la vida.

Aunque es posible que sintieran en el fondo del alma la esperanza de que todo terminaría felizmente, tal y como Jesús les había dicho, sus almas estaban anonada-das ante el peso de la evidencia.

Jesús había muerto de la manera más horrorosa. Todo el poder que había exhibido se le había esfumado, y los enemigos hicieron de él cuánto quisieron.

Esto los llenó de miedo, pensando que correrían la misma suerte que su Maestro. O temían la vergüenza de ser señalados como los seguidores de un predicador fracasado.

LA MAÑANA DEL PRIMER DÍA

La mujer ha sido siempre vista como un ser débil, y de suyo lo es en muchos sentidos. Pero, ¡qué fuerte resulta, sobre todo cuando ama!

Por eso se vuelve fiera para defender a un hijo en peligro, y es capaz de los mayores sacrificios para demostrar lo que siente.

El hombre podrá ser un héroe, capaz de las mayores hazañas, pero raras veces llega a la sublime forma de entrega que demuestra una mujer cuando lo es de verdad.

Hay discrepancias entre los evangelistas sobre quiénes fueron las primeras en visitar el sepulcro. Todos, sin embargo, mencionan los nombres de mujeres.

Mateo dice que fueron María Magdalena y la otra María (28,11); Marcos nombra a María Magdalena, María la de Santiago y Salomé (16,1); Lucas habla de "las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea" (23,55); aunque poco más adelante dirá:

Fueron María Magdalena, Juana, María la de Santiago y las demás mujeres que estaban con ellas las que comunicaron estas cosas a los apóstoles (24,10). Juan sólo menciona a María Magdalena (20,1).

Algo que salta a la vista es que ninguno de ellos nombra a María, la Madre. Ella, callada y discreta, prefirió aguardar en silencio la resurrección del Hijo, sin intentar detener a las que iban emocionadas a poner unguentos y aromas en un cuerpo que ya no estaba en el sepulcro.

Lo más probable es que recibiese una visita especial de Jesús, dado el singular amor que tenía por su Madre, aunque todo quedaría en el secreto, pues si la hubo se ve que María jamás lo divulgó, ausente como estaba de todo interés publicitario.

Fueron, pues, las mujeres, las primeras testigos del hecho más trascendental de la historia humana: la resurrección del Hijo de Dios, el Salvador, que haciéndose obediente a su Padre hasta la muerte en cruz, dio a todos los humanos la posibilidad de ser hijos de Dios.

Ellas, no lo olvidemos, fueron también las que acompañaron a Jesús - sólo Juan fue la excepción entre los hombres - hasta el último momento de su pasión y muerte. ¿No merecían acaso ser las primeras en verlo resucitado?

LOS POCOS TESTIGOS

Lo más impresionante de los relatos de la resurrección es que Jesús ya no quiso dejarse ver de todo el mundo, sino sólo de unos pocos testigos, alrededor de quinientos.

Dice san Pablo: "Porque les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron" (1ª Corintios 15, 3-6).

¿Se habrían convertido Pilato y la guarnición romana de haber visto a Jesús por las calles de Jerusalén? ¿Se convertirían Anás, Caifás y aquellos que en el Sanedrín lo habían condenado? ¿Habrían cambiado sus vidas los que sólo lo buscaron por los hechos milagrosos? Podemos estar seguros que no.

Lo más probable es que se habrían inventado alguna excusa para rechazarlo, y hasta dirían que era otro y que todo resultó un gran engaño para hacer aparecer a Jesús como resucitado.

Por eso Dios actúa discretamente, ya que sólo los humildes y limpios de corazón pueden creer. Jesús lo dijo ante la incredulidad de su apóstol Tomás: "Bienaventurados los que creerán sin ver" (Juan 20,29).

Arnaldo Bazán


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